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¿Qué siente una madre o un padre cuando escucha las palabras infancia y pornografía en una misma frase?

La protección es necesaria. Los límites también. Pero la confianza lo es igualmente

La respuesta suele ser inmediata. Miedo. Un miedo profundo, difícil de describir, que activa todos los mecanismos de protección. Durante unos segundos aparecen imágenes, escenarios y preguntas que nadie quiere hacerse. Y entonces surge un deseo compartido por cualquier familia: que nuestros hijos nunca tengan que enfrentarse a eso.

Pero vivimos en una realidad distinta a la que conocimos nosotros. Las imágenes circulan a una velocidad imposible de controlar y los dispositivos digitales forman parte de la vida cotidiana de muchos niños. A veces, el acceso a determinados contenidos ocurre antes de que exista la madurez emocional necesaria para comprenderlos.

Lo que resulta más difícil de gestionar no es solo el riesgo en sí, sino la sensación de estar constantemente expuestos a información alarmante. Estudios, estadísticas, expertos, titulares. Todo parece recordarnos que debemos estar alerta. Y aunque la información es necesaria, también puede acabar ocupando demasiado espacio en nuestra mente.

Porque el miedo forma parte de la crianza. Desde que nace un hijo, el miedo encuentra múltiples formas de presentarse. Tememos que se haga daño, que sufra, que se equivoque, que alguien le haga daño. La preocupación es inseparable del amor. Sin embargo, cuando el miedo se convierte en el único filtro desde el que miramos la realidad, corremos el riesgo de perder algo importante.

Hace unos días, Silvia me enviaba una pregunta que seguramente representa a muchas familias. ¿Cómo podemos convivir con toda esta información sin sentirnos invadidos por ella? ¿Cómo ayudar a nuestros hijos sin vivir atrapados por la angustia? ¿Cómo encontrar el equilibrio?

Le agradezco profundamente la pregunta porque señala uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: qué hacer con todo lo que sabemos.

Los expertos recomiendan hablar con los niños sobre el origen de la vida alrededor de los ocho o nueve años. Hacerlo desde el afecto, desde los vínculos, desde el lenguaje que pueden comprender. No por ocultar nada ni por convertir ciertos temas en tabú, sino por respeto a los tiempos de maduración emocional propios de la infancia.

Y, sin embargo, algunas investigaciones alertan de que el acceso a la pornografía puede producirse precisamente a esas edades. El contraste resulta inquietante. Pasar de una conversación sobre el nacimiento de los niños al universo de la pornografía supone un salto enorme para cualquier mente infantil.

Y aquí aparece una pregunta inevitable: ¿qué nos está pasando como sociedad?

No tengo una respuesta definitiva, pero sí una convicción. En el desarrollo psicológico de los niños suele ser más prudente adelantarse poco que adelantarse demasiado. Los límites ofrecen seguridad. La infancia necesita conservar espacios simbólicos propios. Necesita tiempo para preguntarse, para imaginar, para descubrir. No tenemos la obligación de explicarlo todo antes de tiempo.

Fortalecer la infancia también significa proteger sus ritmos. Enseñar el valor de la intimidad. Respetar el cuerpo propio y el de los demás. Acompañar sin invadir.

Pero existe otra realidad igual de importante que a veces olvidamos cuando hablamos de riesgos. Los niños no son solo vulnerabilidad. También son fuerza.

La psicología lleva décadas recordándonos esa extraordinaria energía que impulsa el crecimiento, el descubrimiento y el deseo de vivir. Freud la llamó pulsión de vida, Eros. Es la tendencia natural a crear, aprender, vincularse y avanzar. En la infancia y la adolescencia esa fuerza se manifiesta con una intensidad extraordinaria.

Por eso debemos ser cuidadosos. Si el miedo lo ocupa todo, esa energía puede quedar atrapada. Cuando educamos como si nuestros hijos fueran demasiado frágiles para enfrentarse al mundo, corremos el riesgo de debilitarlos. Fragilizar a un niño desde el miedo es, en cierto modo, cortarle las alas a esa fuerza vital que necesita desplegarse para crecer.

La protección es necesaria. Los límites también. Pero la confianza lo es igualmente.

Por eso, Silvia, además de estar atentos, nos queda confiar. Confiar en nuestros hijos y confiar también en nosotros mismos. Nuestros padres afrontaron desafíos distintos y, de una manera u otra, nos ayudaron a crecer. Como hijos que fuimos, también aprendimos de ellos.

Busquemos el equilibrio. Seamos referentes honestos. No temamos la curiosidad de nuestros hijos, porque la curiosidad es una expresión saludable de la vida. La imagen puede impactar, pero la palabra puede reparar. La conversación sigue siendo una de las herramientas más poderosas que tenemos como padres.

Al final, la mejor manera de proteger a nuestros hijos no es llenar su camino de miedo, sino ayudarles a desarrollar la fortaleza, la confianza y la alegría necesarias para recorrerlo con seguridad.