¿Se imaginan que no te crean víctima de violencia de género sólo porque tienes carácter y sabes defenderte? ¿Y si el mayor obstáculo para una víctima de violencia de género fuera no encajar en el estereotipo? En definitiva, la imagen de una mujer sumisa, débil, callada. Esa imagen, tan repetida, se ha instalado con fuerza en el imaginario colectivo. Y, sin embargo, la realidad no siempre encaja en ese molde. A veces, cuando una mujer no responde a esa idea, la duda aparece antes que la empatía. Rocío lo ha vivido en primera persona.
“Con lo que tú eres… pero si tienes carácter… no te veo yo aguantando eso”
Antes de todo, ella tenía carácter. Siempre lo había tenido. De las que opinan, de las que se defienden, de las que no se quedan calladas. Por eso, cuando tiempo después contó lo que había vivido, muchas personas reaccionaron con sorpresa, incluso con incredulidad. “Con lo que tú eres… pero si tienes carácter… no te veo yo aguantando eso”. Esa frase, repetida en distintos tonos y contextos, revela hasta qué punto seguimos asociando la condición de víctima a una forma concreta de ser. Como si la personalidad determinara la capacidad de sufrir o resistir la violencia.

Pero la historia de Rocío desmonta esa idea desde dentro. “Te pasas años anulada como persona, cuestionándote todo, dando explicaciones de todo, hasta de por qué respiras”, explica. No fue algo inmediato ni evidente, sino un proceso lento en el que dejó de reconocerse. La violencia psicológica, muchas veces invisible desde fuera, fue erosionando su identidad hasta convertir la vida cotidiana en un terreno de vigilancia constante. “Siempre me sentía culpable, por todo: por hablar con una amiga, por ponerme alguna prenda de ropa que enseguida me quitaba”.
Con el tiempo, esa dinámica se normaliza. “Al final normalizas esa vida y, por supuesto, no lo ves como malo. Te pega e insulta porque te quiere, cambiará… yo he tenido la culpa”. Esa forma de pensar no surge de la nada: es el resultado de una presión continua que acaba moldeando la percepción de la realidad. Rocío no solo vivía la violencia, sino que aprendió a interpretarla como algo justificable.
La necesidad de justificarse
Salir de ahí no borra de golpe las consecuencias. “Aunque salgas, por inercia o costumbre lo sigues haciendo”, cuenta sobre esa necesidad de justificarse constantemente. Hoy asegura haber recuperado su personalidad y su forma de pensar, pero reconoce que hay secuelas que permanecen. “Si me suben el tono, a veces me bloqueo o lloro directamente. Y el dormir… las pesadillas, por muchos años que pasen, siguen ahí”.
Desde fuera, sin embargo, hay quien espera una reacción concreta. Una especie de guion no escrito sobre cómo debe comportarse una víctima para resultar creíble. Rocío no siempre encaja en ese patrón, y eso ha tenido consecuencias. “Creo que en los juzgados han juzgado más eso, el luchar y no callarme, como que se lo han cuestionado hasta que han visto las pruebas”. Como si defenderse restara legitimidad a su historia.
Esa duda no se limita al ámbito judicial. También aparece en lo cotidiano, en comentarios y actitudes que reflejan una comprensión limitada de la violencia. “Comentarios de gente del pueblo que lo veían como exagerado… el típico ‘si se veían tan bien’”. Frases que simplifican una realidad compleja y que, en el fondo, cuestionan más a quien la sufre que a quien la ejerce.
“Hay gente que solo ve la violencia si acabas ingresada en un hospital”
Parte del problema, explica Rocío, es la falta de información. “Hay gente que solo ve la violencia si acabas ingresada en un hospital”. Todo lo demás —los insultos, las amenazas, el control— queda relegado a un segundo plano o directamente invisibilizado. “Hace falta más concienciación y más información y formación sobre violencia de género”, insiste, señalando una carencia que va más allá de los casos individuales.

El entorno tampoco siempre ayuda. Aunque en su círculo más cercano encontró apoyo, hubo otras reacciones que le resultaron especialmente dolorosas. “Hay familiares que se han mantenido al margen, incluso durante un tiempo mantenían contacto con él… eso duele mucho”. No porque dudaran abiertamente, sino porque no percibían la gravedad de la situación. A ese silencio se suma el de quienes, aun sabiendo lo que ocurre, prefieren no implicarse: “se mantienen al margen por el típico ‘son cosas de pareja’”.
Dar el paso de marcharse tampoco la libró del juicio ajeno. “Siento que me han juzgado por salir de ahí, por irme”, afirma. En algunos casos, la decisión de romper con la situación genera más críticas que la propia violencia. “La gente juzga el huir de allí y hacer mi vida… en vez de juzgar al agresor, juzgan a la madre que sale de ahí por no querer acabar siendo un número más”. Una frase que condensa la sensación de incomprensión y de injusticia.
“Gente que piensa que solo les pasa a mujeres sumisas, sin estudios…”
Incluso en el momento de denunciar, Rocío se encontró con obstáculos inesperados. Recuerda cómo, tras mostrar un audio con insultos y amenazas, la primera respuesta que recibió fue minimizar lo ocurrido: “Señora, eso es un enfado porque usted se quiere separar”. Más tarde, otros profesionales sí entendieron la gravedad y la ayudaron, pero ese primer contacto deja al descubierto una realidad incómoda: no siempre se reconoce la violencia cuando no encaja en lo evidente.
A todo ello se suma otro peso difícil de explicar: el de sentirse, en algún momento, “la mala” de la historia. “Siempre me sentía culpable”, repite. Esa culpa, alimentada durante años, no desaparece de un día para otro. Forma parte de un proceso más largo, el de reconstruirse y volver a confiar en el propio criterio.
Por eso, su testimonio va más allá de su experiencia personal. También cuestiona la imagen que todavía existe sobre las víctimas. “Gente que piensa que solo les pasa a mujeres sumisas, sin estudios…”, señala. Un estereotipo que no solo es falso, sino peligroso, porque deja fuera a muchas mujeres que no se reconocen en él y que, por tanto, pueden tardar más en identificar lo que están viviendo.
La historia de Rocío rompe ese molde. No responde a la imagen esperada, y precisamente por eso ha tenido que enfrentarse no solo a la violencia, sino también a la incredulidad. Su relato pone sobre la mesa una idea clave: no hay una única forma de ser víctima.
