Casi cuatro de cada diez jóvenes cree que la violencia de género es inevitable

Según el Barómetro Juventud y Género 2025, una parte de la juventud asume que la violencia de género siempre ha existido, pero al mismo tiempo cuestiona que sea un problema específico o estructural

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Hablar de violencia de género no es sencillo para muchos jóvenes. En su discurso conviven ideas difíciles de encajar entre sí: se reconoce que la violencia existe, pero se cuestiona que sea un problema específico; se asume que siempre ha estado ahí, pero se duda de que pueda cambiarse; se señala como injusta, pero también como una amenaza a derechos. Más que una posición clara, lo que aparece es un marco confuso, atravesado por mensajes contradictorios.

Esa mezcla de negación, resignación y desconfianza se aprecian en los datos. El Barómetro Juventud y Género 2025, elaborado a partir de una encuesta a 3.327 personas residentes en España, permite poner cifras a cómo la juventud interpreta la violencia de género y cómo ese marco mental se traduce después en sus relaciones.

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La violencia de género “no existe”, pero es “inevitable”

La primera grieta aparece en la negación del propio concepto. Uno de cada cinco jóvenes de entre 15 y 29 años (20,3%) afirma que la violencia de género no existe y que es un invento ideológico. La brecha por género es clara: esta idea la comparte el 25,4% de los chicos, frente al 15,2% de las chicas. No se trata de negar que exista la violencia, sino de rechazar que se trate de un fenómeno específico vinculado a la desigualdad entre hombres y mujeres.

A esa negación se suma una segunda idea que no la corrige, sino que convive con ella. El 36,5% de los jóvenes cree que la violencia de género es inevitable, que “siempre ha existido y siempre existirá”. También aquí los chicos muestran mayor acuerdo (38,6%) que las chicas (34,5%). La violencia se asume como un hecho que ocurre, pero no como un problema que pueda prevenirse o transformarse.

Este marco se completa con una sensación extendida de agravio. Más de la mitad de los chicos jóvenes (57,6%) considera que los hombres están desprotegidos ante las denuncias falsas, y el 54,1% cree que se ha perdido la presunción de inocencia, porcentajes muy superiores a los de las chicas (43,4% y 34,7%, respectivamente). La violencia aparece así no solo como un fenómeno cuestionado o inevitable, sino también como un terreno en el que una parte de la juventud percibe una pérdida de derechos.

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Dinámicas de control

Ese conjunto de ideas contradictorias no se queda en el plano del discurso. Ayuda a entender cómo se viven hoy las relaciones de pareja. Lejos de la violencia más visible, la que deja marcas, el Barómetro sitúa el foco en dinámicas de control cotidianas, especialmente ligadas al uso del móvil y a la vigilancia constante.

Unas dinámicas que conectan con una concepción ambigua del amor y la pareja. El Barómetro muestra que el 22,9% de los jóvenes considera que los celos son una prueba de amor, una idea mucho más extendida entre los chicos (29,4%) que entre las chicas (16%). Cuando los celos se leen como cuidado o interés, el control deja de percibirse como violencia.

En el entorno cercano, el 41,8% de los jóvenes afirma haber visto cómo a una mujer su pareja le revisaba el móvil, y el 38% dice haber presenciado enfados cuando ella no respondía de inmediato a llamadas o mensajes. No se trata de episodios aislados: solo el 12,9% asegura no haber conocido nunca este tipo de situaciones en su entorno.

Cuando el foco se pone en la experiencia propia, estas prácticas aparecen con más fuerza y de forma directa. El 24% de los jóvenes reconoce que su pareja se ha enfadado alguna vez por no responder de inmediato a mensajes o llamadas; el 21,9% dice que le han revisado el móvil y el 26,1% que le han dicho con quién puede o no puede hablar. A estas conductas se suma el control de la ubicación, que declara haber sufrido el 19,2%.

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Estas actitudes no solo se sufren, también se ejercen. Uno de cada cinco jóvenes (20%) reconoce haber revisado el móvil de su pareja, y el 17,1% admite haberse enfadado cuando no recibía una respuesta inmediata a mensajes o llamadas. El control de la ubicación aparece también como una práctica ejercida: el 10,8% reconoce haber vigilado de forma habitual dónde estaba su pareja, una cifra que casi triplica la registrada en 2019. Los datos apuntan a que estas conductas forman parte de patrones relacionales compartidos y no solo de situaciones unidireccionales.

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La violencia en la pareja, además, no suele presentarse de forma aislada, sino que tiende a acumularse. El 18% de las mujeres jóvenes afirma haber sufrido entre cuatro y seis formas distintas de violencia, frente al 11,8% de los hombres. Cuando se superan las seis formas de violencia, la brecha se amplía aún más: el 17,4% de las mujeres declara haberlas sufrido, frente al 6,7% de los hombres. Esta acumulación ayuda a explicar por qué el impacto de la violencia es más intenso y persistente en ellas.

Cuando la violencia se produce, la reacción más habitual es compartirlo en el entorno cercano. El 41,6% de los jóvenes afirma haber contado lo ocurrido a su grupo de amistades, y el 41,4% dice haber puesto fin a la relación tras vivir alguna de estas situaciones. El 33,7% señala haber confrontado lo ocurrido con su pareja. En todos estos casos, las mujeres recurren a estas vías en mayor medida que los hombres, con diferencias que superan los diez puntos porcentuales.

Consecuencias de la violencia

Sin embargo, el silencio sigue presente. Un 16,3% de los jóvenes asegura no haber contado a nadie la violencia sufrida en la pareja. Entre los más jóvenes, de 15 a 19 años, este porcentaje desciende hasta el 11,2%, mientras que en el resto de edades supera el 20%. El principal motivo para no hablar de lo ocurrido es la vergüenza o la incomodidad, citada por el 40,1% de quienes no lo compartieron; una razón mucho más frecuente entre las mujeres (49,7%) que entre los hombres (29,4%), que tienden a señalar en mayor medida que hablar no sirve de nada o que puede tener consecuencias negativas.

Las consecuencias de la violencia en la pareja no son pasajeras, y afectan de forma desigual. Solo el 12,5% de quienes han sufrido violencia afirma que no tuvo ningún impacto importante en su vida. Entre el resto, los efectos son especialmente intensos en las mujeres: el 44% declara problemas de salud, frente al 19,6% de los hombres; el 43,7% señala sentimientos de culpa o vergüenza, casi el doble que ellos (19,2%), y el 35,1% reconoce un deterioro de la autoestima, frente al 20,3%. Estos impactos ayudan a entender por qué la violencia no siempre se rompe con facilidad y por qué sus efectos se prolongan más allá del episodio concreto.

Lo que no se nombra, no se puede cambiar

En conjunto, el Barómetro dibuja una juventud que no se relaciona con la violencia de género desde una posición clara y coherente, sino desde marcos fragmentados y, en ocasiones, contradictorios. La violencia se reconoce como algo que ocurre, pero se cuestiona su carácter estructural; se asume como inevitable, pero se discute su existencia como problema específico; se rechaza como injusta, pero también se percibe como una amenaza a derechos. En ese contexto, las prácticas de control en la pareja no aparecen como una excepción, sino como formas normalizadas de relación, difíciles de identificar y de romper.

Entender ese marco —cómo se piensa la violencia antes incluso de vivirla— es clave para explicar por qué sigue presente en las relaciones jóvenes. Y también para señalar que nombrarla, comprenderla y situarla como un problema evitable es el primer paso para desactivar dinámicas que hoy se repiten con demasiada frecuencia.

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