Opinión

Batalla de los Sexos en tenis: un “circo” por la igualdad

Actualizado: h
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La semana pasada se celebró un nuevo capítulo de la llamada Batalla de los Sexos en tenis. Un partido de exhibición entre Aryna Sabalenka y Nick Kyrgios, presentado como un gesto simbólico, moderno, casi reivindicativo. Muy bien envuelto. Muy poco acertado.

Porque no era una competición real. Sabalenka jugó con ventajas explícitas: una pista más pequeña pensada para “equilibrar” el duelo. Kyrgios ganó en dos sets sin demasiado esfuerzo aparente. Y entonces llegó el discurso conciliador: que si el resultado no importaba, que si era solo entretenimiento, que si era una celebración del deporte.

Y ahí está el problema.

Este tipo de eventos no hacen ningún favor al deporte femenino. Al contrario: lo colocan en una posición incómoda, casi condescendiente. Porque cuando necesitas modificar el marco competitivo para que el enfrentamiento tenga sentido, lo que estás diciendo —aunque no quieras— es que no estamos hablando de oponentes comparables. Y eso no es machismo.

Hombres y mujeres no tenemos las mismas características físicas: fuerza, velocidad, potencia, resistencia. En la mayoría de los deportes, competir en igualdad directa no es realista, ni justo, ni necesario. Igualdad no significa que seamos idénticos. Y pretender lo contrario no es progresista: es ingenuo.

El tenis femenino no tiene que intentar demostrarse frente al masculino. No necesita pistas más pequeñas ni reglas “protectoras”. Tiene valor por sí mismo. Tiene nivel. Tiene talento. Tiene rivalidades espectaculares. Lo que necesita es respeto, inversión y continuidad, no experimentos simbólicos que acaban generando más dudas que admiración.

Porque, seamos sinceros: cuando ves un partido así, no sales pensando “qué bien el tenis femenino”. Sales pensando “esto es raro”. Un híbrido. Un espectáculo a medio camino entre el deporte y el circo. Y cuando el foco se pone en la comparación forzada, lo que se pierde es el mérito real de las deportistas.

Además, hay algo profundamente contradictorio en todo esto. Si lo que se pretende es promover el empoderamiento femenino, el mensaje implícito de este evento es demoledor: para competir contigo, tengo que darte ventajas. Eso no empodera. Refuerza la idea de que el rendimiento femenino necesita ajustes para no quedar en evidencia. Justo lo contrario de lo que se supone que se quiere defender.

Cuando a una de las partes se le dan ventajas explícitas, no se construye igualdad. Se construye una competición desnaturalizada. Ya no gana quien juega mejor. Gana quien encaja mejor en el relato que se quiere contar. Y eso, lejos de empoderar a nadie, devalúa el resultado.

Porque si la mujer gana, siempre quedará la duda:

“Claro, pero con esas condiciones…”

Y si pierde, el mensaje tampoco sirve:

“Entonces, ¿para esto todo el montaje?”

La paradoja es evidente: en nombre de la igualdad se crea un escenario donde la victoria deja de tener valor deportivo. Se convierte en un performance. En un titular. Pero no en una competición real.

Y aquí conviene decir algo incómodo: el deporte no necesita fingir igualdad donde no la hay para ser respetuoso. El tenis femenino no necesita medirse con el masculino para validar su calidad. Tiene su propio circuito, su propia exigencia, su propio mérito. Compararlo bajo reglas híbridas no lo eleva.

El problema no es que hombres y mujeres compitan. El problema es convertir esa competición en una fábula moral, donde el resultado importa menos que el mensaje. Porque cuando el deporte se usa como altavoz ideológico, pierde lo que lo hace interesante: la incertidumbre, la limpieza del reto, la verdad del resultado.

Esto no va de estar “en contra” de las mujeres. Va de estar a favor de la honestidad competitiva. De entender que igualdad no es jugar al mismo juego con “trampas” bienintencionadas, sino respetar las diferencias sin convertirlas en propaganda.

Al final, estos partidos no cierran brechas. Las maquillan. No generan respeto. Generan ruido. Y, sobre todo, refuerzan una idea peligrosa: que para que una mujer gane, hay que cambiar las reglas. Cuando la realidad demuestra justo lo contrario: que no necesita favores, sino contextos propios, serios y sin condescendencia.

Si el objetivo era el espectáculo, enhorabuena.

Si el objetivo era la igualdad, quizá habría que replanteárselo.

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