Los expertos hablan

Pilar García Durruti, endocrinóloga: “Ozempic es un fármaco para una enfermedad, no para un tema estético”

La responsable de Endocrinología y Nutrición de HM Hospitales explica por qué los nuevos fármacos contra la obesidad han cambiado la medicina, pero no deberían usarse como un atajo estético

Durante meses, Ozempic ha ocupado titulares, conversaciones de sobremesa y hasta rumores de alfombra roja. Se habla de él como si fuera el secreto rápido para entrar en un vestido, perder tres kilos antes de una operación estética o borrar de golpe los excesos de una temporada. Pero para los endocrinólogos, esa conversación parte de un malentendido importante. Ozempic no es una dieta. Tampoco es, estrictamente, “el fármaco para adelgazar” del que todo el mundo habla. Ozempic es una marca comercial, su principio activo es la semaglutida y pertenece a una familia de medicamentos que ha cambiado de forma radical el abordaje de la obesidad y de la diabetes tipo 2.

“Es un fármaco para una enfermedad, no para un tema estético”, resume la doctora Pilar García Durruti, endocrinóloga y responsable de Endocrinología y Nutrición de HM Hospitales, especializada en obesidad. La frase parece sencilla, pero contiene el centro de todo el debate. Porque el problema, según advierte, no está en que estos medicamentos existan ni en que se utilicen. El problema aparece cuando se banalizan, se prescriben fuera de contexto o se convierten en un recurso cosmético para personas que no tienen una indicación médica.

Una enfermedad, no una moda

La obesidad no es una cuestión de voluntad ni una simple consecuencia de comer demasiado. Es una enfermedad crónica, compleja, con base metabólica y, en muchos casos, genética. Una enfermedad que aumenta el riesgo de diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular, hipertensión, apnea del sueño y distintos tipos de cáncer, entre ellos el de colon y recto, mama posmenopáusico, útero, hígado, riñón, páncreas, ovario o tiroides. Durante años, quienes la trataban tenían pocas herramientas farmacológicas verdaderamente eficaces y seguras. Muchos tratamientos anteriores ofrecían resultados limitados o planteaban problemas de tolerancia y seguridad. Por eso, la llegada de estos fármacos ha supuesto un antes y un después.

“Para nosotros ha sido como el descubrimiento de la penicilina”, afirma García Durruti. No lo dice desde el entusiasmo ingenuo, sino desde la experiencia de ver cómo pacientes con obesidad, que durante años habían vivido entre dietas fallidas, culpa y recaídas, empiezan a tener por fin una opción terapéutica capaz de modificar el curso de la enfermedad. “Nos ha cambiado totalmente el planteamiento de la obesidad”, añade.

¿Cómo funcionan?

Conviene aclarar los nombres, porque la conversación pública los mezcla con facilidad. Ozempic es semaglutida y está indicado para la diabetes tipo 2. Wegovy también contiene semaglutida, pero se ha desarrollado específicamente para el control del peso en personas con obesidad o con sobrepeso asociado a problemas de salud. Mounjaro pertenece a una familia cercana de fármacos, aunque su principio activo es la tirzepatida, que actúa sobre receptores hormonales relacionados con la regulación del apetito, la glucosa y el peso. Todos tienen algo en común: deben utilizarse bajo prescripción médica, con seguimiento y dentro de un plan terapéutico.

¿Cómo funcionan? De forma simplificada, imitan o activan vías hormonales intestinales que intervienen en la sensación de saciedad, la regulación del apetito y el metabolismo de la glucosa. En la práctica, muchos pacientes describen que desaparece esa sensación de hambre constante o de urgencia por comer. “Te baja el apetito”, explica la doctora. Pero eso no significa que el medicamento haga todo el trabajo ni que pueda sustituir a los hábitos. De hecho, en su consulta hay una condición clara: solo se pauta si el paciente acepta acompañarlo de un programa serio de cambios en el estilo de vida.

Esa parte es esencial. Porque si el tratamiento se retira y no se han modificado la alimentación, la actividad física, el descanso, la relación con la comida y el contexto emocional, puede aparecer el llamado efecto rebote. No porque el fármaco “engorde”, sino porque la enfermedad sigue ahí. La obesidad tiende a recaer, como ocurre con otras enfermedades crónicas, y por eso necesita seguimiento a largo plazo.

