Ya solo quedan unos meses para que entre en vigor una de las leyes más sensatas —y más incómodas— de los últimos años. Australia prohibirá el acceso a redes sociales a menores de 16. Sin paños calientes. Sin matices. Nada de “control parental”, ni filtros, ni tutoriales para educar en el buen uso. Prohibido. Directamente.
La ley se aprobó en noviembre de 2024 y entrará en vigor este diciembre. Y, aunque algunos aún no se han enterado, lo que han hecho es histórico: por fin un país se atreve a cortar de raíz la adicción masiva a la dopamina que lleva años enganchando a críos de 10 años con la excusa de “la libertad digital”.
¿Autoritario? Puede ser. ¿Necesario? Completamente.
Llevamos años haciendo como que no pasa nada. Que los niños estén enganchados a TikTok viendo vídeos basura, que normalicen el odio digital como parte del recreo virtual, que tengan ansiedad con 13 años porque no tienen suficientes likes… todo eso se tapa con un “bueno, es que hay que educar en el uso responsable”. Claro. Como si un crío de 11 años con el cerebro en obras fuese capaz de “usar responsablemente” una máquina diseñada para dispararle descargas de dopamina cada cinco segundos.
Porque de eso va todo esto: dopamina. El chute químico que el cerebro recibe cada vez que llega un like, un comentario, un nuevo seguidor, un vídeo que “te representa”. Un sistema de recompensa constante que empieza a moldear el cerebro de un niño desde que tiene edad para sostener un móvil. ¿Y luego nos sorprendemos de que no puedan concentrarse, de que todo les aburra, de que necesiten estimulación constante?
Australia ha sido la primera en decir: hasta aquí. Y por mucho que la medida sea imperfecta, por muchas trampas que le encuentren los listillos de siempre, el mensaje es claro: hay límites. Porque un menor no está en condiciones de autorregularse. Porque los padres no pueden estar 24/7 auditando cada notificación. Y porque esperar que un adolescente entienda las implicaciones de pasarse horas scrolling es como esperar que un niño deje de comer azúcar por decisión propia.
Las redes sociales no son herramientas neutras. Son negocios diseñados para engancharte. Y nadie es más fácil de enganchar que un menor con el botón de la dopamina en automático. Pero claro, en vez de legislar, preferimos repetir mantras vacíos: “cada familia es un mundo”, “la clave está en educar”, “no hay que prohibir, hay que acompañar”. Mientras tanto, tenemos una generación cuyo desarrollo social, emocional, y educativo, se está cimentando sobre likes, filtros, comparaciones constantes y validación instantánea.
Australia ha dicho basta. Y lo ha hecho desde el poder público, que para eso está. Para poner normas cuando el riesgo supera con creces la supuesta libertad de elección. Igual que nadie puede vender tabaco a un niño, tampoco debería ser legal permitirle engancharse a una red social a los 11 años.
Ojalá otros tomen nota. Porque si seguimos mirando hacia otro lado, esperando que el mercado se autorregule y que los chavales maduren solos, lo único que vamos a conseguir es llegar tarde. Y cuando llegas tarde con un cerebro en desarrollo, no hay vuelta atrás.
Así que sí: prohibir el acceso a redes a los menores de 16 no es fascismo, es salud mental.