Cuando pensamos en la vida de una tripulante de cabina (TCP), suelen venir a la mente imágenes de mujeres con uniformes impecables, sonrisas perfectas y el encanto de despertar cada día en una ciudad diferente. Esa es la cara vista. Marta Muñiz, delegada sindical de UGT con 30 años de servicio, nos muestra la otra, sin duda mucho más compleja y exigente. “La gente cree que viajamos y descansamos, que es un trabajo lleno de glamour. Pero lo cierto es que implica un esfuerzo constante, tanto físico como emocional, que casi nunca se ve”, nos explica desde París.

Contactamos con ella a propósito de las negociaciones actuales para reclamar derechos laborales y mejoras en sus condiciones de trabajo. Una de las reivindicaciones es la jubilación anticipada sin penalización económica como trabajadores expuestos a la misma fatiga laboral que los pilotos, debido a la naturaleza de la profesión. Y no le faltan razones. Según estudios de la Universidad de Harvard, el índice de cáncer en mujeres TCP es un 1,5 % superior al resto de la población debido a la radiación cósmica y la falta de descanso biológico. También el elevado absentismo por bajas de larga duración en las tripulantes de mayor edad demuestra que el cuerpo tiene un límite: problemas cardiovasculares, óseos y patologías crónicas derivadas de décadas de presión en cabina. A esto se pueden sumar otros factores, como la alta incidencia de abortos espontáneos.
Una discriminación histórica
Aunque en 2025, un juzgado social de Tenerife falló a favor de una TCP reconociendo un coeficiente reductor que podría adelantar la jubilación varios años, el agravio sigue presente. “Los pilotos, los mecánicos y sanitarios aéreos tienen derecho a los coeficientes reductores que permiten adelantar el retiro. Después de la inclusión de la jubilación anticipada para personal sanitario, impulsada por una enmienda de Junts y respaldada por el Gobierno, somos el único colectivo sin ese derecho, a pesar de que sufrimos la misma exposición a radiación, los mismos cambios de presión o los mismos problemas de sueño”. Muñiz ve en ello una discriminación histórica. “No olvidemos que somos un sector mayoritariamente feminizado”.
Los días de Marta no tienen horarios fijos. Un vuelo puede salir a cualquier hora, y los husos horarios alteran sueño, alimentación y ritmos corporales. La disciplina para mantener la salud física y mental es clave, y a eso se suma un entrenamiento constante: seguridad, primeros auxilios, evacuación rápida, lucha contra incendios, manejo de situaciones de emergencia y gestión del bienestar de los pasajeros. A ello se suman habilidades de servicio al cliente, idiomas y protocolo internacional, cualidades que, según nos dice, a menudo llevan a ser confundidas con “camareras de vuelo”.
Durante el vuelo, Marta, igual que sus compañeras, camina durante horas por los estrechos pasillos del avión, atiende pasajeros con necesidades especiales, resuelve conflictos y mantiene la calma en turbulencias o emergencias médicas. “No es extraño que suframos alguna lesión en la espalda o una caída con rotura ósea”, apunta. El descanso es limitado, a veces solo 20 o 40 minutos en vuelos largos, y nunca se está realmente desconectada del trabajo.
Ella son glamurosas; ellos, profesionales técnicos
Aparte del esfuerzo físico, enfrenta la presión de estereotipos de género que persisten en la aviación. “Se espera que siempre sonríamos, que seamos amables, que mantengamos la apariencia perfecta y el maquillaje impecable… y todo mientras gestionamos la seguridad de 200 personas”, explica. Tradicionalmente, la cabina ha sido vista como un trabajo femenino de glamur, mientras que los pilotos son percibidos como profesionales técnicos. Desde los años 50, la industria promovió a las TCP como símbolos de belleza y elegancia, reforzando la idea de que su valor estaba más en la apariencia que en la habilidad profesional.

Esta carga extra de expectativas sociales y físicas hace que la penosidad de su trabajo sea, a veces, incluso mayor que la de sus colegas pilotos. Pasar días fuera de casa es la norma. Las relaciones personales se vuelven un desafío. “Nos perdemos cumpleaños, reuniones familiares y momentos cotidianos”. Para Marta, la cabina se convierte en un hogar temporal y los compañeros de vuelo en familia. La movilidad constante también significa que los lugares que visitan se disfruten de manera fugaz. Una ciudad que podría ser un sueño turístico se convierte en solo unas horas de escala, con poco tiempo para descansar o explorar.
A pesar de la fatiga, el jet lag, el estereotipo y la discriminación, reconoce que es una profesión vocacional y con encanto. “No imagino una vida de oficina. Conocer culturas distintas, aprender idiomas y formar un vínculo fuerte con compañeros que entienden este estilo de vida es muy reconfortante. Pero esto no evita que exijamos que se reconozca el verdadero valor de nuestro trabajo. Se trata de seguridad, responsabilidad y sacrificio diario”.