También es importante hablar de los efectos secundarios sin alarmismo, pero sin esconderlos. Los más frecuentes son digestivos. Estos medicamentos enlentecen el vaciamiento del estómago, lo que contribuye a prolongar la saciedad, pero también puede provocar náuseas, acidez, estreñimiento, vómitos o malestar gastrointestinal, especialmente si la dosis no es adecuada o si se utilizan en personas sin indicación. “Cualquier fármaco, por bueno que sea, exige siempre balancear beneficios y riesgos”, recuerda García Durruti.

La línea roja

En pacientes con obesidad o diabetes tipo 2, ese balance puede ser claramente favorable. En alguien que solo quiere perder unos kilos por motivos estéticos, no. Esa es la línea roja que más preocupa a los especialistas. La banalización ha llevado estos medicamentos a circuitos poco apropiados: recomendaciones informales, clínicas estéticas, prescripciones sin un estudio metabólico completo o usos orientados únicamente a la imagen corporal. Para la doctora, ahí está el peligro. No porque el medicamento sea malo, sino porque se está sacando de su lugar.

La obesidad, insiste, debe ser tratada por profesionales expertos en obesidad. No basta con pesar al paciente y recetar. Hay que evaluar su historia clínica, su composición corporal, sus comorbilidades, sus hábitos, su salud mental, sus tratamientos previos y sus objetivos reales. Hay que decidir si existe indicación, elegir el fármaco adecuado, ajustar dosis, vigilar la tolerancia y acompañar el proceso. Igual que no se tomaría un antibiótico sin diagnóstico previo, tampoco debería utilizarse un fármaco de esta potencia para corregir una incomodidad estética puntual. La comparación puede parecer exagerada, pero es útil: un medicamento no es bueno o malo en abstracto; lo es en función de para quién, cuándo, cómo y por qué se prescribe.

Ahí es donde se rompe el relato viral de Ozempic. Porque en redes sociales se ha construido una imagen casi mágica del tratamiento: una inyección, menos hambre, menos peso. Pero la realidad clínica es bastante menos frívola y mucho más interesante. Estos fármacos no nacen para cambiar una talla, sino para tratar un trastorno metabólico. En palabras de García Durruti, hay pacientes que “digieren de otra manera”, que tienen una regulación del apetito, del gasto energético y del almacenamiento de grasa distinta. No se trata solo de comer más o moverse menos. Se trata de una enfermedad que el cuerpo tiende a defender.

Por eso, una de las grandes aportaciones de estos tratamientos no es solo la pérdida de peso, sino el cambio de mirada. Durante décadas, la obesidad se ha leído desde la culpa: falta de disciplina, falta de esfuerzo, falta de control. La consulta de endocrinología cuenta otra historia. Una historia de pacientes que han hecho dietas durante años, que conocen de memoria las calorías, que han probado todos los métodos posibles y que, aun así, recuperan peso. El cuerpo no siempre responde como dicta la teoría simple del “come menos y muévete más”. Hay hormonas, genética, inflamación, sueño, estrés, entorno y medicación. Hay biología.

Esto no significa que los hábitos no importen. Importan mucho. Pero importan dentro de un abordaje médico, no como reproche moral. La doctora insiste en que el tratamiento farmacológico solo tiene sentido si se acompaña de un cambio real de estilo de vida. No como una coletilla decorativa, sino como parte central de la terapia. Alimentación, ejercicio de fuerza, movimiento diario, descanso, salud emocional y seguimiento profesional forman parte del mismo plan. La inyección puede ayudar a reducir el apetito, pero no puede enseñar a comer, a comprar, a organizar rutinas o a reconstruir la relación con el cuerpo.

La pregunta, entonces, no es si estos fármacos funcionan. Funcionan, y por eso han despertado tanto interés médico y social. La pregunta es quién debe utilizarlos. Y ahí la respuesta de los especialistas es clara: personas con obesidad o con sobrepeso asociado a complicaciones metabólicas, siempre tras una valoración clínica. No personas sanas que quieren perder tres kilos antes del verano, una boda o una cirugía estética.

Delgadez no es salud

El matiz es importante porque vivimos en una cultura que ha confundido delgadez con salud. Durante años se ha presionado a las mujeres para ocupar menos espacio, pesar menos, comer menos, desear menos. Ahora, el riesgo es que una herramienta médica valiosa acabe absorbida por esa misma lógica estética. Que un avance destinado a tratar una enfermedad grave se convierta en un nuevo mandato corporal. Más rápido, más eficaz, más silencioso.

