Carmen Thyssen siempre está de actualidad y eso, no se equivoquen, es muy buena señal. Lejos queda hoy el famoso hito que salvó lo que hubiese sido una incomprensible tala del Paseo del Prado en Madrid. Ahora es el turno de su ciudad natal y del legado que ella misma dice querer dejarle.
Barcelona llevaba demasiado tiempo mirando de reojo uno de sus vacíos más dolorosos: el antiguo cine Comèdia, hoy cerrado, apagado y convertido en un símbolo de lo que fuimos y dejamos de ser por inercia o por cansancio en pleno Passeig de Gràcia. Por eso, la reciente apertura simbólica de lo que será el futuro Museu Carmen Thyssen Barcelona ha sido mucho más que un acto institucional: ha sido una bocanada de aire fresco para una ciudad que necesita volver a creer en los gestos valientes.
Coordinado con acierto por Gablons Comunicación, el evento reunió a estudiantes de diseño y a figuras destacadas del sector cultural y del diseño como Javier Mariscal, Samuel Salcedo, el grafitero TVBoy, el chileno Guillermo Roca o el ilustrador Jordi Labanda, aplaudidos por los estudiantes mientras iban desfilando por el pasillo central del cine observando las obras. También la modelo Judit Mascó, el diseñador de moda Pablo Erroz, el bailarín Julio Bocca y los chefs Carme Ruscalleda y Raül Balam. Un regalo necesario en tiempos de letargo.
Aún faltan años para que el museo abra sus puertas definitivamente, sí. Pero este primer gesto, esta voluntad de devolver a la ciudad un espacio que llevaba dormido, es una declaración clara de intenciones. La baronesa no solo cede colección; cede visión, propósito, impulso. Y Barcelona lo necesita. Necesita cultura que empuje hacia arriba, que incomode para bien, que recupere espacios muertos y los convierta en puntos de partida. Necesita recordar que no todo depende del turismo ni del cálculo político. Que el arte, cuando se ofrece de manera generosa, es capaz de reactivar una comunidad entera.
La inevitable polémica… o la tradición nacional del quejío
Una vez más, tampoco podía faltar la polémica. Parece que aquí un acto sin ruido no cuenta. Esta vez, lo incomprensible fue encontrar voces que protestasen por el hecho de convertir un antiguo cine abandonado en un museo. Un cine que, muy probablemente entre sus motivos de cierre estarían, precisamente, esa misma falta de gente que hoy se queja, pero que tampoco iba.La ironía se escribe sola. Me pregunto qué alternativa preferían.
¿Otro edificio de apartamentos de lujo? ¿Una gran superficie comercial más, para seguir vendiendo la ciudad a pedazos?
En ocasiones, la capacidad de quejarse sin fundamento es casi un talento nacional. Pero lo verdaderamente grave es que estas polémicas ocultan lo esencial: la recuperación de patrimonio, la revitalización cultural, la apuesta por el arte y por el talento joven..
Butacas que hablan, estudiantes que piensan
El momento más emocionante de este primer gran acto simbólico de lo que será el museu, llegó con la intervención artística de algunas de las butacas originales del teatro—piezas, algunas de ellas, que se salvarán de la quema gracias a la sensibilidad del proyecto. Cada una fue reinterpretada por estudiantes de las diferentes escuelas de diseño de Barcelona, demostrando no solo talento técnico, sino una madurez creativa que sorprende y reconcilia.
Hubo quien habló, a través de su pieza, de la crisis de acceso a la vivienda. Otros reflexionaron sobre la historia del propio cine, su magia y su fragilidad. Y algunos, incluso, abordaron el papel del arte como resistencia en tiempos de saturación.
Todo con elegancia, respeto y con una mirada extraordinariamente lúcida para su edad.
Un futuro que se escribe desde ellos
Si algo dejó claro esta jornada es que el futuro del arte y del diseño en Barcelona pasa por estas nuevas generaciones que no temen pensar, cuestionar y crear. Son ellos quienes entienden que transformar un viejo cine en un museo no es perder memoria, sino darle un nuevo capítulo.
El Museu Carmen Thyssen Barcelona, aún en construcción, ya empieza a hacer lo que un museo debe hacer: generar conversación, abrir caminos y recordarnos que la cultura es un músculo que, si no se ejercita, se atrofia.
Ojalá este sea solo el primero de muchos gestos que devuelvan a la ciudad la ambición cultural que nunca debió perder. Barcelona sigue siendo una ciudad imparable. Y este proyecto, sin duda, es un comienzo poderoso de lo que puede venir en un futuro no muy lejano.


