Literatura

Borges, el escritor que inventaba libros que no existían

A 127 años de su nacimiento, el maestro argentino que convirtió citas apócrifas, enciclopedias imaginarias y autores ficticios en literatura parece haberse convertido en el profeta —y la víctima— definitivo de nuestra era digital

Jorge Luis Borges fotografiado en 1951 por Grete Stern.
Jorge Luis Borges fotografiado en 1951 por Grete Stern.

Hoy, 24 de agosto, el mundo literario celebra el 127.º aniversario del nacimiento de Jorge Luis Borges, una efeméride que coincide este año con el 40.º aniversario de su muerte, ocurrida en Ginebra en 1986. Esta doble conmemoración está lejos de ser un mero ejercicio de contabilidad cultural. En su Buenos Aires natal, su figura vuelve a ocupar el centro de importantes homenajes institucionales. El Gobierno de la ciudad ha puesto en marcha las Jornadas Borges: Un escritor universal, mientras el Palacio Libertad acoge Un Palacio para Borges, una amplia exposición multidisciplinar que entrelaza sus textos con la propia arquitectura del edificio. La muestra incluye incluso una imagen interactiva de Borges generada mediante inteligencia artificial, en un intento de propiciar un improbable diálogo póstumo entre el escritor y sus lectores actuales.

Sin embargo, honrar a Borges únicamente como una figura monumental del canon del siglo XX sería pasar por alto su cualidad más sorprendente: su radical e inquietante contemporaneidad. Borges no fue solo el bibliotecario ciego que escribía exquisitas parábolas laberínticas; fue también uno de los grandes falsificadores de la literatura moderna. Mucho antes de Wikipedia, las cámaras de eco algorítmicas, los deepfakes o la inteligencia artificial generativa, comprendió que la realidad humana es, en buena medida, una frágil construcción lingüística. Buena parte de su estética se asentaba sobre un procedimiento tan brillante como engañoso: inventar libros, reseñas, autores y referencias académicas inexistentes y obligar al lector a internarse en una zona vertiginosamente borrosa en la que resultaba difícil determinar dónde terminaba la erudición y comenzaba la ficción.

El universo, además, parece poseer un sentido de la ironía notablemente borgiano. El escritor que dedicó buena parte de su carrera a fabricar fuentes apócrifas se ha convertido hoy en uno de los autores más falsificados de internet. Pocas figuras literarias han visto su nombre asociado con tanta frecuencia a poemas sentimentales de autoayuda, declaraciones políticas inventadas y citas que jamás escribieron como el hombre que convirtió el engaño literario en una forma de arte.

El camino de Borges hacia la falsificación literaria comenzó, en parte, como un acto de timidez creativa. En 1935 publicó Historia universal de la infamia, una colección de breves biografías de criminales y personajes reales. Escritas con una rigurosa gravedad casi académica y acompañadas de una bibliografía de apariencia autorizada, aquellas historias podían pasar ante un lector desprevenido por auténticas reconstrucciones históricas. En realidad, Borges había fabulado, exagerado y reescrito a su antojo las vidas de sus protagonistas. En el prólogo de 1954 describió aquellas piezas como «el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar […] ajenas historias».

Aquel «irresponsable juego» no tardaría en convertirse en una poderosa herramienta filosófica. Borges llegó a la conclusión de que escribir enormes novelas de quinientas páginas podía resultar innecesario. ¿Para qué escribir un libro entero si era posible componer una reseña concisa y perfectamente convincente de un libro que jamás había existido?

'Historia universal de la infamia', de Jorge Luis Borges.
‘Historia universal de la infamia’, de Jorge Luis Borges.
Debolsillo

La técnica alcanzó una de sus expresiones más acabadas en Ficciones (1944). En «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», el narrador —una versión ficcionalizada del propio Borges— descubre una misteriosa entrada de cuatro páginas dedicada a una región desconocida llamada Uqbar en un ejemplar de la Anglo-American Cyclopaedia. El hallazgo termina conduciéndolo hasta una sociedad secreta de eruditos que, a lo largo de generaciones, habría elaborado una enciclopedia de cuarenta volúmenes sobre un planeta completamente imaginario: Tlön, dotado de sus propias lenguas, filosofías y leyes físicas.

