La vida “normal” que el Estado niega a la licenciada Marina

Una joven lleva años esperando a que le asignen la plaza de una oposición que aprobó en 2022

marina mujer con discapacidad en madrid

Marina, sigue esperando que le asignen su plaza Cano

Marina Pérez de Lema podría dar conferencias sobre mitología noruega. Es una de sus especialidades. No es la única. Te puede enterrar en datos sobre la cultura azteca y es una apasionada egiptóloga. Lectora empedernida, apasionada de la historia, estudiante de inglés, hija, hermana, novia. Marina es muchas cosas y, además, tiene una discapacidad intelectual del 47 por ciento.

Nada ha sido fácil en la vida de esta joven madrileña, de 24 años, aunque ella lo narre como si hubiera sido un paseo. Cuenta su madre, que también se llama Marina, que cuando era un bebé se dio cuenta de que agarraba las cosas y gateaba distinto. Le diagnosticaron el síndrome de West, la trataron y lo superó. El primer galón

Es la mayor de cuatro hermanas de las que se le llena la boca al hablar y, aunque fue a un colegio especial, Marina ha buscado siempre la normalidad y su independencia. Iba a clase en metro, por ejemplo, y ahora se ha apuntado a la autoescuela. Por eso, al terminar su módulo de Formación Profesional, necesitaba un plan de vida, un proyecto de futuro; y como había hecho las prácticas en el Museo de América, y lo había disfrutado, opositar a la Administración del Estado parecía una buena salida profesional.

Marina, en Madrid

Porque Marina tiene una memoria que apabulla. Es capaz de recitar de memoria la Constitución con la misma facilidad que acierta las definiciones del rosco de “Pasapalabra”. En cambio, luego puede volver del supermercado y no saber cuánto le han costado unos macarrones o adivinar las intenciones de un desconocido. Pero como ella misma explica, “mi discapacidad me afecta a la atención. No me afecta en más aspectos”.

Así que Marina se apuntó a varios cursos de preparación de oposiciones y se dedicó por completo a esta actividad. Su madre, su fiel escudera, dejó su trabajo y se centró en acompañar a su hija en este viaje. Llegaron, incluso, a recluirse en Rascafría donde cumplían un horario endiablado. Se despertaban a las 08:00 y se ponían a estudiar. Paraban para el aperitivo, seguían, descansaban a la hora de comer y por la tarde, tras un paseo por el campo, seguían en la brecha. Hicieron miles de test, repasaron el temario, conceptos, todo lo necesario hasta que Marina estuvo lista.

Pero llegó la pandemia y arrasó con sus planes iniciales. Un pequeño bache que no hizo mella en su empeño. Incluso, mientras esperaba su convocatoria, llegó a presentarse a una oposición no específica para personas con discapacidad. Y aprobó. Pero su puntuación no le aseguró plaza, pero le dio seguridad. Y por fin llegó el día. Fue el 19 de diciembre de 2022. Había nervios, pero Marina, una mujer segura de sí misma, entró al examen y salió a los diez minutos. Pensaron que le habían podido la presión, pero ella, estaba tranquila. Sacó un diez. Eso le aseguraba una plaza de las 97 ofertadas.

Después, se le tenían que sumar los méritos. Y ahí Marina iba justa. Sus prácticas en el museo le sumaron dos puntos. Un 102 que coincidía con el de varios compañeros, así que Marina quiso desempatar y para eso tenía que volver a presentarse. Estas pasadas Navidades se las pasó estudiando y repitió el examen el 14 de enero de 2024. Tuvo un 96. Y aunque no pudo mejorar, su 102 se mantenía intacto.

En cualquier caso, desde diciembre del 2022, lleva esperando a que le asignen su plaza. Y eso sin contar que la pandemia pospuso la primera intentona. Hace unas semanas salieron las listas de puestos, todavía le quedan unos meses hasta que le asignen la plaza.  Pero en estos años la vida de Marina se ha parado. Todos los planes, todos sus proyectos están a la espera de que el Estado le recompense ese esfuerzo que tanto sacrificio le ha costado. Tenía pensado, con un poco de ayuda familiar, comprarse un piso que pueda ir pagando con su sueldo. También está en sus planes prepararse para el acceso a la universidad para mayores de 25 y cumplir su sueño de estudiar Historia.

Porque Marina no puede estar sentada en casa esperando. Es superior a ella. Necesita motivaciones y le obsesiona ampliar sus conocimientos. De momento, sigue preparándose las oposiciones que aprobó, casi como hobby y para no oxidarse. Y le ha dado una oportunidad al gimnasio y al inglés.

Una plaza que forma parte de ese 7% de las plazas de Empleo Público que ofrece la Administración del Estado y que se reservan para personas con discapacidad. El 2% para personas con discapacidad intelectual y el 5% restante para personas con cualquier tipo de discapacidad.

Cumplir sueños

Desde el Ministerio de Función Pública explican que el proceso selectivo de esta oposición ha tenido una demora inusual fundamentalmente por tres motivos: la especial complejidad que presenta la comprobación del requisito de discapacidad intelectual (requiere la consulta individualizada a las distintas CCAA donde residen las personas aspirantes), la valoración de la fase de concurso de la formación acreditada, y el hecho de presentarse un empate tras finalizar las fases de oposición y concurso, lo que obliga a realizar un nuevo examen.

A Marina esta demora le parece una ironía. Memorizar un temario donde se repite de forma constante la eficiencia y la rapidez y llevar años esperando a poder trabajar es doloroso para ella. “La administración no está siendo eficaz. Debería ser más rápida, deberían darse cuenta de que estamos aquí y de que queremos trabajar. Ponernos al servicio del Estado. Que abran los ojos y asuman la realidad. Somos personas reales. Que apliquen la teoría a la práctica”, explica.

Si le preguntan a Marina si considera que el sistema está pensado para personas con discapacidad ella lo tiene claro. “Desde mi punto de vista, no. El sistema no refleja a las personas con discapacidad como personas que pueden llevar una vida normal. Yo soy una persona con discapacidad y eso no impide que sea independiente, que pueda cumplir mis sueños, ni impide que pueda estudiar y opositar”.

Por eso pide sentirse más protegida y que le den voz. Sentirse aceptada y devolver a la sociedad lo que ella ha recibido, sobre todo, de su familia. “Me han ayudado, son mi apoyo y un ejemplo de igualdad. Estoy aprendiendo mucho de ellos”, cuenta. Así que mientras espera a que la Administración concluya el proceso de asignación de plazas, todos los días consulta la página de admitidos donde, algún día, verá la primera línea de su nueva vida. Esa que tanto le ha costado ganarse y a la que no le dejan acceder.

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