“Pocos hombres entienden que otro pueda maltratar a una mujer”

Juan Carlos, tras acompañar a su pareja, víctima de violencia de género, por el engranaje del sistema, reconoce que ha visto una realidad que nunca imaginó

Juan Carlos y su pareja se cogen de la mano
Juan Carlos y su pareja se cogen de la mano
KiloyCuarto

Juan Carlos sabía qué era la violencia de género. O, al menos, eso creía. Su idea estaba ligada a lo que muestran los informativos: un ataque grave, un asesinato y poco más. Pero Juan Carlos hoy sabe que la violencia muta, que tiene muchas formas y distintos actores. Nociones que la inmensa mayoría de la sociedad desconoce.

Porque hace ocho años comenzó una relación con una mujer maltratada. Reconoce que, cuando ella se lo contó, se asustó. Nunca había conocido a una víctima de violencia. Sin embargo, no sabía todo lo que se le venía encima. Pensó, ingenuo, que como se estaban divorciando, cuando todo se calmase, volvería a la normalidad. No es así como funciona la violencia de género.

Él ha vivido un despertar, el de conocer cómo opera un maltratador, cómo reacciona el sistema cuando una mujer pide ayuda, los comentarios de los supuestamente encargados de velar por la seguridad y los errores que se cometen desde el poder judicial.

La violencia que no conocía

Una de las primeras cosas que aprendió es que para seguir haciendo daño no siempre hace falta estar cerca. A veces basta con que quede un procedimiento abierto. Después llega otro, un recurso, una nueva denuncia o una contradenuncia. Los meses se convierten en años y la mujer que se ha separado continúa obligada a responder, declarar, aportar pruebas y volver una y otra vez al juzgado.

La odisea tras denunciar violencia de género
Juan Carlos ha conocido la odisea que supone denunciar violencia de género
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Y es precisamente en ese recorrido donde Juan Carlos descubre una forma de violencia de la que ni siquiera había oído hablar. “Jamás, nunca, no sabía lo que era”, responde cuando se le pregunta si conocía el término violencia institucional. “En cualquier caso, no lo hubiese vinculado a la violencia de género”.

Hasta entonces confiaba en una lógica bastante sencilla: si una mujer denunciaba y existían pruebas, la Justicia actuaría y el agresor recibiría una pena acorde con lo que había hecho. “Es lo que decía mi lógica”. Lo que ha encontrado durante estos años le ha obligado a desprenderse también de esa certeza.

Habla de pruebas que esperaba que fueran determinantes y no lo fueron, de resoluciones que todavía hoy no consigue comprender y de situaciones que, de no haberlas presenciado, asegura que jamás habría creído. Cuando se le pregunta cuántas veces ha pensado que tenían elementos suficientes para que necesariamente ocurriera algo y después no sucedió, contesta sin detenerse: “Muchas, muchas, muchísimas”.

El cambio es tal que, si hace unos años alguien le hubiera contado que un juez podía ignorar una prueba o no admitirla, Juan Carlos no habría pensado que estaba exagerando. “Ahí no te acusaría de exagerar, te acusaría de mentir directamente”. Hay cosas que ni siquiera la experiencia ha conseguido hacerle normales: “Me cuesta creerlo ahora porque mi mente no concibe ciertas cosas, pero es que las veo con mis ojos”.

“A la primera denuncia te ponen la alfombra roja”

Y no todo lo que le ha sorprendido ha ocurrido dentro de una sala. Recuerda a un policía que, mientras su compañero atendía a su pareja, terminó justificando que a algunos hombres se les pudiera “ir la mano” y deslizando comentarios como “algo habrá hecho ella”.

Lo resume con una frase especialmente cruda: “A la primera denuncia te ponen la alfombra roja y en la segunda dicen que vas a por las paguitas”. Lo que él esperaba que se interpretase como la persistencia de una situación puede acabar convirtiéndose, según su experiencia, en una pregunta sobre las intenciones de quien denuncia.

Esa desconfianza tiene consecuencias también en la forma en la que su pareja se mueve dentro de las instituciones. Cuando se le pregunta si siente que debe demostrar permanentemente que es una víctima, Juan Carlos responde de inmediato: “Todos los días, todos los días”. Ha visto cómo tiene que pensar qué dice y cómo lo dice porque una palabra, una reacción o una decisión pueden terminar incorporadas a un procedimiento. “Tienen que medir muy mucho lo que dicen. Ellos no tanto. Ellos no tanto”.

La violencia institucional revictimiza y destruye a las mujeres y a sus entornos

“Pocos hombres pueden asumirlo”

Lo vivido también ha cambiado la forma en la que Juan Carlos escucha hablar a otros hombres sobre violencia de género. Entre amigos, compañeros o alrededor de una cerveza reconoce una reacción que se repite: buscar algo que explique el comportamiento del agresor y termine rebajando su responsabilidad. “Algo habrá hecho ella”, escucha. O: “Es que a veces la paciencia…”. “Se trata de disculpar al hombre”, resume.

