Son las cinco de la mañana. Todavía es de noche cuando suena el despertador en Huelva. La jornada empieza mucho antes de que salga el sol. Preparar mochila (teniendo en cuenta todas las prohibiciones que tú jefe ha marcado, como no poder utilizar manga corta a pesar de los cuarenta grados que marcará hoy el termómetro), buscar el coche compartido (si es que no te falla la persona con la que llegaste al acuerdo) y recorrer las carreteras secundarias que llegan a los invernaderos. Un día más.
A esa hora, los caminos están vacíos y el silencio es espeso. En los campos de Huelva, el trabajo comienza temprano, pero el miedo empieza muchos antes. “¿Quién me lleva hoy a la finca? ¿Es de confianza? ¿Estaré segura?”. La misma pregunta cada mañana. A veces un compañero, otras un desconocido que hace de “taxista”. Y el recorrido no sale gratis.
Para algunas el precio es dinero; otras veces, algo más. En estos caminos sin testigos, donde apenas pasa nadie, cualquier agresor sabe que tiene ventaja. Si ocurre algo, será difícil demostrarlo. Si se denuncia, más difícil aún que alguien crea la versión de su víctima.

“Algunas denuncian y no pueden volver a sus casas. Las repudian”
En los campos, la jornada termina cuando lo decide el encargado. Pero muchas temporeras saben que los riesgos a los que exponen no aparecen en ninguna nómina ni en ningún contrato (si es que los tienen). En los caminos sin testigos, en los coches compartidos, en los alojamientos aislados o dentro de las propias fincas, la violencia machista forma parte de un paisaje que rara vez queda registrado en cifras oficiales.
Solo algunas han denunciado esta violencia. Saben a lo que se exponen. El miedo a perder el trabajo, la dificultad con el idioma y la desconfianza hacia las instituciones silencia una realidad de la que Jornaleras de Huelva en Lucha es testigo cada año. “Algunas trabajadoras marroquíes venidas en contingente no vuelven a Marruecos. Las circunstancias pueden ser muchas: tal vez enferman gravemente; tal vez, de abuso en abuso, no logran ganar lo suficiente… algunas denuncian abusos sexuales en el trabajo y en sus casas las repudian y no pueden volver”, asegura Ana Pinto, fundadora de la organización, a Artículo 14.
Precariedad que facilita acoso y agresiones sexuales
La mayoría de las jornaleras son migrantes y trabajan por temporadas. Necesitan llevar dinero a casa. Poder dar de comer a sus hijos. Tener una vida digna, como es el deseo y el derecho de todas. Pero cuando termina la campaña de la fresa, empieza la del turismo, y después otra cosa. Enlazan empleos precarios como quien cruza puertas que giran sin detenerse nunca. Cambian de uniforme, de horario y de jefe, pero no de incertidumbre.

Y esta inestabilidad económica y el aislamiento el que se ven envueltas convierten la rutina laboral en un territorio de riesgo donde la violencia machista encuentra terreno fértil.
Decidas y unidas para luchar por los derechos de las trabajadoras, la organización Jornaleras en Lucha lleva años denunciando la precariedad y la opresión a la que se ven sometidas las temporeras en los campos de Huelva.
“La precariedad y el aislamiento convierten a muchas temporeras —en su mayoría mujeres migrantes— en especialmente vulnerables a abusos y agresiones sexuales”, insiste Pinto. “No son hechos aislados”, y los casos que sí salen a la luz demuestran el patrón.
Denuncias, año tras año, sin aparentes consecuencias
Solo en 2018 en una sola finca de Almonte, cuatro trabajadoras temporeras denunciaron a sus jefes por abuso y agresiones sexuales. Dos empresarios fueron detenidos, uno de ellos por violación. Ese mismo año, tan solo un mes antes, la fiscalía de Huelva remitía al Juzgado de Moguer las diligencias de investigación de otro caso contra otro empresario agrícola que habría agredido sexualmente a una temporera marroquí y acosado sexualmente a otras tres.

¿Saben lo que les ocurrió a ellos? Nada. Quedaron en libertad con cargos. Podían pasear libremente por las mismas fincas en las que habrían cometido, presuntamente, las violaciones. Volver a ordenar sobre las compañeras de las víctimas. Volver a agredir con total impunidad.
Al año siguiente, el 14 de junio de 2019, cuatro temporeras denunciaron a su jefe por acoso sexual también en Almonte. Un mes más tarde conocimos la decisión del Juzgado de Primera Instancia que se hizo cargo de la denuncia. El abogado del empresario denunciado alegó que las víctimas habían denunciado al empresario “para evitar su expulsión de España” y que todo “formaba parte de una maniobra”. Y el juzgado, en su auto, compró la versión del acusado: “No ha quedado acreditada la denuncia”.
De estas repugnantes sentencias, asegura Pinto, hay muchas más: “Ni 24 horas tardó el juez en archivar una denuncia similar hace un par de años, de una compañera marroquí víctima de abusos en Moguer por parte de su jefe. El juez argumentaba que la mujer tenía interés por quedarse aquí, por conseguir los papeles. No fue la primera y tampoco será la última vez que lo veamos. Hay una enorme discriminación”.
Vulnerabilidad como forma de control
Hace solo unas semanas, el pasado mes de enero, la Policía Nacional ha detenido, también en Huelva, a un encargado agrícola. Varias temporeras lo han denunciado por explotación sexual y laboral. Tanto el relato de las víctimas como el de la Policía Nacional coincide: el empresario utilizaba la situación administrativa irregular y la vulnerabilidad económica de sus empleadas para imponer condiciones laborales ilegales y cometer agresiones sexuales bajo amenazas constantes.

Ante el evidente problema al que nos enfrentamos somo sociedad (y aquí, querido lector, le incluyo también a usted) el Instituto de la Mujer ha decidido crear una “guía” práctica para que las aproximadamente 14.000 mujeres migrantes de Marruecos que trabajan en Huelva durante la campaña de frutos rojos sepan cuáles son sus derechos laborales y de qué manera pueden actuar en caso de sufrir cualquier tipo de violencia.
Desde el propio organismo reconocen que muchas desconocen sus derechos, lo que aumenta su vulnerabilidad frente a abusos y explotación.
Trabajar con miedo: otra forma de violencia machista contra las temporeras
Lo que ocurre en los campos de Huelva no es una suma de casos aislados: es el resultado de un sistema que combina precariedad laboral, aislamiento geográfico y dependencia económica.
Durante “mucho tiempo esas denuncias han sido ignoradas, descreditas y silenciadas”, lamentan desde la organización. Y mientras las temporeras dependan de transportes inseguros, contratos inestables y empleadores con un poder casi absoluto sobre sus condiciones de vida, la violencia seguirá formando parte de cada campaña.
Trabajar con miedo también es violencia machista. Y mientras no se garantice protección real a estas trabajadoras, la impunidad seguirá siendo parte del sistema.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.
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