En una Tierra Santa desgarrada por la guerra más larga y devastadora de su historia reciente, hay madres que no están cegadas por la venganza y logran transformar el dolor por la pérdida de un hijo en el conflicto en un camino de reconciliación, en nombre del futuro de las jóvenes generaciones israelíes y palestinas. Un testimonio virtuoso que muestra cómo es decisivo el papel de las madres y las mujeres en la mediación del conflicto israelí-palestino. También lo demuestra la historia de la hermana Aziza Kidane, durante 12 años en Tierra Santa al servicio de los más pobres, incansable constructora de puentes entre israelíes y palestinos.
El Meeting de Rímini, un congreso cultural que se organiza todos los veranos en esta localidad de Italia, propició una escena que parecía improbable en tiempos de trincheras morales: sobre el escenario, tres mujeres que han mirado de frente lo irreparable —la muerte de un hijo, la devastación de un pueblo, el exilio interior de la fe— para convertirlo en un punto de partida. La palestina Layla al-Sheik, la israelí Elana Kaminka y la religiosa comboniana eritrea Azezet Habtezghi Kidane —la hermana Aziza— llegaron con biografías heridas; se marcharon habiendo ofrecido algo que hoy escasea: método cívico, un “cómo” para desactivar la venganza cuando todo empuja a encenderla.

Elana Kaminka perdió a su hijo Yanai, oficial de 21 años, asesinado el 7 de octubre de 2023. No disimula el miedo ni la rabia, pero eligió disciplina moral. “Después de que lo mataran pensé que había perdido todo en la vida”, confesó. “Me dije que lo único sobre lo que puedo tener control es cómo reaccionaré… decidí unirme al Círculo de Padres y conocí a mi amiga Layla”. Ese “cómo” le vino, dice, de lo que su hijo escribió en formación: “El primer valor para él era amar a las personas de las que eres responsable y, sobre todo, hacerles sentir ese amor… El segundo era la responsabilidad”. Por eso insiste en liderar con el ejemplo: “Es posible vivir codo con codo con los palestinos, trabajar con ellos… Muestro cómo es posible recuperar la dimensión humana, porque la deshumanización es uno de los mayores peligros en ambos campos”.
Layla al-Sheik, de Battir, perdió a su bebé Qusay durante la Segunda Intifada, asfixiado por gases; el checkpoint que la retuvo cuatro horas convirtió la urgencia en duelo. “Tardé dieciséis años en poder mirar esa herida”, relató. El quiebre llegó cuando aceptó la invitación a una actividad del Círculo de Padres: “Vi a palestinos e israelíes hablando juntos, riendo juntos… Fue la primera vez que los vi como seres humanos… desde ese momento decidí ser miembro activo”. El precio íntimo no fue menor: su hija mayor la acusó de traicionar la memoria del pequeño. Layla se jugó el diálogo también en casa y en público: “Cada año, en la ceremonia conjunta, quise decir al mundo que nosotros, que vivimos la ocupación, podemos estar codo con codo… Mis hijos vieron mi intervención. Tenía miedo de su reacción. Mi hija me dijo: ‘Ahora entiendo por qué te uniste… Estoy orgullosa de ti’”.
La hermana Aziza teje la urdimbre: “Nuestro objetivo es ser puentes”, explicó al contar el trabajo con Rabinos por los Derechos Humanos, Médicos por los Derechos Humanos y Combatientes por la Paz, especialmente con comunidades beduinas en el Área C. “Nos dijeron: ‘Nuestros hijos no tienen futuro… necesitamos educación y salud’. Empezamos ahí. Pero no era solo educación: era encuentro. Un beduino me dijo: ‘Este muro nos separa de ver el rostro del otro’”. Su certeza no nace de ingenuidad sino de experiencia en Sudán, Eritrea, Israel y los Territorios Palestinos: “Perdonar no es fácil, reconciliarse con nuestras heridas no es fácil, pero es posible, solo con la gracia de Dios… Cuando se ve el rostro del otro, se ve a Dios”.

