Almudena nos escribe sorprendida después de un lunes de puente: su hijo de diez años invitó a unos amigos a pasar el día en casa, bajaron al parque de enfrente, se compraron unas patatas y subieron de nuevo, como quien hace la cosa más normal del mundo. Lo raro vino después, cuando varias madres le preguntaron, casi con incredulidad, si de verdad habían bajado solos. Almudena confirmó que sí. Eran seis niños. Cinco de ellos no habían salido solos a la calle en toda su vida, con diez años.
Nos escribe con una pregunta que no es solo suya: qué está ocurriendo para que los niños ya no puedan ir solos a ningún lado, para que las familias vivamos la calle como un territorio hostil. Y quiere saber si ella, que deja a su hijo bajar al parque o ir a la panadería desde los nueve años, siempre en horas tranquilas, es la equivocada. Si es, como alguna madre le insinuó, una temeraria.
Almudena, te felicito. No eres tú la que está fuera de lugar.
Francesco Tonucci lo escribió en los años noventa en La ciudad de los niños: la calle pertenece también a la infancia, y una ciudad pensada para que un niño pueda moverse solo por ella es, sencillamente, una ciudad mejor para todos. Treinta años después, los niños solos han desaparecido casi por completo de nuestras calles. Y lo paradójico es que las calles, en este tiempo, no se han vuelto más peligrosas. Se han vuelto más seguras. Lo que ha cambiado no es el mundo, es nuestra percepción de él. Vivimos como si todo fuera amenaza, cuando los datos nos dicen justo lo contrario. Y ahí cabe preguntarse, como sociedad, qué nos está pasando para tener cada vez más miedo de algo que, objetivamente, da menos motivos para tenerlo.
Porque la calle, la de verdad, la que se camina sin una mano adulta sujetando la nuestra, enseña cosas que no se enseñan de ninguna otra manera. Ahí se aprende a orientarse, a reconocer el ritmo de un barrio, a distinguir un ruido cualquiera de uno que merece atención, a cruzar con cabeza. Ahí se construyen los recursos que nos permiten caminar por el mundo desde la confianza, no desde la sospecha permanente. Y esa misma confianza, bien aprendida, es la que luego nos hace prudentes de verdad, no por miedo, sino por criterio propio.
Por eso tiene tanto sentido lo que cuenta Almudena de su hijo: primero acompañado, luego con pequeños recados cada vez un poco más lejos, hasta que la calle deja de ser un lugar ajeno y empieza a ser, también, suya. En ese camino hay algo que ningún adulto puede hacer por el niño: equivocarse sin que nadie lo esté mirando. Darse cuenta de que no lleva suelto para el pan, o de que la panadería está cerrada, y tener que resolverlo. Sentir, por un rato, que el mundo no es solo un lugar que atraviesa de la mano de otro, sino un lugar que también le pertenece. Esa capacidad de estar solo, bien entendida, no es un riesgo que corremos. Es un logro de su desarrollo.
Entiendo perfectamente el miedo de tantas familias, y es un miedo legítimo. Tiene una parte real, el tráfico, los desconocidos, y tiene otra parte que hemos ido heredando sin darnos cuenta, la de vivir permanentemente alerta por la cantidad de alarma que nos llega, por las noticias que escuchamos, por la sensación constante de que algo malo puede pasar en cualquier momento. No se trata de soltar a un hijo sin red. Se trata de retirar esa red poco a poco, en tramos cortos y conocidos antes que en recorridos largos, dejando que la confianza se construya paso a paso, igual que se construye cualquier otro aprendizaje.
Tampoco hace falta improvisar con la edad. Hacia los siete años, un niño ya tiene razonablemente desarrollada su orientación espacial, y hacia los diez suele manejar con soltura las normas básicas de tráfico, saber cruzar, mirar, esperar. Son edades orientativas, no un calendario fijo, pero confirman algo que como madres y padres a veces nos cuesta creer: nuestros hijos están mucho más preparados de lo que tememos. Lo que les falta no es madurez, es oportunidad. Oportunidad de practicar, de equivocarse en pequeño, de ir ensanchando ese radio de acción poco a poco, primero con nosotros al lado y después un poco más allá, hasta que ese trayecto conocido se convierta en terreno propio.
La calle también educa. Un niño que nunca ha tenido que valerse por sí mismo en un espacio pequeño fuera de casa difícilmente va a sentir, de mayor, que ese espacio, el barrio, la ciudad, el mundo, también es suyo. Devolverles la calle, aunque sea en dosis pequeñas, es devolverles algo mucho más importante que un paseo hasta el parque: la certeza de que son capaces, y de que el mundo, de verdad, también les pertenece a ellos.