La paradoja es evidente: por primera vez en mucho tiempo, la medicina dispone de una herramienta prometedora para tratar la obesidad como lo que es, una enfermedad crónica. Pero al mismo tiempo, la conversación pública amenaza con reducirla a un truco para adelgazar. Y esa reducción perjudica a todos. A los pacientes que necesitan el tratamiento, porque aumenta el estigma y la sospecha. A quienes lo usan sin indicación, porque se exponen a efectos adversos innecesarios. Y al propio debate sanitario, porque desplaza la atención desde la salud hacia la apariencia.

“Estamos hartos de verlo en clínicas estéticas”, lamenta García Durruti. Su crítica no se dirige contra la estética en sí, sino contra la banalización médica. Una cosa es acompañar a una persona en un proceso de salud y otra muy distinta convertir un medicamento en un producto de consumo aspiracional. Los análogos del GLP-1 y los fármacos relacionados no son un cosmético. No son un suplemento. No son una moda detox con bata blanca. Son medicamentos sujetos a indicaciones, contraindicaciones, dosis, controles y seguimiento.

También conviene desmontar otro mito: no todo el mundo responde igual. Hay pacientes que pierden mucho peso, otros que pierden menos, otros que no toleran bien el tratamiento y otros para los que no está indicado. La medicina de la obesidad no consiste en aplicar una misma solución a todos, sino en entender la historia clínica de cada persona. Por eso el acompañamiento es tan relevante. Ajustar dosis, revisar efectos secundarios, controlar masa muscular, asegurar una ingesta suficiente de proteínas, prevenir déficits nutricionales y evitar una pérdida de peso mal planteada forman parte del proceso.

Porque adelgazar no siempre equivale a mejorar. Perder peso de cualquier manera puede implicar pérdida de músculo, fragilidad, cansancio o una peor relación con la comida. El objetivo médico no es “pesar menos” sin más. Es reducir riesgo, mejorar salud metabólica, preservar masa muscular, ganar calidad de vida y sostener los cambios en el tiempo. Esa diferencia, aunque parezca técnica, lo cambia todo.

Los efectos secundarios más habituales suelen ser digestivos: náuseas, acidez, estreñimiento, vómitos, sensación de plenitud o malestar abdominal. En muchos casos son leves o transitorios, especialmente cuando la pauta está bien ajustada y la escalada de dosis se hace de forma gradual. Pero pueden ser más intensos si se usa el fármaco sin control, en dosis inadecuadas o en pacientes que no deberían tomarlo. De nuevo, la clave no es el miedo, sino la supervisión.

Ciencia, no culpa

El debate de fondo quizá sea más profundo que Ozempic. Tiene que ver con cómo entendemos la obesidad y cómo entendemos el cuerpo. Si seguimos mirando la obesidad como un fracaso individual, estos fármacos se leerán como una trampa. Si la entendemos como una enfermedad metabólica compleja, se leerán como lo que son: una herramienta terapéutica relevante, no la única, pero sí una de las más transformadoras de los últimos años.

Para García Durruti, el entusiasmo profesional es compatible con la prudencia. “No encontrarás un endocrinólogo que te hable mal de ellos”, dice, precisamente porque los especialistas han visto lo que pueden aportar cuando se utilizan bien. Pero ese “cuando” es la palabra clave. Cuando hay indicación. Cuando hay diagnóstico. Cuando hay seguimiento. Cuando se integran en un plan de cambio de hábitos. Cuando el objetivo es tratar una enfermedad, no fabricar una silueta.

Tal vez por eso la conversación debería dejar de preguntarse si Ozempic es bueno o malo. La pregunta correcta es otra: ¿lo estamos usando para cuidar la salud o para obedecer una nueva exigencia estética? En esa respuesta se juega buena parte del futuro de estos medicamentos. Porque Ozempic, Wegovy o Mounjaro no son el problema. El problema es olvidar que un fármaco poderoso exige una medicina poderosa alrededor: diagnóstico, criterio, seguimiento y una mirada libre de prejuicios. La obesidad no se cura con culpa. Tampoco con moda. Se trata con ciencia, acompañamiento y respeto.

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