Chernóbil nunca ha dejado de estar presente en el imaginario colectivo. La catástrofe del 26 de abril de 1986 se convirtió en un referente cultural, revivida a través de películas, libros y series de televisión magníficas que recrean la noche en que explotó el reactor número 4 y el silencio se apoderó del norte de Ucrania. Hasta llegó a ser un lugar de peregrinaje para algunos turistas aventureros. Los visitantes recorrían las escuelas, los parques de atracciones, las piscinas y los bloques de apartamentos abandonados de Prípiat, atraídos por un paisaje en el que el tiempo se había detenido y la naturaleza se había apoderado del hormigón soviético.

Del mayor desastre nuclear de la historia hubo muchas lecciones aprendidas, como a no ocultar información, pero 40 años después bien podría volver a suceder. Las condiciones para una nueva emergencia nuclear vuelven a darse en 2026, pues el inmenso sarcófago con el que intentó taparse el desastre no se construyó a prueba de drones iraníes ni misiles rusos.

A pesar de ser un lugar tan sensible, la central nuclear de Chernóbil se ha visto directamente envuelta en el conflicto bélico. Las fuerzas rusas se apoderaron de las instalaciones el 24 de febrero de 2022, durante las primeras horas de la invasión a gran escala de Ucrania. La ocupación rusa duró cinco semanas críticas. El control de una central nuclear clausurada se convirtió en un objetivo militar y se encendieron todas las alarmas en los organismos internacionales.
Desde entonces, los ataques rusos se han sucedido. El reciente más directo se produjo el 14 de febrero de 2025. Un dron identificado por las autoridades ucranianas como un modelo Shahed de fabricación rusa impactó contra el Nuevo Recinto de Contención, el enorme arco de acero que cubre el reactor destruido. La explosión perforó la estructura y provocó un incendio que ardió durante 17 días. El arco, construido en 2019 con un coste de 1.500 millones de euros, fue diseñado para contener la radiación durante un siglo. No fue proyectado para resistir la guerra moderna.

Los organismos internacionales han advertido de que la integridad de la estructura de contención es una preocupación crítica para la seguridad radiológica. Las reparaciones están en curso y son costosas. Sin ellas, aumenta el riesgo de degradación a largo plazo. El sistema de contención protege cientos de toneladas de materiales que contienen combustible, entre ellos uranio, plutonio y otros elementos radiactivos.
Serhii Tarakanov, director general de la central nuclear de Chernóbil, ha descrito a The Times las consecuencias. Un impacto directo sobre el arco podría derrumbar el sarcófago y liberar polvo radiactivo a la atmósfera. Ese polvo formaría una nube capaz de atravesar fronteras, repitiendo la contaminación transnacional que caracterizó el año 1986. España se libró gracias a una enorme borrasca, salvándonos de ese polvo radiactivo que tantos problemas de salud causó en el resto de Europa.

El riesgo es continúo. Las autoridades ucranianas informan de que misiles y drones rusos sobrevuelan habitualmente la zona. Según el fiscal general Ruslan Kravchenko, decenas de misiles hipersónicos Kinzhal han pasado a unos 20 kilómetros de Chernóbil u otras instalaciones nucleares ucranianas. Al menos 92 drones han sobrevolado un radio de cinco kilómetros del escudo contra la radiación desde mediados de 2024.

Estas rutas de vuelo suponen un riesgo constante. El misil Kinzhal viaja a a una velocidad de hasta 6.500 km por hora. Una desviación, un fallo o los restos de una interceptación podrían provocar un impacto. Las autoridades ucranianas afirman que estas rutas tienen una finalidad intimidatoria más que una necesidad militar. La Agencia Internacional de Energía Atómica ha expresado en repetidas ocasiones su preocupación y ha pedido moderación cerca de las instalaciones nucleares.
Es más, el 20 de enero de 2026, un ataque ruso a gran escala contra las infraestructuras energéticas de Ucrania cortó el suministro eléctrico externo a la central de Chernóbil. Los sistemas de emergencia se activaron con éxito. No se produjo ninguna fuga radiactiva, pero el incidente puso de manifiesto cómo la seguridad nuclear depende de un suministro eléctrico estable. Las interrupciones repetidas aumentan la probabilidad de que se produzca un fallo del sistema.

Por desgracia, la guerra también está borrando a los testigos de la catástrofe de Chernóbil. Nataliia Khodemchuk, que sobrevivió al desastre hace cuarenta años, formaba parte de esa generación de ucranianos que reconstruyó el país tras la tragedia. Su marido, Valerii Khodemchuk, es tristemente conocido como la primera víctima de la explosión de 1986. Su viuda vivía en la capital ucraniana. El pasado invierno, en noviembre, un dron ruso impactó contra el edificio residencial en el que vivía, en el barrio de Troieschyna. El impacto provocó un incendio en su apartamento. Sufrió quemaduras graves y fue trasladada a un hospital cercano. Los médicos no pudieron salvarle la vida y murió a los 73 años. Su muerte formó parte de un ataque más amplio que mató a siete personas y dejó al menos 36 heridos en nueve distritos de Kyiv.

Su historia une dos épocas marcadas por la catástrofe. “Los ucranianos que sobrevivieron a Chernóbil, que ayudaron a reconstruir el país tras ese desastre, se enfrentan una vez más al peligro: el terror de un Estado agresor”, sentenció al conocer su muerte el presidente ucraniano Volodimir Zelenski.
El riesgo nuclear en Ucrania es sistémico. El país cuenta con cuatro centrales nucleares, incluida la de Zaporiyia, la mayor de Europa, bajo ocupación rusa. Un segundo Chernóbil puede ocurrir. No repetiría la misma secuencia de errores que tan bien retrata la serie de HBO, sería más bien por un ataque ruso directo o fallido, pero el resultado seguiría siendo una fuga radiactiva a escala continental.
Así, mientras la fascinación por Chernóbil permanece intacta cuarenta años después, las condiciones para una nueva catástrofe nuclear siguen presentes en Ucrania.
