Escribo estas líneas desde España, pero con el corazón inevitablemente anclado en Venezuela. Como tantos venezolanos que vivimos fuera, sigo lo que está ocurriendo estos días con una mezcla de emociones difícil de ordenar: alegría, alivio, esperanza… y, al mismo tiempo, miedo, inquietud y una profunda sensación de vértigo ante lo que puede venir después.
No puedo negar que siento esperanza al pensar que existe, por primera vez en mucho tiempo, la posibilidad real de que mi país empiece a recuperarse. Pensar en Venezuela reconstruyéndose —sobre ruinas, sí, pero con dignidad— me conmueve profundamente. Me vienen a la cabeza los millones de compatriotas que huyeron dejando atrás su vida, sus familias, sus casas, su identidad. Personas que no se fueron por ambición, sino por pura supervivencia. Gente que empezó de cero en países ajenos, cargando con el duelo silencioso de haber sido expulsados de su propio país.

Pero esa esperanza convive con una angustia muy real. Porque una cosa es que un régimen caiga, y otra muy distinta es saber qué viene después. ¿Cómo será la transición? ¿Quién tomará decisiones clave? ¿Qué significa realmente que Donald Trump marque el ritmo de esta nueva etapa? Estas preguntas no son retóricas; son inquietudes legítimas que compartimos muchos venezolanos dentro y fuera del país.
Desde un punto de vista estratégico —y dejando por un momento la emoción a un lado— creo que Trump ha realizado una jugada políticamente muy rentable. Ha derribado lo que durante años fue la punta del iceberg: Nicolás Maduro. Con ello, no solo lanza un mensaje interno, sino uno mucho más amplio al resto del mundo: “Puedo hacerlo, y puedo volver a hacerlo”. Especialmente a aquellos países y actores internacionales que durante años se beneficiaron del narcogobierno venezolano, mirando hacia otro lado a cambio de favores, recursos o influencia.

Si tuviera que explicarlo con una metáfora, recurriría al ajedrez. Lo ocurrido se parece mucho al gambito de dama: una jugada en la que se sacrifica una pieza no como fin, sino como medio para dominar el tablero. Esto no va solo de Maduro. Va de desestabilizar un entramado más amplio: redes de poder, apoyos internacionales, flujos económicos, intereses geopolíticos y mensajes dirigidos a otros líderes del mundo. Como en el gambito, la pieza sacrificada no es el objetivo final. Es el comienzo de una partida mucho más compleja.
Maduro, en este contexto, es solo una pieza. No es la estructura completa de corrupción y poder que ha asfixiado a Venezuela durante años. Y por eso surgen preguntas incómodas, pero necesarias: ¿quién lo entregó?, ¿qué acuerdos se han cerrado para facilitar su caída?, ¿qué precio se ha pagado —o se pagará— por ello? Quien solo ve al “peón” cree que todo ha terminado. Quien observa el tablero completo sabe que la partida real empieza ahora.
También me inquieta la firmeza con la que Trump condiciona la ayuda y la cooperación internacional, alineándolas con sus propias prioridades políticas y económicas, especialmente con el foco puesto en el petróleo venezolano. Entiendo la lógica del poder, pero no puedo evitar preguntarme qué margen real tendrá Venezuela para decidir su propio futuro sin volver a caer en nuevas dependencias.

Y aun así —y esto es lo más humano de todo— cuando pienso con el corazón, me alegra profundamente que Maduro ya no esté en el poder. Han sido demasiados años de sufrimiento, pobreza, exilio y desesperanza. Tal vez sea ingenua, pero después de tanto dolor, permitirse sentir alivio no debería ser un pecado.
La realidad, sin embargo, es dura. Venezuela ha perdido gran parte de su infraestructura industrial y de su talento humano. Tiene una riqueza inmensa, pero hoy no puede generar bienestar ni estabilidad por sí sola. Necesita ayuda internacional, especialmente en gestión, gobernanza y reconstrucción institucional. Y no tengo claro que exista, en este momento, una figura capaz de liderar ese proceso con firmeza, legitimidad, respeto y apoyos suficientes.
Quiero ser positiva. Quiero imaginar una Venezuela libre, reconstruyéndose con la fuerza, el empeño y el amor de tantos venezolanos que sueñan con volver. Yo misma llevo más de veinte años sin pisar mi país. Y cuando pienso en el futuro, solo deseo poder regresar con mis hijos para que conozcan mis raíces, para que entiendan de dónde vengo y por qué Venezuela duele tanto.
Amo profundamente a mi país. Y nada me gustaría más que verlo de nuevo próspero, amable, generoso y alegre. Ojalá Venezuela pueda convertirse, algún día, en un ejemplo de reconstrucción y esperanza para otros países que hoy también están atrapados en el dolor y la miseria.
Ojalá esta vez, de verdad, la historia empiece a escribirse de otra manera.