Pero la ficción no permanece encerrada en los libros. Hacia el final del relato, los objetos de Tlön comienzan a irrumpir en el mundo real y su cultura empieza a desplazar a la existente. Borges lo resume con una sentencia tan sencilla como perturbadora: «El mundo será Tlön».

A través de relatos como este, Borges mostró con qué facilidad un sistema coherente de ficciones podía colonizar y terminar sustituyendo la realidad desordenada de la experiencia humana. En «Pierre Menard, autor del Quijote» llevó el juego todavía más lejos. Su protagonista, un escritor simbolista francés ficticio, intenta producir varios capítulos del Quijote exactamente iguales, palabra por palabra, a los escritos siglos antes por Cervantes. Sin embargo, el narrador sostiene que los fragmentos de Menard son infinitamente más ricos porque han sido escritos en otro contexto histórico.

Borges utiliza así una copia literalmente idéntica para demostrar que el significado nunca está completamente contenido en las palabras: también depende de quién las escribe, cuándo y desde dónde las leemos. De ahí una de las ideas centrales de su obra: «La verdad histórica […] no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió».

Si la ficción de Borges insistía en que la realidad podía ser maleable y vulnerable al consenso, su legado póstumo en la era digital parece haberle dado la razón de una forma especialmente irónica. El caso más famoso es Instantes, un poema sentimental que comienza: «Si pudiera vivir nuevamente mi vida / en la próxima trataría de cometer más errores…».

Durante décadas ha circulado incansablemente por internet, cadenas de correo electrónico, postales, camisetas y recopilaciones de citas, atribuido a Jorge Luis Borges. Incluso Elena Poniatowska lo incluyó como suyo en Borges y México, mientras que Bono, cantante de U2, llegó a recitarlo en televisión atribuyéndoselo con toda seguridad al «poeta chileno Borges».

En realidad, el origen del texto se encuentra en una pieza de prosa titulada «If I Had My Life to Live Over», publicada en 1953 por el humorista y caricaturista estadounidense Don Herold. Con el tiempo fue adaptada, traducida y terminó apareciendo vinculada al nombre de Borges en la revista argentina de psicología Uno Mismo.

‘Ficciones’, de Jorge Luis Borges.
Destino

La viuda del escritor, María Kodama, dedicó años a combatir esa atribución. No solo porque el texto no perteneciera a Borges, sino porque consideraba que su filosofía —con sus exhortaciones a cometer más errores, viajar más o comer más helado— estaba en las antípodas de su sensibilidad intelectual. Kodama llegó a bromear: «Si Borges hubiera escrito eso, yo habría dejado de estar enamorada de él».

La justicia —o injusticia— poética no termina con Instantes. En 2016, con motivo del 30.º aniversario de la muerte del autor, el gobierno municipal de Buenos Aires instaló gigantescos carteles conmemorativos en sus estaciones de Subte (metro) con una cita prominentemente atribuida a Borges: «Con el tiempo comprendes que sólo quien es capaz de amarte con tus defectos, sin pretender cambiarte, puede brindarte toda la felicidad».

La cita, que suena como una postal cursi, fue rápidamente señalada por lectores y estudiosos escandalizados como un vergonzoso invento. El gobierno se vio obligado a emitir una disculpa pública en redes sociales y retirar los carteles de la circulación. El incidente desató una hilarante oleada de parodias online, con usuarios en Twitter y Facebook inundando las redes con citas absurdamente falsas atribuidas a Borges, desde letras de cumbia populares («La cumbia me divierte y me incita: Borges») hasta canciones pop y ridículos eslóganes políticos.

La bibliografía real de Borges está plagada de estas inserciones fantasma. Durante más de sesenta años, la prestigiosa Editorial Losada continuó editando La metamorfosis de Franz Kafka por toda Latinoamérica, anunciando con orgullo en su portada que era una «Traducción directa del alemán de Jorge Luis Borges». Esta se convirtió en la traducción educativa estándar para generaciones de estudiantes. Sin embargo, un análisis estilístico acabó revelando que era una traducción española anónima. Cuando se le preguntaba al respecto, el propio Borges negaba haberla traducido, ofreciendo una lección de filosofía con la brillantez que le caracterizaba: sabía alemán, y jamás habría traducido Die Verwandlung como «La metamorfosis», sino como «La transformación».

