Tribuna

“Ma bisteren”: Europa no debe olvidar a su pueblo gitano

Los gitanos forman parte de Europa. Siempre lo han hecho. La cuestión es si estamos dispuestos a derribar las barreras que todavía los frenan

pueblo gitano
Un grupo de niños gitanos participa en la reunión familiar de verano en Agas, Rumania
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En Lety u Písku, en el sur de Bohemia, un círculo de piedra lleva grabados 1.294 nombres. Pertenecen a familias gitanas y sinti encerradas allí bajo el régimen nazi. Al menos 335 personas murieron en el campo. Cientos más fueron enviadas a Auschwitz.

Cuando estuve allí el mes pasado para rendir homenaje a las víctimas, leí los nombres de niños y niñas que nunca llegaron a la edad escolar. Junto a las tumbas, una piedra más antigua lleva dos palabras en romaní: Ma bisteren. No olvidéis.

“El pueblo olvidado de Europa”. Así se suele llamar a los gitanos. Sin embargo, son entre 10 y 12 millones, más que la población de muchos países de la UE, y su historia a menudo se pierde de vista. Su lengua se sigue hablando desde los Balcanes hasta el Báltico, y un patrimonio vivo de música y danza, de narración oral y de artesanía ha pasado a formar parte del patrimonio de la propia Europa.

El pueblo gitano ha sufrido también siglos de persecución y asimilación forzosa, hasta llegar al capítulo más oscuro de todos: el genocidio de los gitanos bajo el nazismo. Lety es una de sus cicatrices. Recordamos para que nunca vuelva a ocurrir.

Una Unión de la Igualdad debe sentirse en cada hogar, desde el centro de las ciudades hasta el barrio más alejado. Muchos gitanos no la sienten. El antigitanismo sigue formando parte de la vida cotidiana.

Desde mi primer día como comisaria, mi objetivo ha sido sencillo: que cada europeo encuentre una puerta abierta y pueda cruzarla. Para muchos gitanos, esa puerta sigue entornada. Es la entrevista de trabajo tras la que nadie vuelve a llamar. El piso que de repente ya está “alquilado” cuando el propietario oye un apellido. La niña a la que mandan a un aula aparte antes de que nadie haya visto de lo que es capaz. Estas barreras no dejan marcas que se puedan fotografiar, pero el daño dura toda la vida.

Rumanía
Una mujer gitana camina con su hija en Timisoara, Rumanía
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En su Marco Estratégico para la población gitana, la UE ha fijado objetivos claros para 2030: acabar con la discriminación y la pobreza, y garantizar un acceso justo a la educación, el empleo, la sanidad y la vivienda. Esta semana publicamos nuestro tercer informe sobre los avances logrados.

Hay avances. Cada vez más niños gitanos empiezan el día en una guardería o en educación infantil. Esto importa, porque la desventaja empieza pronto y crece como una bola de nieve. Un buen comienzo puede cambiar toda una vida. La mayoría de los objetivos de empleo podrían alcanzarse de aquí a 2030, pero los avances son desiguales. En varios países, los niños gitanos siguen sentándose en aulas separadas, a veces incluso en escuelas separadas. Demasiadas familias siguen viviendo en la pobreza, hacinadas en viviendas sobreocupadas.

El cambio está llegando, pero no lo bastante rápido. La Comisión Europea puede marcar el rumbo y financiar el trabajo. Pero el verdadero cambio se produce cuando un alcalde aprueba un plan de vivienda o una directora de escuela abre la puerta de un aula.

La barrera más difícil es el prejuicio. Hace dos años, casi la mitad de los europeos afirmaba que se sentiría incómoda teniendo vecinos gitanos. Y, sin embargo, los gitanos ya son nuestros vecinos. Son nuestros compañeros de trabajo y de clase, nuestros profesores y bomberos. Los gitanos forman parte de Europa. Siempre lo han hecho. La cuestión es si estamos dispuestos a derribar las barreras que todavía los frenan.

Los prejuicios se aprenden, y por eso también se pueden desaprender. Todo empieza por lo pequeño: un currículum valorado por sus méritos, un nuevo vecino bien recibido en la puerta. Una madre gitana a la que se le da en la maternidad la misma cama que a cualquier otra madre. Las leyes pueden abrir puertas. Nuestras decisiones de cada día las mantienen abiertas.

La inclusión es justa, y también es inteligente. Hace más fuertes nuestras sociedades. El pueblo gitano puede desempeñar un papel importante en nuestro mercado laboral y debe tener las mismas oportunidades que todos los europeos.

Imaginen a una niña gitana que empieza el colegio este otoño, en un aula que comparte con todos los demás niños de su ciudad. Cuando solicite su primer empleo, su nombre en un currículum debería abrirle puertas con la misma facilidad que el de cualquier otra persona.

Esa es la Europa que debemos a las familias de Lety y a cada niño y niña que crece hoy. Solo estaremos completos cuando todos tengan su lugar entre nosotros.

Ma bisteren.

 

*Roxana Mînzatu es Vicepresidenta Ejecutiva de Derechos Sociales y Capacidades, Empleo de Calidad y Preparación de la Comisión Europea

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