Pedro Sánchez salió el lunes a las nueve de la mañana para anunciar desde La Moncloa la disolución de las Cortes y la convocatoria de elecciones generales para el próximo 29 de noviembre. La noticia llegaba después de una legislatura marcada en su tramo final por las dificultades para articular mayorías y, de manera inmediata, por el rechazo parlamentario de los dos decretos sobre vivienda. Para Carolina San Miguel, consultora en marca personal política y autora de Marca personal para políticos sobresalientes, la primera señal aparece incluso antes de que Sánchez abra la boca: la indumentaria.

San Miguel se fija en la elección de un traje gris frente al azul con el que habitualmente se asocia la imagen presidencial. “Acostumbrados a verle con traje azul, la elección del gris produce un efecto diferente: menos rotundo y más apagado. No significa tristeza ni derrota, pero sí encaja con una comparecencia en la que no se anuncia un logro, sino el final anticipado de una legislatura, que él hace solo una semana hubiera negado en rotundo realizar”.
La corbata azul también parece reforzar el carácter institucional del momento. “Está anunciando elecciones, pero todavía no se presenta visualmente como candidato. No hay euforia ni sensación de victoria, ya que, no ve horizonte positivo en el camino, pero cree que ahora se ha generado o más bien provocado una ventana de oportunidad”. El dirigente controla el texto, el espacio y el tiempo de la intervención.
Un rostro poco electoral
San Miguel encuentra una segunda discrepancia en el rostro. El discurso y el gesto fácil no avanzan a la misma velocidad. “Sea por maquillaje, iluminación o simplemente por las circunstancias, aparece más cansado y severo de lo habitual. Hay pocas sonrisas, comprime los labios en determinados momentos y, cuando intenta introducir una expresión positiva, el rostro no siempre acompaña completamente al discurso. Las palabras quieren transmitir futuro y oportunidad; la expresión transmite tensión y gravedad”.

También resulta significativa la mirada. “Cuando mira directamente a cámara recupera autoridad; cuando la baja, aparece una imagen más vulnerable, porque no está convencido de lo que dice, creo que este ha sido su discurso más complicado, porque él no quiere convocar elecciones, pero no ve muchas salidas”.
La comunicación no verbal desaconseja traducir mecánicamente un gesto aislado en una emoción concreta. Lo que sí puede analizarse es la congruencia entre los diferentes canales del mensaje. Sánchez habla de futuro, de recuperar una mayoría más amplia y de volver a ganar, pero mantiene durante buena parte del discurso una expresión facial contenida. La discordancia es evidente.
Las manos cuentan su propia historia
Donde el análisis de San Miguel resulta especialmente expresivo es en las manos. Durante la parte de la intervención dedicada a las dificultades encontradas durante la legislatura, Sánchez tiende a llevar los gestos hacia el exterior. Cuando pasa a reivindicar avances y logros, los movimientos regresan hacia su propio espacio o se proyectan hacia delante. “Lo negativo se externaliza; lo positivo se hace propio”, interpreta la experta. Las manos se vuelven elocuentes. Lo exterior queda a los lados. Los logros vuelven hacia él. Y cuando empieza a hablar de avance, futuro y construcción, el gesto se proyecta hacia delante. “Sale su versión más egocéntrica”.
Existe además un momento en el que cambia no solo la gestualidad, sino el destinatario. Hasta el anuncio electoral, Sánchez explica lo que el Gobierno ha hecho y las dificultades que ha encontrado. Después, el discurso desplaza la responsabilidad hacia los ciudadanos. Aparece el votante y en ese instante el presidente empieza realmente a transformarse en candidato.
El problema, desde el punto de vista de la comunicación, es que las palabras entran en campaña con mayor rapidez que la expresión. San Miguel encuentra ahí “la mayor contradicción de toda la comparecencia”. Sánchez habla de “futuro, transformación y una nueva etapa” con un traje sobrio, un rostro serio, pocas sonrisas y una puesta en escena solemne. “Sus palabras intentan abrir una nueva etapa para ilusionar y generar más oportunidades; su imagen parece estar cerrando otra”, añade.

El final verbal de Sánchez es ya inequívocamente electoral. Promete “dejarse la piel”, recuperar la confianza y volver a ganar. Pero sigue siendo el presidente detrás del atril, un hombre que necesita presentar una elección anticipada como una oportunidad de futuro mientras escenifica la gravedad de su final.
San Miguel cierra su análisis recordando que podemos preparar minuciosamente las palabras y construir un relato, pero lo difícil es dominar todos los canales que intervienen en la percepción pública. “En comunicación no solo importa lo que quieres que los demás crean. También importa lo que realmente proyectas”. Este lunes, las palabras de Sánchez se precipitaron hacia la campaña, pero su cuerpo todavía estaba en La Moncloa.
Lo que se escapó de su guion
Eva García Ruiz, experta en comunicación no verbal y liderazgo, ha buscado las señales más pequeñas, “fugas no verbales” que aparecen cuando el control disminuye. La primera característica de la comparecencia es la simetría. Detecta movimientos muy controlados y pocas alteraciones faciales espontáneas. “Es señal de un discurso preparado. Conoce perfectamente el recorrido de la intervención y utiliza de manera consciente la modulación de la voz y las pausas”, indica.
“Ha elegido muy bien cada una de las palabras”, añade. También observa que las sonrisas aparecen en algunos pasajes mediante una elevación contenida de las comisuras, sin que siempre encuentre en el resto de la expresión facial la misma intensidad emocional.
García Ruiz ve que proyecta mayor seguridad cuando habla del crecimiento económico o del aumento del poder adquisitivo o del apoyo a Ucrania. Percibe, en cambio, señales distintas al entrar en vivienda, el asunto que precipitó la crisis parlamentaria. “En ese momento manipula los papeles con mayor frecuencia, fija más la mirada y termina el breve bloque dedicado a vivienda cerrando con fuerza la boca”.
Encuentra también un contraste entre la mención al apoyo a Ucrania y la referencia a la ONU. La primera afirmación aparece acompañada de una gestualidad más segura que la segunda. Y cuando plantea a los ciudadanos la posibilidad de elegir entre una mayoría progresista o “una derecha y una extrema derecha que involucionan”, las manos avanzan físicamente hacia delante. Para García Ruiz existe ahí una curiosa contradicción entre palabra y gesto: mientras verbalmente habla de retroceso, corporalmente ejecuta un movimiento de avance.
También se detiene en un pequeño cambio al hablar de España como “baluarte de responsabilidad medioambiental”. García Ruiz observa en ese punto “un parpadeo asimétrico, con mayor cierre del ojo derecho”, que ella interpreta como una señal de estrés o mayor tensión en ese momento concreto.
En la parte final abandona el registro institucional y se dirige directamente al elector mediante el “vosotros y vosotras”. Pide apoyo a una nueva mayoría progresista y transforma definitivamente la declaración presidencial en mensaje electoral. Sin embargo, García Ruiz ve lo contrario en el cuerpo: “El cuello prácticamente deja de moverse y aumenta la rigidez corporal”.
Para la experta existe una distancia entre la cercanía que busca el lenguaje y el control que mantiene la gestualidad. “Es un discurso no sentido, sino preparado”, resume. Cuanto más importante es el mensaje, mayor parece ser el esfuerzo por mantener cada elemento de la comunicación dentro del guion. “Al estar tan preparado, normalmente las fugas no verbales son menores, mucho más sutiles”, explica García Ruiz. De ahí que haya buscado detalles casi microscópicos, como una rotación de cabeza, el manejo de unos papeles, un parpadeo diferente o una rigidez repentina.