Desde el soneto «Ad Eternum Est» (que el crítico Marcos Ricardo Barnatán admitió haber inventado como una broma de juventud junto a un pariente) hasta el mito de que Borges había escrito en secreto la novela detectivesca de 1932 El enigma de la calle Arcos bajo el seudónimo Sauli Lostal (teoría desacreditada por el hecho de que la obra fue redactada a máquina, un instrumento que Borges nunca utilizó debido a su inaptitud mecánica), el escritor se ha convertido en un imán para las mismas falsificaciones que él mismo cultivó.

Aunque la divulgación viral de citas falsas presenta a Borges como una víctima de la cultura digital, la ciencia informática actual sugiere que es, en realidad, su principal arquitecto. En octubre de 2023, los prominentes científicos de IA Léon Bottou (Meta AI) y Bernhard Schölkopf (Instituto Max Planck) publicaron un rompedor estudio en arXiv titulado Borges and AI. En él argumentaban que, para entender verdaderamente la naturaleza, los límites y los peligros de los modelos de lenguaje actuales (LLM), conviene abandonar los tópicos de la ciencia ficción tradicional sobre máquinas sintientes o rebeldes y regresar a la imaginería de Jorge Luis Borges.

‘La biblioteca de Babel’, de Jorge Luis Borges.
Emecé

Un LLM no «piensa» ni comprende la realidad; opera como una máquina probabilística que navega por lo que los informáticos llaman «espacio latente»: un paisaje matemático multidimensional de todos los textos humanos posibles. Esto representa, estructuralmente, una encarnación electrónica de La biblioteca de Babel, la famosa pesadilla borgiana de una biblioteca infinita que alberga todas las combinaciones posibles de letras, guardando cada verdad, cada mentira y cada traducción de cada mentira.

Cuando un modelo de IA «alucina» —generando citas académicas y datos históricos plausibles y bien estructurados, pero completamente falsos— no está funcionando mal; simplemente opera como una «máquina de Borges», fusionando a la perfección lo real y lo imaginario para satisfacer las exigencias probabilísticas del prompt. Es Pierre Menard escribiendo el Quijote; es Orbis Tertius fabricando la geografía de Tlön.

Nuestra infraestructura digital refleja esta estructura. En 2020, investigadores de humanidades digitales llevaron a cabo un análisis de red semántica y modelado de tópicos sobre Ficciones y El Aleph. Descubrieron que las historias de Borges no funcionan de manera lineal, sino como nodos interconectados vinculados por palabras clave supratextuales como «laberinto», «espejo» e «infinito». Sus textos se comportan exactamente como artículos de Wikipedia conectados por hipervínculos. Como bromeó la investigadora Ana Gabriela Maguitman, Borges había «tokenizado la realidad» décadas antes del nacimiento del procesamiento del lenguaje natural.

En su célebre relato policial «La muerte y la brújula», el detective hiperracional Erik Lönnrot rechaza una explicación realista de un crimen por apoyarse demasiado en una casualidad, y le dice a su colega: «Posible, pero no interesante. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicará que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis».

Hoy vivimos en un mundo donde la filosofía de Lönnrot ha triunfado. En la era de los deepfakes, los sesgos de confirmación algorítmicos y las narrativas manufacturadas, seleccionamos consistentemente las hipótesis más «interesantes» en lugar de aceptar la realidad mundana. Preferimos las conspiraciones perfectamente ordenadas y personalizadas de nuestro Tlön digital por encima de la realidad caótica e inflexible del mundo físico.

Mientras Buenos Aires celebra a su hijo predilecto con conciertos, actuaciones de danza bajo el crepúsculo de La Cúpula y retratos generados por IA, debemos reconocer que el homenaje definitivo a Borges no se encuentra en los museos o las bibliotecas. Se encuentra cada vez que abrimos un navegador, leemos un ensayo de IA con alucinaciones o compartimos una cita que desearíamos que hubiera escrito. No necesitamos construir un palacio para Borges; ya estamos viviendo dentro de su mente.

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