Venezuela es hoy un escenario del cambio evidente del orden mundial que está en pleno desarrollo, el cual todavía es incierto y afecta a todo el mundo por igual. Por tanto, no puede analizarse como un hecho aislado. Además, conviene comenzar cualquier diagnóstico con la valoración de lo que había antes.
Luego de un cuarto de siglo de régimen chavista, Venezuela es hoy un país saqueado y oprimido. Su población tiene más de dos décadas resistiendo los embates de una tiranía que sustituyó una democracia liberal con alternancia y pluralidad, por un populismo (sí, populismo) personalista reencauchado del eje soviético-cubano con un rebranding llamado “socialismo del siglo 21”.

Un presidente electo en democracia utilizó su mayoría circunstancial para cambiar la constitución sin consenso y concentrar el poder de forma absoluta, para mandar sin límite ni control de forma vitalicia. Porque murió en el poder luego de trece años (cuando fue electo el límite del mandato era cinco años sin reelección), dejando un heredero al trono que luego ejecutó sendos fraudes electorales, cerró el Congreso, apresó a miles, ilegalizó los partidos y cometió crímenes de lesa humanidad.
Esta es la razón, y no otra, por la que un tercio de la población venezolana está exiliada, mientras que el 70% de los electores que siguen allá votaron, a pesar de la represión y el chantaje, por la alternativa de cambio representada por Edmundo González (hoy presidente electo en el exilio) y liderada por María Corina Machado (hoy premio nobel de la paz inhabilitada y perseguida). Esta nueva hazaña democrática de un pueblo heroico derivó en un fraude descomunal en formato de golpe de estado y en el aumento de la represión y el control social.

Este es el status quo que ahora puede cambiar producto de la operación militar de Estados Unidos. Una realidad enquistada que evidencia el rotundo fracaso (y hasta la hipocresía) del orden mundial anterior, al punto que se normalizó que la guardia pretoriana de Maduro fuera estrictamente cubana. De ese imperialismo nadie habla: el de un “presidente” venezolano al servicio del régimen cubano, que cual rehén debía regalarles petróleo, hipotecando la soberanía en materia de seguridad interna. Pero esta es la foto del “antes”, la cual es muy importante para valorar luego el “después”, que sin duda es incierto como en toda transición, mucho más en esta enmarcada en pleno cambio del orden mundial.
Lo que se sabe hasta ahora es que Estados Unidos decidió coordinar la transición con el propio régimen chavista, un dato que es imposible encajar con perspectiva ideológica, porque cualquier eje que se utilice entraría en contradicción. Y es que las ideologías son parte del orden mundial anterior y por tanto ya no sirven para interpretar la realidad. Por cierto, esto comenzó con el complejo de Occidente disfrazado de “multilateralismo”. Que ahora Estados Unidos, Rusia y China se entiendan es consecuencia de esa relativización cínica.
La oposición venezolana, protagonista de una lucha de resistencia democrática épica, tendrá que esperar su turno, entendiendo que la transición no es el cambio, sino la creación de condiciones para el cambio. Cuando Franco murió en 1975 su régimen quedó “atado y bien atado”, pero año y medio después se celebraron las primeras elecciones generales en democracia. No sabemos cual será el resultado de este experimento que Estados Unidos ensaya en Venezuela, pero, como toda transición, solo podrá evaluarse según el resultado que produzca. Ojalá sea lo que el pueblo venezolano quiere desde hace mucho: libertad y democracia.