El enfoque de derechos obliga a nombrar contextos: la guerra prolongada, los miles de civiles muertos, los desplazamientos forzados, el castigo colectivo, la deshumanización que avanza también hacia dentro de cada sociedad. Pero la mesa rehuyó el atajo del “todos son iguales”: apuntó responsabilidades estatales —la obligación de permitir ayuda humanitaria, liberar rehenes, frenar a colonos violentos, garantizar debido proceso— y, a la vez, mostró iniciativas ciudadanas que abren grietas de futuro. Elana se plantó en su tradición: “El valor fundamental más importante del judaísmo es la vida… y este gobierno ha demostrado muy a menudo la falta de respeto por la vida”. Layla, desde su fe, fijó límites éticos nítidos: “Dios es amor y paz… en el Islam no se puede matar a un niño, ni a una mujer, ni cortar un árbol… Algunos justifican con religión lo que hacen. Eso no es el Islam”.
Hubo un mapa en pantalla y una frase que le dio carne: “Layla es mi vecina”, dijo Elana. “Israel y Palestina no es un territorio muy grande… Tendremos que vivir juntos, coexistir para siempre… La cuestión es cuántos hijos, cuántos Yanai, cuántos Qusay, tendrán que morir antes de que aprendamos”. Lo que para un político puede sonar a eslogan, en boca de dos madres es un ultimátum ético. Allí se cruzan memoria y prevención: el derecho a la vida de hoy se protege con decisiones que cortan la cadena de retaliaciones de mañana.
La política pública aparece cuando Elana habla de juventud y propaganda: “Los extremistas hacen mucho ruido… Si no hablamos, solo se oirán sus voces… Pregunto a los jóvenes: ‘¿Cuál es el futuro que ves? ¿Cómo puedes crearlo?’ Sabemos que el futuro no nacerá de la violencia”. Layla, por su parte, describe obstáculos añadidos tras el 7 de octubre —bloqueos sin soldados con quienes hablar, escuelas cerradas, hambre— y el efecto en casa: “Mi hija menor lloraba sin parar… Una amiga israelí llamó para preguntar por ella… Le dije: ‘No todos los israelíes odian a los palestinos, y no todos los palestinos odian a los israelíes’. Las familias deben encontrar la manera de hablar con sus hijos… En nuestra organización educamos a las nuevas generaciones porque la violencia solo lleva a nueva violencia”.
El testimonio de la hermana Aziza devuelve la palabra “perdón” a su sitio: no es capitulación, es recurso de salud pública. Cuenta la anécdota del primer campamento de verano con niños beduinos e israelíes: “Entre ellos se insultaban diciendo ‘judío’… No aceptaban que los voluntarios fueran judíos porque los conocían con la cara cubierta, de noche, como un fantasma que destruye… Pero cuando compartieron juegos y pan, el insulto perdió sentido”. En clave de derechos, ese giro es capital: desmonta la categoría de “enemigo ontológico” y la sustituye por persona concreta, sujeto de derechos.

No faltó la pregunta dura: ¿perdonar es compatible con exigir justicia? Layla respondió con la anécdota que quizá sea la más áspera de toda la mesa. En Jerusalén, un exoficial israelí lloró al escuchar su historia y confesó que había bloqueado un coche palestino que llevaba niños al hospital. “Fue difícil seguir escuchando”, relató Layla. “No imaginé encontrarme con uno de esos soldados… Salimos a hablar. Me dijo que, cuando su propio hijo enfermó y lo detuvieron, entendió lo que había hecho, y fundó ‘Combatientes por la Paz’. Le dije: ‘Es muy difícil para mí, pero gracias por no ocultarlo… ahora puedo perdonarte’”. La justicia transicional diría que aquí hay reconocimiento del daño, responsabilidad, reparación simbólica y garantías de no repetición. El perdón no borra la necesidad de procesos legales ni políticas que remuevan causas estructurales; abre, en cambio, la posibilidad de que tales procesos no se conviertan en otra forma de venganza.
La religión, a menudo invocada como fósforo para incendiar, apareció como agua para apagar. Layla sintetizó: “En el Islam, lo primero que se dice es ‘Salam aleikum’… Dios siempre habla de paz”. Elana, desde el judaísmo, denunció el secuestro de su tradición por discursos que desprecian la vida. La hermana Aziza, con una pequeña cruz tatuada en la frente desde niña, contó que ese signo, lejos de cerrarle puertas, las abría: “Se convierte en un instrumento para hablar de mi fe, de mi debilidad y mi riqueza… He entrado en sinagogas, mezquitas y la Knéset… no fue un impedimento sino un aliento para ser testigos”. En tiempos de identidades blindadas, este trío insistió en identidades hospitalarias.
