El autismo, o Trastorno del Espectro Autista (TEA), es una condición del neurodesarrollo caracterizada por diferencias persistentes en la comunicación social y por patrones restrictivos o repetitivos de comportamiento, intereses o actividades, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Aunque algunas características pueden detectarse desde los primeros años de vida, el diagnóstico puede retrasarse, especialmente en perfiles sin discapacidad intelectual o con buen desarrollo del lenguaje.

En España, las estimaciones sitúan la prevalencia en torno al 1%, aunque algunos estudios sugieren que podría ser superior debido a infradiagnóstico, especialmente en mujeres.
La doctora Gloria López Sobrino Sobino, neuróloga infantil del Servicio de Neurología del Hospital Ruber Internacional, señala que, en estudios epidemiológicos previos a la unificación diagnóstica del DSM-5, este perfil podía representar aproximadamente entre el 15% y el 30% de los casos dentro del espectro. “El término Asperger se utiliza para describir un perfil frecuente dentro del espectro autista, caracterizado habitualmente por la ausencia de discapacidad intelectual, un desarrollo del lenguaje formalmente conservado, intereses muy intensos y una manera particular de interpretar las normas sociales implícitas. No obstante, se trata de un continuo, con una gran variabilidad entre personas”, explica la experta.
Un proceso diferente de la información
Las personas con perfil Asperger presentan un estilo cognitivo particular. Según la especialista, pueden mostrar diferencias en el procesamiento social y perceptivo, con mayor dificultad para integrar de manera automática convenciones sociales no explícitas. Es decir, algunos aspectos de la comunicación que la mayoría interpreta de forma intuitiva —como gestos sutiles, dobles sentidos, ironía o normas sociales implícitas— pueden requerir un procesamiento más consciente.

Al mismo tiempo, pueden destacar en áreas como la memoria, la atención al detalle o el razonamiento lógico. Este patrón no debe confundirse con menor afectación clínica. Muchas personas experimentan sufrimiento significativo debido a la incomprensión social, el aislamiento e incluso a la sobrecarga sensorial. Por ello, los expertos insisten en que no se trata de un trastorno “leve”, sino de una condición que requiere acompañamiento clínico, educativo y social adecuado.
Mitos frecuentes
Uno de los errores más extendidos es afirmar que las personas con Asperger carecen de empatía. “Las personas con Asperger no carecen de empatía. A veces tienen dificultades para interpretar las emociones de inmediato, pero sienten con gran intensidad y profundidad”, asegura la doctora.
Otro mito común es asociar siempre este perfil a talentos extraordinarios o capacidades sobresalientes. Aunque algunas personas presentan habilidades destacadas en áreas concretas, no es una característica universal. “Existen tantos perfiles como personas, y los estereotipos simplifican y distorsionan la realidad”, advierte la experta.

También es frecuente atribuir todos los síntomas al autismo. La ansiedad y el TDAH aparecen con frecuencia como comorbilidades y deben evaluarse y tratarse de forma independiente. La clave, según la doctora, es combinar un tratamiento mediante psicoeducación, ajustes del entorno y, en ciertos casos, tratamiento farmacológico.
Claves para comprender el Asperger
Los especialistas resumen varios puntos clave para entender este perfil: forma parte del espectro autista sin discapacidad intelectual, las dificultades sociales son el núcleo diagnóstico, predomina un estilo cognitivo lógico y sistemático, existen intereses intensos y muy focalizados, la sensibilidad sensorial es habitual, se necesitan apoyos individualizados, y el diagnóstico temprano mejora el bienestar a lo largo de la vida.
“El objetivo no es cambiar quiénes son, sino acompañarlos para que puedan desarrollar plenamente su potencial en un mundo que a menudo no está preparado para comprender su forma de pensar y relacionarse”, finaliza la doctora.
El verdadero reto no es solo diagnóstico, sino social. Muchas de las dificultades aparecen cuando el entorno no se adapta a la diversidad neurológica. Reducir esa brecha es una responsabilidad colectiva.
