Opinión

Mujeres en el agua

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Que una niña de ocho años hoy pueda comenzar a practicar natación parece un gesto simple, casi rutinario. ¿Quiere nadar? La llevamos a nadar. Pero durante mucho tiempo, la natación fue un espacio del que las mujeres estuvieron excluidas por prejuicios sociales, normas arbitrarias y un sistema que no consideraba compatible el esfuerzo físico con la feminidad.

Durante siglos un cuerpo femenino debía ocultarse, contenerse, disciplinarse. El deporte, y muy especialmente los deportes acuáticos, implicaban que una mujer mostrara la piel, desarrollara musculatura, se moviera con libertad. Eso bastó para que durante gran parte del siglo XIX y comienzos del XX, nadar fuera un acto transgresor. En los primeros Juegos Olímpicos modernos (1896, Atenas), las mujeres no pudieron competir. Tuvieron que esperar hasta 1912 (Estocolmo) para ser admitidas en natación, con restricciones y bajo la lupa de una moral social que consideraba indecente su participación. Un poco antes, en 1900, las mujeres habían participado en disciplinas “acordes a la naturaleza femenina”, como golf y tenis.

Algunas fueron descalificadas por los trajes de baño, otras se enfrentaron al escarnio público por entrenar en espacios abiertos. Como en tantos otros terrenos, la conquista del agua se llevó a cabo con esfuerzo y con la lucha por cada centímetro de libertad. Nombres como Fanny Durack, pionera australiana, o Gertrude Ederle, primera mujer en cruzar el canal de la Mancha, marcaron hitos. Pero su presencia no fue suficiente para que la natación dejara de ser un territorio predominantemente masculino. Durante décadas, las oportunidades de entrenamiento, las competiciones y los premios para mujeres fueron menores. La disciplina que exige la natación —una combinación rigurosa de fuerza, técnica y constancia— fue, además, desalentada en muchas niñas por considerarse “demasiado exigente” o “poco femenina”.

Aun hoy, cuando muchas de esas barreras han caído, sigue siendo frecuente que las niñas que comienzan a nadar se enfrenten no solo al esfuerzo físico, sino también a sus propias dudas: la piscina es un lugar silencioso, y ese silencio no resulta siempre amable. Exige tiempo, repetición, tolerancia a la frustración. Y pide, además, una confianza en el propio cuerpo que no siempre se fomenta en las niñas desde pequeñas. Necesita la complicidad de los padres y su tiempo, una inversión económica familiar, el que el resto de los estudios no se resientan por el entrenamiento, el sacrificio del tiempo libre, la renuncia a determinadas amistades.

Natación - Salud
Una joven practicando natación. Pexels

Y, con ocho años, ves una luz extraña en un agujero en tu vestuario, y cuando lo denuncias, se te responde que no pasa nada, que estaban realizando obras. Qué sabrá esa niña, qué se habrá imaginado, qué creerá haber visto, criatura. Qué imaginación tienen. El agujero continuará abierto un año más, mientras mujeres de todas las edades, niñas, adolescentes, se cambian, se desnudan con confianza. Entonces, una jovencita de 16 años denunciará de nuevo; ahora sí, un hombre con nombre y apellidos, con trayectoria profesional conocida, con un móvil en la mano, será detenido por haber grabado a esa adolescente, a esa niña, a otras más. Cuántas, aún no se sabe.

Dentro de la débil credibilidad que poseen las mujeres, las niñas son las más desatendidas. Esa niña, con 9 años ya, no olvidará dos lecciones: la primera, que alguien, no importa tu edad, tu personalidad, tu aspecto, tus gustos, tu posición, tu vulnerabilidad, alguien te convertirá en un mero objeto para su disfrute sexual. La segunda, que dará igual que te quejes, que protestes o que lo denuncies hasta que el clamor resulte ya imposible de aplacar.

Que se dedique a lo que quiera. ¿Quiere nadar? La llevamos a nadar. Podría haberle ocurrido en cualquier otro ámbito. Pero que aprenda, también, a quejarse, a distinguir qué es lo tolerable de aquello que ni una niña, ni nadie, consideraría admisible. Que no pase una, que sea fuerte, capaz, inteligente, que aprenda el uso de las palabras adecuadas, de que su cuerpo, incluso solo en imagen, le pertenece. Porque hay ya demasiadas personas que dan por hecho que eso no es así.

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