Es importante estudiar las condiciones que permitirían escalar estas experiencias. Primero, protección y financiación de iniciativas mixtas (escuelas, campamentos, foros de duelo compartido) que faciliten encuentros seguros, especialmente para jóvenes. Segundo, freno efectivo a la violencia de colonos y garantía de acceso humanitario, porque sin seguridad básica no hay espacio para el diálogo. Tercero, narrativas públicas que visibilicen a quienes hoy son minoría ruidosa en sentido contrario: madres, docentes, sanitarios, rabinos e imanes que se niegan a bendecir la muerte. Cuarto, programas de salud mental y acompañamiento psicosocial transfronterizo que atiendan trauma y eviten su transmisión intergeneracional. Nada de esto sustituye la obligación de negociar soluciones políticas; sí crea condiciones sociales para sostenerlas.
Hubo también una pedagogía del miedo. Elana relató a su hija de 16 años preguntando dónde esconderse si irrumpían en casa; Layla describió a su hija menor incapaz de dormir sola. El miedo, dijeron, explica muchos comportamientos sin justificarlos. Políticas públicas con enfoque de seguridad humana —sirenas que no sean la única respuesta, refugios en Gaza y Cisjordania, protocolos contra agresiones de colonos, atención a soldados con estrés postraumático— son imprescindibles para que “la vida”, ese valor invocado por las tres tradiciones, no sea retórica.

La mesa rindió homenaje a quienes pagan costos por tender puentes. Un joven de Yenín, “Audit”, contó —en vídeo— que perdió a siete familiares y a su amigo Tamam, enfermero, alcanzado por un misil cuando iba a auxiliar a su primo. Había participado en un campamento con israelíes en Suiza; tras la muerte de su amigo, estuvo a un paso de abandonar la reconciliación: “Pero luego comprendí que el deseo de paz era aún más fuerte… La solución está solo en el diálogo. Es muy difícil en Yenín; quien habla de paz es visto como ‘normalizador’”. Su testimonio recordó que la reconciliación tiene también un costo político y legal, y por eso necesita resguardo.
Quizá la imagen más potente del encuentro sea la más doméstica: Elana atravesando con coraje el muro para reunirse con Layla en Beit Jala; Layla devolviendo esa visita con palabras que desarman: “Hemos aprendido a amarnos y deberíamos aprender también a vivir juntos”. Y la hermana Aziza, que en los días de tiniebla sube a rezar al Santo Sepulcro, recordando lo que le enseñó una monja ortodoxa llamada Miriam: constancia en la oración incluso cuando se duda de Dios. “Ser humanos”, dijo, “aceptar nuestras heridas, darles nombre… presentar bajo la cruz los sufrimientos y creer incluso cuando no crees”.
De las tres madres aportaron una brújula: negar la generalización, proteger la vida, abrir espacios de encuentro, enseñar a los hijos que la venganza no es destino sino elección. “Algunas personas piensan que pueden generalizar sobre los demás”, advirtió Elana, “pero luego se avergüenzan cuando lo hacen sobre ellos”. “Dios siempre habla de paz”, recordó Layla, “y quienes retuercen la fe para justificar muerte traicionan su propia tradición”. “Perdonar no es fácil”, cerró la hermana Aziza, “pero es posible… cuando se ve el rostro del otro, se ve a Dios”.
El título del Meeting —“En los lugares desiertos construiremos con ladrillos nuevos”— sonó menos lema y más verificación. Estas mujeres ya están fabricando esos ladrillos: actos, no solo palabras. “Yo intento trabajar por él, en su lugar”, dijo Elana de su hijo. “Ahora puedo perdonarte”, dijo Layla al exoficial. “Nuestro objetivo es ser puentes”, resumió Aziza. Tres frases, tres programas. Falta que instituciones y ciudadanía, aquí y allá, garanticen el suelo donde ponerlos.
