“Mila y Pocholo tenían un hijo. Xavi tenía un hermano. Y los demás teníamos un primo, un sobrino, un amigo… Se llamaba Jokin, y hoy iba a cumplir 15 años”. Estas palabras se escribieron hace más de 20 años para remover conciencias, pero sobre todo para buscar una explicación donde a priori nunca parece haberla: ¿por qué un menor es capaz de quitarse la vida?, ¿qué le lleva a dar tal paso en soledad?, ¿que le aguarda en su día que parezca tan imposible de afrontar como para decidir esquivarlo sine die, matándose? La familia de Jokin Ceberio, que se suicidó a los 14 años saltando al vacío desde la muralla de Hondarribia y fue encontrado sin vida tras doce horas de búsqueda desesperada, aún tenían más preguntas. Las planteó un allegado suyo en un comunicado, bajo el epígrafe de “Un acoso insoportable“. Desde ese momento, el horror silencioso que había golpeado a la localidad guipuzcoana se expandió, acongojando hogares y centros escolares, abriendo un debate a nivel nacional para el que la familia no encontraba respuestas:”¿Dónde miraban los profesores mientras Jokin sufría, delante de sus ojos? ¿Qué hace el Estado con nuestros hijos, en sus escuelas, cuando se los confiamos? ¿Qué clase de mundo estamos construyendo que hace de niños de 14 años torturadores sistemáticos y sin escrúpulos?”.
Por desgracia, ese eco no resuena a lo lejos. Muy al contrario, ahora mismo en Benalmádena, Málaga, una familia se enfrenta a aquello que los padres de Jokin desearon hace veinte años que nadie más sufriese. Entonces, lograron sentar en el banquillo a los siete menores que habían acosado y apalizado a su hijo durante un año -balonazos, burlas, llegaron a romperle el aparato dental- con especial intensidad durante tres días, justo una semana antes de que eligiera suicidarse. El infierno había alcanzado una dimensión invivible. Pese a que el colegio decidió actuar, para Jokin fue tarde. Igual que para sus padres, que no entendieron por qué la justicia libró al centro de toda responsabilidad. En el caso de Ángela, se está investigando.
Sin protocolo activo
Ángela tenía 14 años, como Jokin. Buena alumna, sin problemas en casa. Según ha revelado su familia, estaba en tratamiento psicológico desde hacía unos meses. Aseguran que por sufrir acoso escolar. Pero a la Consejería de Educación no le consta. Hasta el punto de que para apuntalar la precisión de tal dato han ofrecido otro a cambio, el de los cinco protocolos que sí tienen activos en estos momentos por acoso escolar o conductas autolíticas en el mismo centro donde estudiaba Ángela. Y ninguno, insisten, se abrió por ella. ¿Es normal que difieran tanto unos de otros ante una situación tan delicada? “Puede que haya posturas distintas sobre lo que está pasando, pero es raro que una de las dos partes no lo sepa. Si hablamos de ‘bullying’, estamos hablando de algo que pasa en la escuela, así que es raro que no lo sepa o que no se lo hayan transmitido”, apunta el mediador escolar y experto en trastornos de conducta César de la Hoz. “Una de las peores cosas que puede pasarle a un adolescente es sentirse rechazado por sus iguales. Hay estudios que recogen como, a día de hoy, les importa más que les echen de un chat grupal que otro tipo de maltratos”.
Sandra Peña se suicidó justo cuatro meses antes que Ángela, el pasado 14 de octubre. El Grupo de Menores de Sevilla se centró de inmediato en perfilar su comportamiento y el de su entorno dentro y fuera del ámbito escolar, pero también en las redes sociales; su teléfono fue analizado en busca de ese rastro digital pernicioso para la menor. La Fiscalía de Menores abrió sendos informes, uno volcado en investigar a tres presuntas acosadoras, y otro en el supuesto in vigilando fallido del equipo docente. Sandra faltó un martes a clase, y ese mediodía subió a la azotea y se precipitó. Ángela apareció sin vida en el sótano de la casa familiar, el pasado sábado. La había estado llamando y buscando durante horas, hasta que la encontró su hermano. Era el día de San Valentín. Tres días después, el Grupo de Menores de Málaga está volcado en la minuciosa tarea de elaborar una autopsia psicológica: qué le preocupaba, con quién se relacionaba, cuál pudo ser el detonante…
¿Qué ha pasado en estos 20 años?
“Se han puesto parches y no se han tomado este fenómeno en serio. Se han establecido figuras como la del coordinador de Bienestar -para prevenir, detectar y actuar en situaciones de violencia en los centros educativos- que no tienen formación suficiente ni tiempo. Hay más conciencia, sí, pero qué más da si no hay recursos. Se necesita un equipo ‘antibullying’ dedicado cien por cien, no compartiendo funciones, igual que hay un departamento de orientación”, detalla De la Hoz.
Los datos revelan una realidad preocupante. Según el INE, en 2024, 90 adolescentes menores de 20 años se quitaron la vida, 14 más que el año anterior. Es la cifra más alta registrada en los últimos años. Y el repunte se nota entre las chicas, siendo aun así la tasa de suicidio española una de las más bajas a nivel europeo. Pero casos como el de Ángela o el de Sandra reavivan esa sensación de indefensión y vulnerabilidad que afecta a nuestros adolescentes. Recuerdan además que existen peligrosas fisuras en el sistema de protección por las que se terminan gestando muertes incomprensibles, al igual que hace dos décadas se clamó sin éxito que no hubiera más, que Jokin fuera el último.
Línea 024 (Teléfono de atención a la conducta suicida): Gratuito, confidencial y disponible 24/7.
