Protestas en Irán

Crónica de las noches más sangrientas de la represión en Irán

La mayoría de los muertos son del 7 y el 8 de enero. "El primer gas lacrimógeno golpeó directamente la cabeza de una niña de 9 años. El caos se extendió, algunos perdieron el control. La madre gritó: “Mi hija no puede respirar…”"

Manifestantes se manifiestan en apoyo del pueblo iraní
EFE/EPA/ANGELO CARCONI

Teherán, el mes pasado, era una ciudad que respiraba, pero cuya voz estaba estrangulada. Sus calles, en apariencia tranquilas, guardaban un relato oculto; la misma historia que había comenzado años atrás, antes de los primeros gritos en las plazas y los tejados, y que desde el 28 de diciembre encontró un nuevo y sangriento eco. Los días 7 y 8 de enero (18 y 19 de Dey), un río de sangre corrió por las calles.

El centro de la ciudad parecía tranquilo; los taxis circulaban y muchas tiendas permanecían cerradas por las huelgas de los comerciantes tras la reciente inestabilidad de la moneda. Cada mirada estaba cargaba de ansiedad y confusión. No se oía nada, pero todos esperaban. Era la quietud previa a la tormenta.

“Muerte al dictador”

A las ocho de la noche ocurrió lo que muchos intuían. Mujeres, jóvenes, hombres e incluso niños comenzaron a avanzar en silencio hacia un mismo punto. Bajo el puente Sattari, una mujer rompió el mutismo con un grito: “Muerte al dictador”. En segundos, la consigna se multiplicó; todos reclamaban una sola cosa: la caída de un sistema que los había llevado al límite. La multitud crecía minuto a minuto, hasta el punto de que ya no se veía el final. Libertad. Era conmovedor ver a una masa que durante una hora pudo rozar la libertad, aunque fuera fugazmente.

Irán
Una imagen del líder supremo, Ali Jamenei, quemándose en una manifestación en Zúrich
Efe

La ilusión no duró mucho. La aparición de luces láser verdes dejó a todos perplejos, pero la multitud no retrocedió; gritó aún más fuerte: “Esta es la última batalla, Pahlaví regresa”.

La primera víctima, una niña de 9 años

El primer gas lacrimógeno golpeó directamente la cabeza de una niña de 9 años que había llegado con sus padres. El caos se extendió, algunos perdieron el control. La madre gritó: “Mi hija no puede respirar…”. Y aun así, la multitud no se dispersó. Una ira colectiva atravesó todas las gargantas y, de repente, todo lo que tenían en las manos lo lanzaban contra las fuerzas del régimen, compuestas en su mayoría por miembros de la milicia Basij.

Irán
Una manifestante en apoyo a las protestas de Irán en Zúrich
Efe

En la primera fila, los cuerpos caían uno tras otro, como ramas arrancadas de un árbol. Más adelante, grupos de hombres vestidos de civil, armados con machetes, esperaban a los manifestantes. Teherán se convirtió en un infierno.

Entre la multitud cayó una mujer embarazada. No había ayuda. “Corre”, era el único sonido que se escuchaba. ¿Hacia dónde? El miedo y la rabia ardían en el pecho. Algunos gritaban: “No huyan”. Nos detuvimos y volvimos a gritar. Cuchillos aparecían de la nada y atravesaban costados, brazos y gargantas. Los agentes del régimen disparaban deliberadamente a la cabeza y al rostro. Ni siquiera los niños fueron perdonados. Los cuerpos ensangrentados eran cargados sobre los hombros de sus familiares.

Interior quemado de la de la mezquita Beheshti

Un hombre gritó y el silencio lo paralizó todo. Su esposa ya no caminaba. Estaba de pie, inmóvil. Cayó para siempre. Fátemeh Abdollahi dejó de correr a las 21:00 del 7 de enero. Por donde se mirara había cuerpos: ancianos, jóvenes, mujeres, niños. Muchos murieron esa noche; otros, aunque despertaron al día siguiente, ya no sobrevivieron.

Fátemeh no vio el amanecer.

