Cuando la violencia no cesa tras el asesinato, el caso de Pamela Genini

La expareja de Genini la asesinó de 24 puñaladas en octubre. Esta semana se ha descubierto que se ha profanado su tumba y han desaparecido partes de su cuerpo, incluida la cabeza

Pamela Genini

Esta semana, el 29 de marzo de 2026, trabajadores del cementerio de Strozza, en la provincia de Bérgamo, detectaron una anomalía antes de proceder al traslado de un féretro. Los tornillos no estaban en su posición original. No era un desgaste ni un fallo técnico. Al abrir el ataúd, confirmaron la intervención: habían profanado el cadáver  de Pamela Genini. Y se habían sustraído partes de su cuerpo, entre ellos la cabeza.

El hallazgo no fue inmediato ni producto de una investigación previa. Se produjo en el curso de una tarea rutinaria. Ese detalle es relevante: no hubo aviso previo ni escena construida, sino un descubrimiento técnico que reveló una acción ya consumada. El féretro había sido forzado. Acceder a él exige herramientas, tiempo y manipulación de una estructura pesada. No es un gesto superficial. Las condiciones materiales apuntan a la participación de varias personas. La investigación se abrió a partir de ese momento para esclarecer la autoría.

Gianluca Soncin, la expareja de Genini, la asesinó de 24 puñaladas en octubre

Ese descubrimiento obliga a mirar atrás. El 14 de octubre de 2025, en Milán, Gianluca Soncin la asesinó en el interior de la vivienda tras una discusión. La atacó con un cuchillo y le asestó 24 puñaladas en una agresión sostenida. En los meses previos, ella había expresado miedo en su entorno. La noche del crimen, antes del ataque, realizó una llamada pidiendo ayuda en un contexto de peligro inmediato. No se ha detallado públicamente cómo se encadenan exactamente esos hechos, pero forman parte de la misma situación de riesgo. Tras el asesinato, fue detenido y el caso pasó a la vía judicial.

Una violencia simbólica

Ese era el marco conocido: una mujer que identifica el riesgo, lo comunica y su expareja la asesina. Un patrón documentado. Sin embargo, el hallazgo del 29 de marzo introduce un segundo nivel de violencia.

La intervención sobre el féretro no persigue ocultar el crimen. Ocurre cuando el asesinato ya ha sido investigado, el responsable está en prisión y el cuerpo ha sido enterrado. No hay urgencia ni necesidad de eliminar pruebas. Es otro tipo de violencia. La acción se dirige exclusivamente contra el cuerpo, contra los restos de Genini.

Tampoco es baladí lo sustraído. No desaparece un objeto del entorno ni un elemento secundario. Se actúa sobre el cuerpo y, de manera específica, sobre la cabeza. Ese punto no es intercambiable. La testa concentra el rostro, el reconocimiento, la posibilidad de identificar a una persona. Intervenir sobre ella implica alterar la identidad. Una violencia simbólica. No es solo una extracción física. Es una acción que desfigura, que impide una integridad completa, que afecta directamente a la forma en que ese cuerpo puede ser reconocido y despedido.

El hecho de que ocurra en un cementerio añade otra dimensión. Ese espacio funciona como límite. Es el lugar donde la violencia debería cesar. Donde el cuerpo queda fuera de cualquier intervención. La apertura del féretro rompe ese límite. Introduce la posibilidad de que ese espacio no sea inviolable.

Pamela Genini

La violencia no se detiene en el momento del asesinato

No se trata de un acto impulsivo. La manipulación del ataúd, el tiempo necesario y la selección de la parte sustraída indican una acción deliberada. No hay signos de desorden ni de destrucción indiscriminada. Hay intervención concreta sobre el cuerpo.

La secuencia completa permite entender el alcance. Primero, una mujer que expresa miedo y realiza una llamada de auxilio. Después, un asesinato con 24 puñaladas. Y, el 29 de marzo de 2026, la apertura del féretro con la desaparición de la cabeza.

El segundo hecho no es un añadido ni un episodio marginal. Desplaza el foco. La violencia no se detiene en el momento del asesinato. Continúa después, sobre el cuerpo ya enterrado. No se limita a quitar la vida. Interviene en la identidad, en el reconocimiento y en el espacio donde esa violencia debería haber terminado.

La profanación no amplifica el crimen anterior: lo redefine. Porque actúa cuando ya no hay defensa posible, cuando el cuerpo debería estar fuera de cualquier alcance. Y lo hace sobre la parte que concentra aquello que permite reconocer a una persona. Ahí se sitúa su gravedad