Claudia Sheinbaum compareció flanqueada por los ministros de Defensa y Seguridad para anunciar a bombo y platillo y rodeada de periodistas la captura y muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”. Aunque sus compañeros también explicaron cómo se gestó y planificó el operativo, Sheinbaum no delegó las explicaciones a sus compañeros y desde el primer momento, reivindicó un operativo en el que la participación de Estados Unidos “se limitó al intercambio de información”.
La caída del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación no es sólo un golpe policial. Es, sobre todo, una señal política. La presidenta ha querido que se lea así, marcando distancias con las políticas y el discurso defendido por su predecesor, Andrés Manuel López Obrador, que durante los seis años de su mandato arrastraba muchas críticas por su tono conciliador contra los cárteles.

“Los abrazos” de Obrador
Andrés Manuel López Obrador gobernó con una consigna clara en materia de seguridad: “abrazos, no balazos”. Defendía que la confrontación directa con los cárteles había multiplicado la violencia y apostó por reducir el combate frontal, priorizando programas sociales y prevención. El balance dejó cifras históricas de homicidios. El intento de contener la violencia sin escalada militar no logró frenar el poder territorial de las organizaciones criminales.
Sheinbaum asumió la presidencia arrastrando ese legado. Y aunque su discurso inicial no rompió abiertamente con el de su antecesor, el operativo contra el Mencho marca un antes y un después en la lucha de México contra los cárteles y el narcotráfico.

Un operativo con lectura política
La forma en la que la captura y la muerte -aunque no intencionada- fueron anunciadas también ha llamado la atención de periodistas y expertos. La presidenta quiso dejar claro que el liderazgo fue mexicano. También sorprendió la insistencia de Sheinbaum, que en varias ocasiones quiso dejar claro que Washington sólo aportó información en materia de inteligencia.
El momento en el que se ha realizado el operativo tampoco pasa desapercibido. Justo cuando Donald Trump ha intensificado sus críticas hacia México, acusándolo de actuar con tibieza frente al narcotráfico y deslizando posibles medidas si no se endurece la respuesta. En ese escenario, el golpe al CJNG funciona como demostración de capacidad operativa y como mensaje diplomático. El Gobierno ha optado por capitalizar políticamente la operación y la exhibición pública de autoridad forma parte de la estrategia.

Continuidad con otro tono
A pesar de la nueva estrategia diplomática de Sheinbaum, no se trata de un cambio absoluto en los instrumentos del Estado. Durante su etapa como jefa de Gobierno de Ciudad de México, Sheinbaum ya había apostado por una combinación de inteligencia y coordinación institucional que redujo los homicidios en la capital.
Ahora, la dimensión nacional es distinta. Los cárteles no dependen exclusivamente de sus líderes visibles, y son estructuras complejas, con redes financieras y territoriales capaces de controlar estados enteros en México. De hecho, los expertos ya advierten que la muerte de “El Mencho” no garantiza, ni de lejos, la extinción de todo su cártel.
En el ámbito de seguridad se asume que el desafío continúa. La cuestión es si el giro en el tono se traducirá en una política sostenida o si quedará vinculado a un golpe de alto impacto.

La nueva etapa
El sexenio anterior estuvo marcado por la voluntad de evitar la confrontación abierta. El actual parece inclinarse por una demostración más explícita de fuerza institucional. La diferencia se percibe tanto en los operativos como en la forma de comunicarlos.
Sheinbaum ha querido proyectar una imagen de control y firmeza. La caída de “El Mencho” abre una etapa incierta para el CJNG y para el equilibrio de poder entre cárteles. También inaugura una fase distinta en la narrativa oficial sobre la seguridad y se plantea, por primera vez, si las consecuencias de este tipo de operativos recaen casi exclusivamente en la población, testigo en los últimos días de los bloqueos, incendios y altercados.
Las consecuencias de esta operación aún están por definirse. Pero el Ejecutivo ha dejado claro que su mandato no pretende medirse por consignas heredadas, sino por resultados visibles frente a uno de los problemas estructurales del país.
