Hubo un momento en el que The Boys era, para mí, simplemente una exageración brillante. Una sátira incómoda, sí, pero al fin y al cabo lejana. La empecé a ver siendo adolescente —sí, soy así de joven—, y los superhéroes corruptos, las corporaciones omnipotentes y los líderes megalómanos eran parte del juego; de un espejo deformado de la realidad, pero un espejo al fin y al cabo divertido, incluso liberador.
Ahora, años después, la he vuelto a ver para ponerme al día antes del estreno de la última temporada este 8 de abril. Y la sensación ha sido completamente distinta. Ya no hay distancia. Me ha dado verdadero miedo. El mismo que se cuela cuando al terminar una película de terror recuerdas que está “basada en hechos reales”.
Miedo porque lo que antes parecía una hipérbole, ahora se siente peligrosamente cercano. Porque esa caricatura del poder que encarna Homelander (me niego a llamarlo “Patriota”) —ese narcisismo extremo, esa falta absoluta de empatía, esa frialdad con la que decide sobre la vida de otros— es cada vez menos lejana.
No estoy descubriendo nada, el personaje siempre ha tenido características que reconocíamos, pero antes lo veía más como una crítica evidente, casi grotesca, dirigida a figuras concretas. Ahora, en cambio, cuesta no reconocer pequeños fragmentos de ese mismo perfil en muchos líderes actuales, en distintos lugares, en distintos contextos.

La violencia que sí vemos
Quizá la diferencia no esté en la serie, sino en nosotras. En cómo miramos. En lo que hemos aprendido —o lo que hemos tenido que aprender— en estos años. Cuando la vi por primera vez, el mundo no estaba tan atravesado por la sensación constante de conflicto global. O, al menos, yo no lo percibía así. Hoy, con guerras abiertas, tensiones políticas cada vez más polarizadas y discursos que normalizan la violencia o el ego desmedido, The Boys es inquietante.
Por ahora, que sepamos, ningún líder lanza rayos láser por los ojos, pero no sé si dudarían mucho más que Homelander en utilizarlos, viendo la facilidad con la que se lanzan misiles y armamento de todo tipo a diestro y siniestro. De todas formas, igual que en la serie, por ahora no parece haber consecuencias, incluso hay algún que otro aplauso. Así que, en el fondo, no estamos tan lejos…

Y hay algo más incómodo todavía. Quizá no es que la serie sea más violenta que la realidad, sino que la vemos más. Que la sentimos más. Homelander no ha matado a más gente de la que ha muerto en muchas de las guerras que seguimos a diario. Ni de lejos. No ha causado más víctimas que las que vemos cuando miramos a Ucrania o a Gaza. Pero ver cómo fulmina personas sin pestañear, o como deja estrellarse un avión con niños dentro nos revuelve más.
Quizá porque en The Boys la violencia es explícita. Es inmediata. Es imposible de esquivar. Hay sangre, hay cuerpos, hay consecuencias visibles. No hay distancia.
En la realidad, en cambio, todo llega filtrado. En cifras. En mapas. En declaraciones. En imágenes que duran unos segundos y desaparecen. Y así es más fácil sostenerlo. Más fácil entenderlo sin sentirlo del todo. Más fácil, incluso, acostumbrarse. Seguramente los periodistas tengamos que asumir nuestra parte de culpa por ello.

El “lado bueno”
Si algo deja claro The Boys —y que ahora pesa más que nunca— es que no hay un “lado bueno” al que agarrarse. O, al menos, no uno limpio. Los que se oponen a Homelander no lo hacen desde una superioridad moral incuestionable, sino desde sus propios intereses, sus propias heridas, sus propias contradicciones.
Y eso, antes, formaba parte del juego. Era interesante, incluso refrescante: romper con la idea clásica del héroe puro, del bien sin fisuras. Pero ahora resulta menos cómodo. Porque cuando miras fuera de la pantalla, la sensación es parecida. Nadie es completamente inocente. Nadie actúa del todo al margen de sus propios intereses. Todos negocian. Todos ceden. Todos calculan.

Y en ese contexto, la diferencia entre unos y otros no siempre está en lo que hacen, sino en cómo lo justifican. O en cómo lo comunican.
Porque si algo también retrata bien la serie es esa necesidad constante de construir relato. De convertir cualquier acción —por cuestionable que sea— en algo vendible, asumible, incluso necesario. Y ahí, de nuevo, la distancia con la realidad se vuelve incómodamente pequeña.
Volver a ver la serie siendo adulta no ha sido solo un ejercicio de nostalgia o de actualización antes de una nueva temporada. Ha sido, en cierto modo, una confrontación. Con el mundo, sí, pero también con mi propia mirada. Con la pérdida de esa distancia que permitía reírse sin consecuencias. Quizá eso sea lo que más cuesta de asumir: no que la serie haya cambiado, sino que ahora ya no la puedo ver igual.