Para Juan Carlos, detrás de esas respuestas hay una resistencia difícil de romper: “Pocos hombres pueden asumir que una persona de su mismo sexo puede hacer daño gratuitamente a una mujer”. De ahí también el recurrente “no todos somos así”: en lugar de mirar qué ha hecho otro hombre, la conversación se desplaza hacia la necesidad de dejar claro que uno mismo no es como él.

Pero hay otra razón más sencilla: la distancia. Mientras la violencia ocurra en la vida de otra persona, es posible indignarse y después seguir adelante. Juan Carlos lo explica con una imagen cotidiana: “Después de esa cerveza uno continúa con el problema de cómo voy a pagar la hipoteca este mes. Y me olvido”.

Por eso asegura que el conocimiento que existe sobre lo que realmente vive una mujer maltratada es “casi nulo”. Él mismo creía saberlo hasta que lo tuvo delante. “Hasta que un hombre no tiene cerca un caso de violencia y empieza a conocer ciertas situaciones, es cuando empieza a plantearse estadísticas”.

Lo que tampoco cuentan los informativos

En esa distancia Juan Carlos señala también a su propia profesión. Es periodista y cree que los medios tienen parte de responsabilidad en la imagen incompleta que recibe la sociedad. “La mierda vende”, dice con crudeza. Los asesinatos y los ataques graves encuentran espacio; todo lo que ocurre antes y después, las formas menos visibles y el desgaste cotidiano de una mujer maltratada tienen muchas más dificultades para convertirse en noticia.

Y plantea una paradoja que conoce ahora desde los dos lados. El relato de las mujeres puede parecer repetitivo precisamente porque los patrones del maltrato se repiten. Sin embargo, asegura que cuando un agresor ofrece una versión en la que se presenta como víctima de una mujer que pretende convertirlo en “un monstruo”, esa historia encuentra con más facilidad un altavoz. “A ellos sí se les da”, lamenta.

Juan Carlos reconoce que a los hombres les cuesta entender la violencia de género
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Cuando no puedes olvidarte

Juan Carlos, sin embargo, no puede apagar la televisión, terminar una conversación o una cerveza y olvidarse. Cuando vuelve a casa, esa realidad sigue allí. Y con el tiempo ha entendido que uno de los daños más difíciles de reparar es precisamente el tiempo que su pareja ha perdido. “Ella no lo va a recuperar”, dice. “Cuando son dos, tres años… pero cuando llevamos ocho, nueve años y lo que queda, joder, una década luchando contra esto, esa década no me la devuelve nadie”.

Todo acaba entrando en la relación. La espera, el miedo, el cansancio, la incertidumbre. Juan Carlos reconoce que también él ha perdido la paciencia, que han discutido y que ha habido momentos en los que la acumulación de problemas ha terminado ocupándolo todo. Acompañar, ha descubierto, tampoco significa saber siempre qué hacer ni encontrar las palabras adecuadas.

Y ahí hace una de las confesiones más incómodas de la entrevista. El sufrimiento, cuando se escucha durante demasiado tiempo, puede acabar convirtiéndose en ruido de fondo incluso para quien está al lado. “Lo peor es que esta situación se convierta en un mantra y deje uno de hacer caso a lo que ella está sufriendo”. Hace una pausa antes de reconocerlo: “Me ha pasado y tengo que admitirlo por mucho que me duela”.

Se pregunta incluso si esa desconexión puede ser una forma de protegerse él mismo ante algo que tampoco sabe cómo resolver. Pero sabe cuál es el riesgo: acostumbrarse a escuchar aquello que para ella continúa siendo doloroso. Que para quien acompaña sea la enésima vez que escucha una historia no significa que para quien la está viviendo haya dejado de doler.

“Que la apoyase, que la quisiese mucho”

Lo vivido ha cambiado incluso su respuesta cuando se le pregunta si recomendaría denunciar a una mujer maltratada. “La lógica aplastante diría que sí”, reconoce. Pero ya no daría ese consejo sin más: “Le diría que primero se informase”.

A un hombre que acaba de descubrir que su pareja es víctima de violencia le diría algo distinto: “Primero, que la apoyase, que la quisiese mucho, que se armase de paciencia”.

Y le advertiría de algo que él tardó años en aprender: “Que se quite de la cabeza la idea de que como lo que decimos es verdad, estamos salvados, esto es cuestión de tiempo”.

Porque quizá ese sea el mayor cambio entre el Juan Carlos de entonces y el de ahora: ya no confunde conocer la verdad con que todo vaya necesariamente a salir bien.

Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.