La dimisión de Escribano en Indra, si se formaliza como se espera este miércoles en el consejo extraordinario de la compañía, no sería solo un relevo en la cúpula de una gran empresa española. Sería, sobre todo, el desenlace de una lucha de poder que llevaba semanas creciendo en silencio y que ha terminado por estallar en uno de los grupos más estratégicos del país. Porque Indra no ocupa un lugar cualquiera en el tejido empresarial español: está en la intersección entre tecnología, defensa, contratos públicos y soberanía industrial. Por eso la dimisión de Escribano abre un escenario delicado, cargado de incertidumbre y también de implicaciones políticas.
Durante días, la sensación en torno a la empresa era la de una tregua inestable. Ángel Escribano había resistido el pulso interno pese a la presión de la SEPI, principal accionista de Indra con cerca del 28% del capital y tres asientos en el consejo. La fractura se hizo visible a raíz de la fallida integración con EM&E, la empresa familiar de los Escribano, una operación que despertó dudas por el posible conflicto de interés y que terminó descarrilando. Su dimisión, en ese contexto, no aparece como un gesto aislado, sino como el cierre abrupto de una batalla que había dejado ya demasiadas heridas abiertas.
Una crisis que va más allá de un nombre
Lo primero que revela la dimisión de Escribano es una crisis de gobernanza. En una compañía corriente, el cambio de presidente puede interpretarse como una corrección de rumbo o como una decisión natural del consejo. En Indra, en cambio, cada movimiento tiene otra resonancia. La empresa está llamada a desempeñar un papel central en el nuevo ciclo de rearme europeo, en el fortalecimiento de la industria militar y en la ambición española de contar con un gran campeón nacional de defensa. Cuando la presidencia entra en combustión, no se tambalea solo una figura: se tambalea la narrativa entera de ese proyecto.

Por eso la dimisión de Escribano golpea también la imagen de estabilidad que Indra necesita proyectar al mercado, a sus socios industriales y a las instituciones. En las últimas semanas, la compañía ha tenido que convivir con dudas sobre su futuro inmediato, con una brusca corrección bursátil y con movimientos relevantes en su accionariado, como el aumento de la participación de T. Rowe Price por encima del 5%. Es decir, la crisis no se ha vivido solo en los despachos. También se ha trasladado al parqué y a la percepción exterior de una empresa que parecía llamada a crecer sin freno al calor del nuevo ciclo geopolítico.
El choque entre ambición industrial y conflicto de interés
La clave más delicada de la dimisión de Escribano está en la operación frustrada con EM&E. Aquella integración no era menor: formaba parte de la gran aspiración de reforzar a Indra en defensa terrestre y construir una plataforma industrial todavía más poderosa. Pero esa ambición chocó con una cuestión básica de gobierno corporativo. La relación entre el presidente de Indra y la empresa familiar implicada en la operación convirtió el movimiento en una bomba política y reputacional. La SEPI lo interpretó como un problema serio, y desde ahí empezó una presión que ya no se pudo desactivar del todo.

Lo más interesante, casi en sentido dramático, es que la dimisión de Escribano llega cuando Indra seguía moviéndose en paralelo para ganar tamaño y peso industrial. En marzo cerró una alianza con Rheinmetall con la aspiración de fabricar miles de vehículos militares, mientras trataba de redefinir su plan estratégico para mayo tras el fracaso de la vía EM&E. Es decir, la empresa avanzaba y tropezaba al mismo tiempo: crecía hacia fuera mientras se fracturaba por dentro. Esa contradicción explica por qué este episodio resulta tan relevante.
Qué pasa ahora en Indra
Tras la dimisión de Escribano, la primera necesidad de Indra será evitar el vacío. El consejo tendrá que ordenar una solución de mando, aunque sea provisional, y transmitir la idea de que la compañía sigue funcionando, licitando, negociando y ejecutando proyectos con normalidad. En empresas tan expuestas al poder político y a los grandes contratos, la continuidad es casi tan importante como el liderazgo. Nadie quiere dar la impresión de que la empresa entra en una zona de sombra justo cuando Europa acelera su inversión en defensa.

Pero la dimisión de Escribano no resolverá por sí sola el problema de fondo. Después vendrá otra pregunta, seguramente más incómoda: quién manda realmente en Indra y con qué equilibrio entre Gobierno, consejo, accionistas privados y dirección ejecutiva. Si la salida se confirma, muchos leerán el episodio como una victoria de la SEPI en el pulso por el control de la compañía. Otros lo verán como la prueba de que el modelo de crecimiento de Indra necesita menos épica y más limpieza institucional. En ambos casos, la crisis dejará una marca.
