Berta García-Lacht estuvo nominada a un Goya por su cortometraje Maruja, que produjeron Isabel Coixet y Estephania Bonnett, y estuvo acompañado por la música de Silvia Pérez-Cruz. Coincidiendo con el centenario de los Cines Verdi —el cine en activo más antiguo de Barcelona—, la catalana repite colaboración con Coixet y Pérez Cruz para realizar este precioso documental, encargo de A Contracorriente Films.
Con humor y a través de la mirada de dos niñas, se recorre la historia de la sala y de los personajes que le han dado vida. Así se dibuja el retrato de un cine cuya huella atraviesa Gràcia, la ciudad de Barcelona y varias generaciones de cinéfilos. El Verdi es, hoy como ayer, un lugar de encuentro y pasión por el cine. Conversamos con Berta García-Lacht en el Festival de Málaga.

¿Cómo llegas al proyecto? ¿Conocías a Yanira y Séfora, las niñas protagonistas?
A Contracorriente me convocó a una reunión porque Isabel Coixet, coproductora del proyecto, les había hablado de mí tras haber coproducido uno de mis cortos. Vieron ese trabajo, les encajó el tono, con sentido del humor, y me propusieron dirigir la película. El encargo era un documental sobre el centenario del cine Verdi, pero yo decidí construir una historia de ficción que sirviera como vehículo para contar esa historia de forma más cercana y atractiva. No quería una sucesión de datos o entrevistas al uso.
Las protagonistas —las niñas y la mujer mayor— no eran actrices profesionales, sino vecinas del barrio de Gràcia. A partir de ellas construí un hilo narrativo que permitiera explicar la historia del cine desde la emoción y el humor. La idea era que el público se acercara a ese universo sin sentir que estaba viendo algo denso o académico. De hecho, la reacción del público ha sido muy bonita: muchos esperaban algo más pesado y han terminado disfrutando y riéndose. Para mí, en una comedia, eso es fundamental. La película funciona también como una carta de amor al cine. Es una celebración del cine como espacio y como lenguaje. Hay un juego constante con el metacine: una película dentro de la película, referencias, homenajes… Incluí guiños a cineastas que me han marcado, como Agnès Varda, Lynch, Chantal Akerman o Jean-Luc Godard. Algunas referencias son más evidentes que otras, pero funcionan como pequeñas piezas de homenaje. Elegí a las niñas como protagonistas porque me interesaba esa mirada de descubrimiento. A través de ellas, el espectador aprende cómo se hace una película: el casting, los procesos… Incluso las entrevistas están integradas como parte de ese juego, convirtiéndose en un casting que ellas mismas realizan.
¿Qué relación estableces con la sala de cine al retratar la vida cotidiana de esta familia? ¿Por qué una familia gitana?
El pueblo gitano de Gràcia representa, para mí, una forma de resistencia frente a la gentrificación. Llevan generaciones en el barrio y, sin embargo, apenas tienen representación en el cine o la literatura. Y cuando aparecen, muchas veces es desde el estereotipo. Durante el proceso, muchas mujeres me preguntaban si la película “las dejaría bien”, si evitaría clichés. Eso me hizo reflexionar aún más. Pensé que, si ellas forman parte esencial del barrio, debían ser también protagonistas de la historia. Además, hay un paralelismo que me interesaba: la resistencia del pueblo gitano y la de las salas de cine, que hoy sobreviven casi como un milagro. Ambas historias se cruzan en el Verdi.

¿Cómo ves el futuro de las salas de cine de barrio?
Quiero ser optimista, pero también realista. Es evidente que muchas salas están cerrando: los alquileres suben y los hábitos han cambiado. Aun así, hay casos como el del Verdi, cuyos responsables dicen que está en su mejor momento. De hecho, han ampliado el espacio comprando un antiguo supermercado para convertirlo en nuevas salas. Eso demuestra que todavía hay margen para la esperanza. Creo que la experiencia en la sala de cine sigue siendo única. Quizá ha habido un periodo más débil, pero confío en que el público vuelva a valorarla.
En la película aparece un chico que habla de la audiodescripción. ¿Qué opinas sobre la accesibilidad en el cine?
Es evidente que los cines aún no están suficientemente adaptados. Creo que debería haber, al menos, algunas sesiones con audiodescripción, igual que se exige accesibilidad física.
Entiendo que puede ser complejo a nivel logístico, pero es una dirección necesaria. El cine debería ser accesible para todos.
Enric Pérez Font salvó el cine Verdi de Barcelona. ¿Cómo lo hizo?
El cine estaba a punto de cerrar cuando él decidió invertir y asumir el riesgo de transformarlo en una sala de estrenos. Fue una apuesta personal muy fuerte, casi romántica. Además, contribuyó a dinamizar el barrio: alrededor del cine empezaron a abrir bares y restaurantes, generando vida en la zona.
¿Cómo lo has vivido tú, siendo del barrio?
No viví ese momento porque ocurrió en los años 80, pero sí he crecido con ese entorno ya consolidado. El cine forma parte de la vida del barrio tal y como la conozco.
Silvia Pérez Cruz compone la música. Hay una frase clave: “el tiempo todo lo quema”. ¿Qué queríais transmitir?
Esa frase forma parte del guion y Silvia la incorporó a la canción original. El monólogo final tiene una dimensión muy onírica: es un sueño del personaje de Consuelo, abierto a interpretación. Me interesaba trabajar desde lo sensorial, desde aquello que no se puede explicar del todo. Hay una conexión con el inconsciente, con los recuerdos, con el misterio. También hay una relación con el propio cine: las salas tienen algo de espacio onírico. En ese sentido, hay un guiño a David Lynch. No busco una única lectura. Me interesa que cada espectador construya la suya.

Richard Gere aparece brevemente. ¿Pensaste en darle más presencia?
Tuvimos muy poco tiempo para grabar con él, apenas 10 o 15 minutos, y fue además lo primero que rodé. Podría haber aparecido más, pero había que equilibrar el conjunto. Había entrevistas más largas con él, con Isabel Coixet o con J. A. Bayona, pero si las incluía completas, la película se descompensaba. Creo que, tal como está, funciona.
