Sus estrechos lazos familiares, prima del histórico capo de la mafia siciliana, condenado a cadena perpetua, Nitto Santapaola y mujer de Salvatore Amato, otro pez gordo de la criminalidad, era evidente que Grazia Santapaola, 68 años, vivía en el mundo de la Cosa Nostra. Aun así, lo que ha desvelado su detención es que su rol iba mucho más allá. Las imágenes de su arresto en manos de los carabineros del ROS (grupo operativo especial) a principios de este mes de diciembre abren una caja de pandora sobre el rol que esta mujer tenía dentro de la llamada “cosca”, la familia criminal jerárquica que controla una zona. Allí, lejos de desempeñar el papel secundario que habitualmente tienen las mujeres en estas estructuras ancestrales, movía los hilos de todas las actividades ilícitas.
Acusada de asociación mafiosa por la Fiscalía de Catania, ciudad siciliana, y ya en prisión preventiva, las investigaciones aportarían pruebas de la “plena operatividad” de Grazia Santapaola. Según apunta la tesis de la Fiscalía, asumía deliberadamente responsabilidades directas dentro del poder mafioso. Su marido, Amato, era el responsable de la organización de los “Ottantapalmi” en Catania, pero Grazia, lejos de ser solo su mujer, dirigía numerosos asuntos para garantizar el sustento del clan y de las familias de los detenidos mafiosos.
Había salido de la cárcel en 2017 y ante la habitual ausencia de los hombres de la familia, también en prisión, habría comenzado de nuevo a encargarse, entre otras cosas, de la gestión de extorsiones, de la resolución de conflictos internos y con otros grupos rivales, además de recuperar un preponderante rol económico. Se ocupaba de las funciones de tesorera y recibía regalos en forma de dinero como muestra de respeto y homenaje dentro de la “cosca”. Controlaba todo, hasta tal punto de que llegaba a intervenir si estaban en peligro los límites territoriales de su núcleo criminal respecto a otras organizaciones o si algunos pagos no eran realizados correctamente. Controlaba, en definitiva, que el sistema ilegal siguiese funcionando.
De hecho, según la Fiscalía, la conducta de Grazia Santapaola pasó de ser la de una persona con un papel marginal a representar de forma directa los intereses de la asociación. Para los investigadores hay un elemento clave que permite entender este cambio de rol: su presunta intervención para defender el honor de su familia durante las tensiones de 2023 entre el grupo Stazione -una rama de su clan Santapaola- y el clan Cappello, uno de los principales grupos rivales en Catania.
Aunque ella había siempre presumido de su “sangre azul”, tal y como recogen las crónicas de la prensa italiana, por sus famosas parentelas dentro de la mafia, su autoridad, apunta la Fiscalía, iba mucho más allá del apellido. Ejercía como una defensora directa de los intereses del clan. Haciendo de la necesidad, con los hombres al mando en la cárcel, virtud, esta mujer rompe de alguna manera los esquemas, ocupando espacios en los ambientes mafiosos que, hasta hace muy poco, eran inaccesibles, de alguna forma, para ellas.


