Durante años, Groenlandia ha sido un punto remoto en los mapas militares occidentales. Un territorio clave, sí, pero gestionado con una presencia limitada y casi simbólica. Ese equilibrio ha empezado a romperse. Las amenazas de Trump sobre una posible anexión, unidas al deshielo acelerado del Ártico, han empujado a Europa a mirar de frente una región que hasta ahora quedaba en los márgenes del mapa y de su estrategia defensiva.
Hoy, la presencia militar en la isla sigue siendo reducida. En la base espacial de Pituffik -la antigua Thule- hay desplegados entre 150 y 200 soldados estadounidenses. A ellos se suman unas 150 personas, entre militares y civiles, del Comando Ártico Conjunto de Dinamarca. En total, antes de los últimos movimientos europeos, la cifra rondaba los 300 o 350 efectivos. Un número modesto para un territorio que se ha convertido en una pieza central del tablero geopolítico.
Ese cambio no responde sólo a una lógica de seguridad inmediata. “El calentamiento global está acelerando el deshielo de forma cada vez más progresiva y esto abre las rutas marítimas del Ártico más meses al año”, explica Sonia Andolz, experta en Relaciones Internacionales. Ese proceso, añade la experta, tiene consecuencias directas. “Estas rutas suponen un mayor tráfico mercantil por aguas nacionales, con el consiguiente beneficio para cada país: impuestos, control, barcos que reponen carburante”.

El escenario empezó a moverse tras las declaraciones de Trump. Como respuesta, varios países europeos han enviado contingentes simbólicos a Groenlandia en el marco de ejercicios conjuntos liderados por Dinamarca, bajo la denominada Operation Arctic Endurance. Francia ha desplegado 15 soldados; Alemania, 13; y otros Estados como Suecia, Noruega, Finlandia, Países Bajos o Reino Unido han enviado pequeños equipos de oficiales. En conjunto, unos 40 efectivos adicionales. Son despliegues temporales, de reconocimiento, pero que marcan un giro político: Europa empieza a estar presente sobre el terreno.
El movimiento no es improvisado. Dinamarca ha anunciado planes para una presencia “más grande y permanente” a lo largo de 2026, en cooperación con aliados de la OTAN. No hay cifras cerradas, pero sí una hoja de ruta: más rotaciones de tropas europeas, vigilancia de infraestructuras críticas, despliegues aéreos y operaciones navales en el entorno ártico. La expectativa, según fuentes diplomáticas, es que el número de efectivos supere claramente los niveles actuales, con cientos de soldados en rotación.
Bajo el hielo
El deshielo también ha puesto el foco en lo que hay bajo la superficie. “Los avances en investigación científica y tecnológica permiten suponer que bajo el hielo el Ártico tiene primeras materias que interesan a las potencias”, apunta Andolz, en referencia a tierras raras y otros materiales estratégicos. A ello se suma el valor del territorio para programas espaciales y armamentísticos. Un interés que va mucho más allá de la narrativa de la seguridad nacional esgrimida por Trump.

“Un punto y final del orden conocido hasta ahora”
La tensión generada por Washington tiene, además, un efecto directo sobre la arquitectura europea de seguridad. “El desafío de Estados Unidos a Groenlandia atraviesa de forma transversal a lo que queda de UE”, advierte Andolz. La experta subraya la gravedad del mensaje político. “Un socio de la OTAN que amenaza a otro socio supone un desprecio hacia la soberanía nacional y cambia las reglas del juego”. A su juicio, el impacto es profundo. “Que lo haga el mayor estandarte de la democracia liberal supone un punto y final del orden conocido hasta ahora”.
En ese contexto, Groenlandia se convierte en una línea roja. “Los países europeos nos jugamos mucho en la protección de Groenlandia”, sostiene Andolz. No sólo por su valor estratégico, sino por lo que representa en términos de modelo político y social. La isla, recuerda, ha logrado mantener su identidad y su forma de vida gracias a su vínculo con Dinamarca y al modelo nórdico. “Ha podido mantener su forma de vida e identidad por el carácter nacional danés, el ejercicio de reflexión decolonial y el modelo de democracia nórdica en general”.

¿El fin del modelo groenlandés?
Ese equilibrio es frágil. “Una invasión norteamericana o cualquier tutela de Estados Unidos acabaría con ese modelo de vida y de Estado del Bienestar”, alerta la experta. Una advertencia que conecta con el temor creciente entre parte de la población groenlandesa a quedar atrapada entre intereses ajenos.
Mientras tanto, la Unión Europea avanza con cautela. El refuerzo militar es gradual, simbólico por ahora, pero políticamente significativo. Groenlandia ya no es sólo un territorio remoto bajo el hielo. Es un punto de fricción donde convergen el rearme del Ártico, la competencia por los recursos y una pregunta incómoda para Europa: hasta dónde está dispuesta a llegar para proteger un espacio que, durante demasiado tiempo, dio por garantizado.

