Opinión

Esto es lo que hay

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Venezuela no ofrece hoy una escena política extrema y reveladora: un país roto, un poder en disputa y, en primer plano, dos mujeres que, por una vez, no aparecen como figuras centrales de autoridad. Delcy Rodríguez y María Corina Machado encarnan dos formas antagónicas —y profundamente incómodas— de ejercer el poder femenino en un sistema que sigue siendo ferozmente masculino, vertical y violento.

Este no es un artículo más sobre mujeres en la política; pretendo que sea una reflexión sobre qué tipo de autoridad se permite a las mujeres cuando el poder sufre una crisis como la que hemos presenciado hora a hora, en directo, durante los últimos días.

Delcy Rodríguez ocupa el centro del Estado. Su autoridad ese les dada por lo institucional, blindada por el aparato. No necesita seducir ni convencer: administra, responde, corta. Su lenguaje, como su apariencia, transmiten un mensaje seco, disciplinado, sin fisuras emocionales. No improvisa, no duda, no se explica de más. En un entorno dominado históricamente por hombres fuertes, Delcy no cuestiona el molde: lo ocupa con eficacia. Y eso la vuelve funcional. Mujer o no, ha entendido las reglas del juego y las ejecuta sin desbordarse ni que la desborden.

Ahí está la trampa. La presencia de una mujer en la cúspide permite al régimen, ahora mismo tan necesitado de apoyos y de mensajes de coherencia y fuerza, exhibir una coartada: no puede ser verdad lo que de nosotros se dice, miren quién nos manda. Pero esa visibilidad no se traduce en una transformación de las condiciones de vida de otras mujeres. La figura de Delcy no incomoda al sistema: lo normaliza. Ejerece un poder femenino sin agenda feminista, una autoridad sin redistribución, un mando sin ninguna preocupación por los cuidados. Y eso obliga a una lectura incómoda desde el feminismo: no toda mujer poderosa amplía el espacio de lo posible para las demás.

En el extremo opuesto está María Corina Machado. No gobierna, no gestiona el Estado, no firma decretos. Su autoridad no reside en los institucional, sino que se comunica de una manera simbólica y carismática. Habla desde la exclusión, desde la proscripción, desde el margen. Llegó tarde a su Premio Nobel que recogió, a su vez, otra mujer, su propia hija. Y, sin embargo, posee un inusitado poder de convocatoria. Moviliza. Enciende una llama épica que encierra algo de promesa moral y algo de relato de salvación. Su liderazgo se apoya en la palabra, en la emoción, en una identificación casi íntima con una ciudadanía exhausta.

Pero esa misma condición la vuelve vulnerable. A las mujeres disidentes se les permite existir como símbolo, nunca como centro del aparato. Se les tolera mientras no manden, mientras no controlen los resortes materiales del poder. María Corina encarna una autoridad que no puede consolidarse porque el sistema no la absorbe: la mantiene en un limbo heroico, admirada y a la vez neutralizada. Y también aquí aparece el sesgo habitual: su discurso es leído como excesivo, como elitista, como sentimental; su cuerpo, su voz y su biografía son escrutados con una severidad que rara vez se aplica a los líderes varones.

La comparación revela algo más profundo. A Delcy se le reprocha frialdad, dureza, arrogancia. A María Corina, histrionismo, emocionalidad, falta de pragmatismo. Ambas son juzgadas menos por lo que hacen que por cómo ocupan el espacio. A las mujeres en política se les exige coherencia moral absoluta; a los hombres, se les tolera la contradicción. Ellas deben ser impecables o no serán creíbles. Ellos pueden ser eficaces aunque sean cínicos.

Desde una perspectiva feminista, el caso venezolano desmonta varios automatismos. Primero: la presencia no equivale a la emancipación. Segundo: la oposición no equivale a al feminismo. Ninguna de las dos se presenta como figura feminista en sentido estricto, y sin embargo millones de mujeres proyectan en ellas expectativas, miedos y deseos. ¿Qué hacemos con eso? ¿Cómo repensamos el poder femenino cuando no viene acompañado de un discurso explícito sobre quiénes somos, sobre la, igualdad o la justicia de género?

Tal vez la respuesta no esté en elegir bando, sino en afinar la mirada. Obviamente, Venezuela no enfrenta únicamente un conflicto entre dos mujeres; ni siquiera en un caso menos crispado, con unas elecciones democráticas como escenario, se reduciría a ello. Pero tenemos en el centro de la escena dos formas de habitar el poder femenino en un sistema que sigue siendo radicalmente masculino y que, en este caso, se manifiesta en un terreno de una inestabilidad y potencial violencia enorme. Una lo reproduce desde dentro; la otra lo desafía sin poder atravesarlo. Una administra; la otra promete. Una encarna el orden; la otra, la posibilidad.

Y ahí está la pregunta que incomoda: ¿es suficiente con que una mujer mande, si manda igual que siempre? ¿Es justo exigir a otra que cargue, además, con la tarea simbólica de redimirlo todo? Venezuela nos muestra un espejo empañado. Nos recuerda que el poder sigue siendo un territorio hostil para las mujeres, incluso cuando lo ocupan. Que sin comunidad de apoyo, sin soportes reales y no teóricos, nada pasa de ser una entelequia. Y que el feminismo, si quiere ser algo más que una etiqueta cómoda, debe atreverse a mirar estas contradicciones sin consuelo fácil, sin heroínas prefabricadas y sin coartadas de género. No toda mujer en el poder representa una victoria, pero ninguna mujer que lo dispute debería hacerlo sola.