Su cuerpo permaneció hasta la mañana en el coche, en brazos de su esposo, para evitar que fuera secuestrado como tantos otros. Esa noche, los cadáveres se convirtieron en el bien más preciado para las familias. No existía un lugar seguro para heridos o muertos. Lamentos y llantos resonaban por todas partes. Muchos no llegaron al hospital. Otros murieron antes del alba. Agentes del régimen irrumpieron en centros médicos y ejecutaron a heridos para eliminar testigos.

Cuando los números se convirtieron en nombres

Enero de 2026 no fue un mes convulso más. Fue el mes en que las cifras de muertos, heridos y detenidos sustituyeron cualquier relato oficial. La verdad se entendió en el sonido de los disparos, en el olor de la sangre y en los hospitales desbordados de jóvenes.

Muertes
A cuentagotas se van conociendo los rostros de la represión en Irán

Entre el 7 y el 8 de enero, Teherán y decenas de ciudades parecían un mapa incendiado. Las protestas se extendieron a las 31 provincias. Millones salieron a las calles mientras el Estado cortaba internet, telefonía y toda vía de comunicación. Ese apagón no silenció los hechos: los gritos quedaron grabados en los cuerpos.

La guerra de las cifras

Ningún dato ha logrado reflejar aún la magnitud real de la masacre. Según información recogida de hospitales y fuentes médicas internas, hasta finales de enero se reportaron unas 16.500 muertes y más de 330.000 heridos, en su mayoría jóvenes alcanzados por disparos.

La organización Iran Human Rights informó el 13 de enero de al menos 3.428 manifestantes asesinados y más de 10.000 detenidos, señalando que la mayoría de los homicidios ocurrió entre el 7 y el 11 de enero. Otras fuentes estiman que el número real de muertos podría oscilar entre 20.000 y 42.000 en todo el país.

Las cifras oficiales fueron mucho menores: entre 2.000 y 3.117 muertos, mezclando manifestantes y agentes, y atribuyendo parte de la violencia a supuestos “terroristas”. Esta brecha se convirtió en otro campo de batalla: quién tiene derecho a contar cuántos murieron.

Hospitales colapsados y cuerpos sin nombre

El 7 de enero, al menos seis hospitales de Teherán registraron 217 muertes en un solo día. La mayoría por disparos a la cabeza y al torso. Médicos describieron las urgencias como “un campo de guerra”. Muchos heridos llegaron en autos particulares y murieron en el camino. Otros nunca fueron contabilizados.

Cuerpos de víctimas de las protestas contra el régimen islámico en Irán
EFE

A algunas familias se les exigieron sumas millonarias para recuperar los cuerpos o se las obligó a registrar a sus hijos como miembros del Basij. Muchos fueron enterrados sin consentimiento, en fosas sin nombre.

La noche del 8 de enero, la ciudad quedó militarizada. Calles bloqueadas, luces apagadas, agentes cada cien metros. Entre las ocho de la noche y la una de la madrugada no apareció una sola ambulancia en las zonas críticas. Sin asistencia médica, muchos heridos murieron desangrados.

Según cifras no oficiales, más de 8.000 personas perdieron un ojo. Testigos afirman que, como en 2022, las fuerzas del régimen apuntaron deliberadamente a los ojos.

Después de enero

Lo que quedó no fueron solo calles dañadas, sino una memoria compartida: hospitales, casas, centros de detención. Cada número tiene un nombre que quizá nunca se publique. Fátemeh Abdollahi. Un joven de 20 años que salió por primera vez a protestar. Una madre que encontró el nombre de su hijo en una lista sin identidad. Una enfermera que aún escucha la última respiración de un herido.

Los iraníes esperan un milagro.

Teherán en el mes que pasó no es solo un informe de una ola de protestas; es un expediente abierto donde cada nuevo relato añade otro número. Hasta que esos números vuelvan a ser rostros y nombres; hasta que encuentren a todos los Sepehr; la ciudad seguirá existiendo en un estado suspendido entre el duelo y la rabia.

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