Opinión

Construir, habitar, pensar

Un estudio vincula los olvidos, los bloqueos y la dificultad para concentrarse de algunas supervivientes con alteraciones neurológicas reales provocadas por golpes en la cabeza, estrangulamientos y años de estrés extremo y continuado
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La vida te da sorpresas. Una gratísima ha sido conocer esta primavera a Nazareth Castellanos. Todos podemos ser escultores de nuestro propio cerebro, si nos lo proponemos. Esta célebre afirmación de Don Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel y padre de la neurociencia moderna, no es una mera invitación poética. Es una convicción profunda sobre la capacidad humana de transformación y mejora continua. Nazareth Castellanos la rescata y actualiza con rigor científico en El puente donde habitan las mariposas, un ensayo que merece ser leído con atención en tiempos de dispersión y aceleración.

Castellanos parte de una evidencia consolidada: el cerebro es un órgano plástico. Lo que heredamos genéticamente y lo que el entorno imprime en nosotros: patrones familiares, relaciones, presiones sociales y culturales moldean nuestra arquitectura neuronal desde fuera. Sin embargo, esa plasticidad nos concede una oportunidad extraordinaria: la de reconstruirnos desde dentro mediante la voluntad y la intención sostenida.

No estamos condenados a repetir guiones escritos por otros. Podemos, con disciplina y presencia, convertirnos en artesanos de nuestra propia vida. Castellanos establece un diálogo fecundo con Martin Heidegger y su conferencia “Construir, habitar, pensar”. Para el filósofo alemán, estas tres acciones definen la esencia de la existencia humana: construir (dar forma a lo que nos rodea y a nosotros mismos), habitar (estar plenamente en el mundo con autenticidad) y pensar (comprender con profundidad y serenidad).

La triple dimensión de la neurociencia

Castellanos traduce esta triple dimensión al lenguaje de la neurociencia. El puente que Heidegger propone adquiere aquí una realidad biológica concreta: la respiración se convierte en el nexo privilegiado entre el exterior y el interior, entre lo que somos y lo que podemos llegar a ser. Cada inspiración y cada espiración consciente deja una estela neuronal. Observar la respiración no es un ejercicio místico lejano, sino una práctica accesible que activa redes cerebrales vinculadas a la atención, la regulación emocional y el autoconocimiento. De este modo, construir se traduce en generar nuevas conexiones sinápticas; habitar, en estar presentes en nuestro propio cuerpo sin huir de él; y pensar, en desarrollar una mente más clara y menos reactiva.

Las mariposas del título evocan esas sinapsis en movimiento, capaces de transformar patrones rígidos en una existencia más fluida y consciente. En una existencia más libre. Ramón y Cajal, con sus dibujos precisos de las neuronas y su defensa de la voluntad como motor del progreso, intuía ya la dinamicidad del sistema nervioso.

Castellanos actualiza esa herencia con las herramientas de la neurociencia actual: prácticas moderadas de consciencia respiratoria y meditación fortalecen la corteza prefrontal, modulan la amígdala y favorecen la plasticidad neuronal incluso en la edad adulta. No se requieren condiciones extraordinarias ni horas diarias de práctica. Bastan pequeños espacios de atención plena en medio del torbellino cotidiano: cerrar los ojos dos minutos, observar el aliento y recordar que estamos habitando un organismo que responde a nuestra intención. En un mundo que premia la productividad, la multitarea y la respuesta inmediata, recuperar el control de la atención se convierte en un acto de valentía y de defensa de la individualidad.

Dos ideas inspiradoras

Merecer la ternura hacia uno mismo, habitar el cuerpo con presencia y entrenar la mente con disciplina no son gestos secundarios o de autoayuda superficial. Son la base desde la que podemos construir relaciones auténticas, tomar decisiones con claridad y contribuir al entorno con rigor y serenidad.

El puente donde habitan las mariposas nos deja, sobre todo, dos ideas inspiradoras. La primera que no somos meros productos de nuestras circunstancias o de lo heredado. Con disciplina podemos convertirnos en escultores activos de nuestro cerebro y, por tanto, de nuestra vida. La segunda: el camino hacia esa transformación no exige grandes gestos heroicos, sino la constancia en lo sencillo, como observar conscientemente nuestra respiración, para habitar el presente con plenitud.

Nazareth Castellanos actualiza con fundamentos científicos una herencia compartida de Ramón y Cajal y Heidegger: habitar plenamente es el primer paso para construir con sentido y pensar con profundidad. En esa presencia consciente reside la mayor libertad a la que podemos aspirar en nuestro tiempo. Una libertad que comienza, humilde y poderosa, con cada respiración.