KÁRATE

María Pacheco Palomares, tres veces campeona de España de Kárate: un camino escrito con disciplina, esfuerzo y perseverancia

La karateka madrileña ha convertido cada caída en impulso, construyendo un camino donde el compromiso pesa más que el resultado.

María Pacheco Palomares, triple campeona nacional de kárate
Cedida por María Pacheco

Hay historias que nacen en silencio, casi sin querer. Historias que empiezan con una niña de tres años, con un kimono y un sueño que todavía no sabía que existía. Historias que, con el tiempo, se convierten en ejemplo, en orgullo, en inspiración. María Pacheco Palomares protagoniza una de ellas.

Con solo 17 años, la madrileña ha conseguido lo que muy pocos pueden contar: es triple campeona de España en kárate. Tres veces. Tres podios. Tres momentos que resumen una vida entera de disciplina, templanza y amor por un deporte que la ha visto reír, llorar, crecer y volver más fuerte.

La prueba viva de que quien soporta la caída es quien realmente merece la cima.

El inicio de un sueño

El kárate llegó a la vida de María casi por casualidad. No fue un sueño consciente ni un plan familiar, sino una decisión simple: sus padres querían que practicara deporte. Nada más. Su hermana mayor fue la primera en apuntarse, y ella, con solo tres años, la siguió. “Mis padres querían que hiciésemos algún deporte”, recuerda. Nadie imaginaba entonces que aquella elección sembraría la semilla de una vocación que no ha dejado de crecer.

Durante los primeros años, María se movía entre catas y combates, sin presión ni expectativas. “Al principio hacía catas y combate, pero fui mejorando en combate y ahí empezó todo”, explica. Lo que comenzó como un juego compartido se transformó, poco a poco, en una parte esencial de su identidad: un entrenamiento diario, disciplina, un espacio para pensar y sentir.

La karateka campeona de España, María Pacheco, durante una de sus competiciones
cedida por María Pacheco

El primer gran salto llegó cuando compitió por primera vez en un Campeonato de España. Lo hizo sin referencias, sin saber qué esperar, y regresó con un bronce que nadie, ni siquiera ella, tenía previsto. “No me lo esperaba en absoluto, nunca había competido a nivel nacional”, confiesa. Ese podio cambió algo en ella: la posibilidad dejó de ser un sueño lejano y se convirtió en una meta real.

Ese bronce le reveló que su techo estaba donde ella decidiera ponerlo.

El golpe que la forjó

El camino de María hacia la élite no ha sido recto ni cómodo. Tras proclamarse campeona de España en dos años consecutivos (2022 y 2023) llegó un año inesperadamente gris. Los resultados dejaron de acompañarla, la confianza flaqueó y el tatami, antes aliado, se volvió silencioso.

“Pasé de ganar todo a no hacer nada“, recuerda. Aquella etapa trajo dudas y pensamientos que pesaban más que cualquier combate. Por primera vez, consideró apartarse de la competición nacional. Mientras otras rivales progresaban, ella sentía que se quedaba atrás. Pero María no soltó el kimono. No renunció al sueño que había construido desde los tres años.

Siguió entrenando sin medallas que celebrar, siguió presente aunque el aplauso no llegara. Lo hizo por convicción, por identidad, por no perder el pulso del deseo. Esa tenacidad silenciosa fue la que la mantuvo en pie. Y ese mismo esfuerzo, constante y casi invisible, acabó devolviéndola a lo más alto.

Porque lo que vino después fue el mayor premio que conoce el deporte: la recompensa reservada únicamente para quienes resisten.

María Pacheco abrazando a su rival tras un combate, recordando las palabras que su familia le repite siempre: “las medallas cogen polvo, pero los valores son para toda la vida”
cedida por María Pacheco

El tercer oro, la confirmación

El año 2025 se abrió para María sin presión sobre los hombros y con la mente despejada. Competía ligera, sin la presión del “tienes que ganar”, y con la convicción íntima de que aún le quedaba mucho por demostrar(se). En la primera liga nacional ya subió al podio; un resultado que, más que un metal, fue una señal. Avanzaba. Crecía. Volvía a sentirse fuerte.

El Campeonato de España confirmó la evolución. María llegó distinta, más madura, más consciente. En semifinales le esperaba una rival que ya la había vencido en otras ocasiones, pero esta vez la afrontó con una seguridad nueva. “Yo iba convencida de que podía ganar”, cuenta. Antes de pisar el tatami repitió mentalmente (y esta vez también en voz alta) sus propias palabras de impulso: “Voy a ganar”.

Y ganó.

Lo hizo con táctica, con paciencia. La final, disputada contra una compañera de Madrid, fue el último escalón. Sabía que esa también sería dura, pero salió con la misma convicción: “Quería ganar, y me sentía preparada”. Su trabajo, su disciplina y todo lo aprendido en el año anterior se materializó en el tatami. Nada la frenó.

Cuando el marcador llegó a cero y la victoria fue definitiva, María corrió a abrazar a quien ha sido motor constante en su camino: su padre. Lloraron. Celebraron. Ese abrazo valió tanto como la medalla. Porque ese oro no fue solo un título. Fue la prueba de que volver más fuerte también es un triunfo.

María Pacheco posando junto a sus compañeras de kárate, mostrando orgullosas sus medallas
cedida por María Pacheco

Entre libros, metas y sueños

María no solo compite en tatamis: también se enfrenta a exámenes, apuntes y madrugones. Es deportista de élite y estudiante de segundo de bachillerato científico, dos disciplinas que requieren esfuerzo, constancia y equilibrio. “Intento organizarme muy bien; llevo agenda organizar mi tiempo”, explica. En su día a día, cada hora cuenta. Estudia por las mañanas, entrena por las tardes y aun así deja espacio para lo que también importa: cuidar vínculos, compartir cenas con amigas, desconectar.

Sueña con estudiar Medicina o Enfermería. Aún no ha elegido camino, pero sí propósito: ayudar, sanar, estar al servicio de otros. “Me gusta el mundo biosanitario, quiero trabajar con personas. No me apetece pasarme la vida en una oficina”, dice con una claridad inusual para su edad. Ese futuro académico convive con otro que también late fuerte: competir en campeonatos europeos y seguir creciendo fuera de España. Ya ha pisado torneos internacionales y sabe que puede brillar ahí también.

Quizá el kárate no llegue a ser su profesión algún día, pero siempre será su casa. Su identidad. Su raíz. Un lugar al que volver, incluso cuando el futuro avance en otra dirección.

María Pacheco durante un combate de kárate
cedida por María Pacheco

Presente brillante, futuro inmenso

María no compite para convencer al mundo, sino para demostrarse a sí misma hasta dónde puede llegar. Nada le fue regalado. Todo lo construyó a base de entrenamientos que desgastan, derrotas que duelen y retornos que solo firman los valientes. Su camino es la recompensa del trabajo constante y la fe en que aún podía dar más.

La niña que un día imitó a su hermana ahora inspira a quienes la rodean. Ha crecido con el tatami, lo ha hecho suyo, lo ha sufrido y lo ha conquistado. María es kárate en movimiento. Es disciplina, voluntad y la prueba de que los sueños se alcanzan a base de constancia y no de ruido.

Este tercer oro no cierra una etapa. La abre.  Lo que viene después no será casualidad: será fruto de la misma fuerza que ya trajo a María hasta aquí.

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