La tragedia de Adamuz, como todas las tragedias, trae bajo los pliegues de su horror el desasosiego de la vulnerabilidad humana. A estas alturas ya tenemos caras, nombres, historias tan típicas y normales de fines de semanas, de personas tan personas como cualquiera de nosotros, que iban, que venían, que vivían sin saber que todo se iba a acabar. Hay testimonios de los supervivientes que congelan aún más la sangre, y está la impotencia y la angustia de todos aquellos que tenían a alguien en esos trenes que descarrilaron.
Desde los primeros compases de esta ruina hay quien se apresuró a calificar de extraño el drama. Resulta muy significativo como nos hemos congratulado todos al ver cómo nuestros políticos se han comportado como personas cabales, como servidores públicos decentes. Hemos puesto el listón de la ejemplaridad muy bajo, hasta el punto de ver como algo extraordinario que nuestros políticos estén donde tienen que estar. Juanma Moreno y su equipo, con Antonio Sanz a la cabeza, ejercitaron de manera eficiente sus reflejos y mantuvieron desde que todo empezó el perfil institucional y de colaboración leal que el episodio exigía. También lo estuvo Óscar Puente, que desde las primeras horas se trasladó al puesto de mando de ADIF.
La postura y la conducta del ministro de Transportes, esta vez sí, disiente, por ejemplo, con aquella otra que mantuvo con los incendios de este verano, en los que actuó como un burdo pandillero de las redes sociales, apresurándose a hacer política de la más baja estofa sin ni siquiera saber las consecuencias reales del fuego. Ahora, por lo que sea, es mucho más prudente e invoca la cautela. Sin duda es lo suyo, pero debería ser norma siempre, no solo cuando la catástrofe afecta y apunta directamente a sus competencias. Si atendemos al archivo, el propio Óscar Puente del pasado más inmediato ya se habría lanzado a cuchillo a la yugular del Óscar Puente del presente.
El tren vive el mejor momento de su historia
Es más, todos tenemos claro los recursos que hubiera utilizado. En primer lugar, habría rescatado sus desbarres del pasado en otros dramas, y se habría acusado del doble rasero. Sin duda habría redactado varios tuits en los que recordaría a la opinión pública que su antecesor en el cargo, acusado de convertir ADIF y RENFE en un cortijo de enchufados, de haberlo vaciado de técnicos para poner a amigas íntimas, duerme en la cárcel de Soto del Real. Y que ese anterior ministro de Fomento comparte módulo con un tipo llamado Koldo, cuya preparación es nula, que estuvo sentado en el Consejo de Administración de RENFE. También habría citado una información periodística en la que se revela que ese aizcolari estuvo a sueldo de una empresa sin mucho recorrido llamada AZVI, que lo tenía en nómina para conseguir contratos, y que una de esas adjudicaciones que consiguió fue la de ese tramo en el que se encuentra Adamuz.
Lo habría hecho tras ver como en las primeras horas de investigación se iban descartando tanto el error humano del maquinista, como el fallo del tren, que había pasado por taller hace pocos días. Quedando, pues, el mal estado de la vía como previsible causante del descarrilamiento, no hubiese tardado en tirar de hemeroteca para airear declaraciones tan definitivas como aquellas en las que él mismo decía muy arrogado que el tren en España pasa por el mejor momento de su historia.
A esto, lo más probable es que hubiese añadido los testimonios de muchos españoles que venían desde hace años alertando de la degradación en el servicio. Por último, habría sacado a pasear las informaciones que apuntan a que había hasta ocho incidencias registradas por los propios maquinistas después de que la vía se revisase. Y para rematar, pondría en duda eso que dijo el presidente del Gobierno de que vamos a dar con la verdad, y pondría de ejemplo ese Apagón de abril, del que todavía no sabemos nada y por el que aún nadie ha asumido responsabilidades.
Ya actuará la Justicia
Contra todos los que saliesen a criticar su comportamiento, a decirle que no era el momento de eso, comentaría que sí, que claro que es el momento. Que los errores de los malos gestores matan, que lo personal es político, que su manera de obrar no falta al respeto y la memoria de las víctimas, al revés, las dignifica, porque va contra todos esos que han permitido con su incompetencia que esto pasara.
Pero claro, ese manual de instrucciones de la propaganda más rastrera no sirve ahora. En estos momentos lo que toca es mantener la calma y la sensatez, ir con pausa y andarse con mucho cuidado de lanzar cualquier teoría y acusación. Lo que toca es colaborar, cooperar y mirar por todas las víctimas de este brutal suceso. Ya actuará la Justicia. Estoy muy de acuerdo. No saben cómo celebro este extraño comportamiento. Ojalá siempre fuera así.



