“El día que empecé a tener miedo de mi hijo”

El reciente asesinato de una mujer a manos de su hijo en Tenerife ha sacudido a toda España y ha puesto el foco en una violencia de la que se habla poco: la ejercida por hijos hacia sus propias madres....

Cuando le tienes miedo a tu hijo
KiloyCuarto

El reciente asesinato de una mujer a manos de su hijo en Tenerife ha sacudido a toda España y ha puesto el foco en una violencia de la que se habla poco: la ejercida por hijos hacia sus propias madres. Mientras la investigación avanza en ese caso, hay otras mujeres que siguen vivas, pero atrapadas en el silencio, el miedo y la necesidad de protección extrema. Una de ellas es Candela, nombre ficticio para preservar su identidad y su seguridad.

Candela accede a contar su historia desde un lugar protegido. Su voz tiembla en algunos momentos, se entrecorta en otros. El dolor no es solo pasado; es presente. El temor a su hijo, a su expareja y a las consecuencias de hablar sigue siendo una sombra constante. Aun así, ha decidido romper el silencio para que su testimonio sirva de advertencia y conciencia.

“Me resulta muy difícil hablar de ello porque hoy es el cumpleaños de él, es mellizo de otra niña”, explica, dejando claro que incluso el calendario es un recordatorio emocionalmente devastador. Candela nos cuenta su historia el mismo día en el que uno de sus hijos nació de su propio vientre, y hoy, no es capaz de reconocer.

“Era muy cariñoso, detallista y muy amoroso desde pequeño”, recuerda sobre su hijo. “Pero su padre desde el inicio de la relación empezó con el maltrato. De hecho, dejé la relación hasta en dos ocasiones, pero acababa volviendo con él por mis hijos. Mi expareja cada día trataba de poner a mis niños en mi contra, hasta que finalmente parece que lo consiguió con uno de ellos”.

Su relato mezcla violencia psicológica, manipulación familiar, insultos, amenazas y un episodio de agresión física directa. Durante años, Candela vivió bajo un clima de desprecio y control, marcado por la figura de su marido, con quien aún no ha completado el proceso de divorcio, y por la influencia que este ejercía sobre su hijo.

“Su padre le ha manipulado hasta el último momento; como veía que ya casi al final no salía ni siquiera de casa para evitar los malos tratos, o que me insultara o me manipulara mentalmente, acabó echándome de casa”, relata.

Candela explica que su salida del hogar estuvo rodeada de acusaciones falsas, humillaciones y una presión social intensa dentro de su entorno cultural. “Yo salgo de mi casa porque según mi expareja dice que tenía un querido, siendo mentira, obvio, porque estoy en una casa de acogida, y es algo completamente inviable”, afirma.

La situación se agravó cuando regresó a casa de sus padres buscando refugio. “Yo me voy a la casa de mis padres; soy de etnia gitana que creo que importante mencionar, por lo que sucede”. Su expareja conoce perfectamente los pilares y valores de sus padres y familiares, todos criados en el seno de una familia gitana, y sabe cómo generar dolor. “Empieza a amenazar a mi padre, insultándole y diciéndole que su hija era mujer adúltera, que era una marrana, que era una guarra”.

El peso del honor, la presión familiar y el temor a la violencia se cruzaron en un entorno ya cargado de conflicto. “Para nosotros lo peor es que una mujer tenga un querido, lo peor”. “En la etnia gitana, aunque sea tu familia, incluso tus propios hermanos, se pueden juntar y darte la paliza más grande del mundo”, explica, evidenciando cómo los factores culturales y sociales pueden agravar la vulnerabilidad.

A pesar de todo, Candela destaca el apoyo de sus padres: “Mis padres me acogieron con mucho cariño; me decía que incluso si me hubiera sacado de un prostíbulo, su cara era mía, que estaría a gusto como padre de acogerme como hija y cuidarme”.

Pero la amenaza no terminó ahí. Candela temía que el conflicto escalara entre su hijo y sus hermanos. “Yo veo que mis hermanos se enfrentan con él y yo no quiero vivir eso, no quiero, no quiero”, recuerda.

El momento más aterrador llegó cuando su hijo la llamó directamente. “Al día siguiente de estar en la casa de mis padres me llama mi hijo diciendo: ‘Mira lo que te digo, como te vea arreglarte y que salgas a la calle te pego el palizón más grande del mundo, te dejo estirada, puta guarra’”.

La violencia verbal fue tan extrema que Candela decidió cortar el contacto. “Me insultó de una manera que dije bueno vale, ha sido presa de su padre, si tú le crees a él, ya está”, afirma, explicando que cortó la relación de inmediato.

En su testimonio también emerge un episodio concreto de agresión física. Un día llegó a pegarla un guantazo dejándole todos los dedos marcados en la mejilla y sin ningún tipo de remordimiento. Subraya que fue un hecho puntual, pero suficiente para marcarla de por vida. “Es la única vez que ha ocurrido esa situación, pero tampoco necesitaba más”.

El caso de Tenerife ha hecho visible una realidad que muchas familias prefieren ocultar: la violencia filio-parental. Un tipo de maltrato que suele permanecer oculto por vergüenza, culpa o miedo al estigma. Las madres, en particular, tienden a justificar, minimizar o silenciar las agresiones por el vínculo afectivo, la esperanza de cambio o la presión social.

Candela vive hoy en un entorno protegido, con medidas de seguridad estrictas. Su vida es una mezcla de reconstrucción y alerta constante. No solo teme a su hijo; teme a las redes de influencia, a los rumores, a las represalias y al juicio social.

Mientras la sociedad debate sobre el crimen de Tenerife, el testimonio de Candela recuerda una verdad incómoda: no todos los casos terminan en muerte, pero muchos se viven como una condena silenciosa. Escuchar a las supervivientes es una forma de prevención, de justicia y de humanidad.

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