¿Sigue deseando una mujer cuando llega a la edad madura? ¿Conserva sus fantasías, su búsqueda de atención? ¿Es objeto pero también sujeto de deseo? Vladimir, la miniserie de Netflix protagonizada por Rachel Weisz, nos da lecciones sobre lo que creemos saber de la vida sexual de las mujeres pasados los 50. Con apariencia de una comedia negra sobre una profesora universitaria obsesionada con un colega más joven, la serie es en realidad un retrato muy preciso de la crisis de la mediana edad, del deseo femenino cuando ya no encaja en los moldes habituales y de la fragilidad moral de un mundo —el académico— que presume de ser progresista mientras vive lleno de contradicciones.
Lo primero que enseña Vladimir es que el deseo, cuando aparece fuera del momento que la sociedad considera adecuado, sigue siendo incómodo, especialmente si pertenece a una mujer. La protagonista —una escritora y profesora universitaria cuyo nombre nunca se menciona— atraviesa una crisis personal y profesional. Su carrera se ha estancado, su matrimonio está lleno de grietas y su relación con su hija se ha enfriado. Nada de esto sería especialmente llamativo si no fuera porque la serie decide contarlo desde un lugar poco habitual: el de una mujer que reconoce sin pudor que quiere algo más, aunque no sepa exactamente qué.

La llegada de Vladimir, un nuevo profesor joven, brillante y enigmático, funciona como detonante. Lo que empieza como curiosidad intelectual y sexual se transforma en fascinación, y la fascinación en obsesión. La serie podría haberse convertido en un thriller psicológico, pero elige otro camino: el de la ironía, la incomodidad y el humor negro. La protagonista habla directamente al espectador, rompe la cuarta pared y nos obliga a escuchar sus pensamientos, incluso cuando son contradictorios, exagerados o poco confesables.
Ese recurso, que recuerda inevitablemente a Fleabag, permite que la historia no trate tanto de lo que ocurre como de cómo se interpreta lo que ocurre. La narradora no siempre es fiable. Ajusta la verdad, la exagera, la edulcora o la vuelve más dramática según le conviene. Y ahí aparece uno de los temas más interesantes de la serie: la distancia entre la vida real y el relato que nos contamos sobre nuestra vida.
Otro de los aprendizajes que deja Vladimir tiene que ver con la hipocresía moral. La protagonista vive en un entorno universitario donde se habla constantemente de ética, de política de género, de poder y de responsabilidad. Sin embargo, ese mismo entorno está lleno de rumores, de relaciones ambiguas y de dobles raseros. Su marido está siendo investigado por mantener relaciones con alumnas, pero la indignación que provoca el caso convive con una curiosidad casi morbosa y con una necesidad permanente de juzgar. Además, aprendemos que no todos los matrimonios son iguales (en este caso, se trata de una relación abierta) y de que lejos del abuso, las alumnas buscan mantener relaciones sexuales con sus profesores universitarios. Eso sí, se recalca que “ahora todo es diferente”.

La serie retrata con precisión ese clima en el que cada gesto puede convertirse en escándalo y cada palabra puede ser utilizada en contra de quien la dice. La llamada cultura de la cancelación aparece como un ruido constante, una presión que obliga a todos a vigilar lo que hacen y lo que desean. Sin embargo, saben que está instaurada: no la combaten, entienden que si uno se sale de la norma, debe pagar por ello. En ese contexto, la obsesión de la protagonista por Vladimir no solo es sentimental o sexual, sino también una forma de rebelión contra una vida que siente demasiado controlada.
También resulta interesante la forma en que la serie aborda el paso del tiempo. El deseo femenino suele representarse en la ficción como algo ligado a la juventud, pero Vladimir se centra en una mujer que ya no está en esa etapa y que, precisamente por eso, se permite pensar cosas que antes no se habría permitido. No se trata de una historia romántica ni de una fantasía idealizada. La protagonista es caótica, egoísta, contradictoria y a veces ridícula, pero también profundamente humana.
Rachel Weisz sostiene toda la serie con un equilibrio difícil: su personaje debe resultar incómodo sin volverse antipático, excesivo sin dejar de ser creíble. La clave está en que nunca se presenta como víctima ni como heroína. Simplemente como alguien que intenta entender qué le está pasando cuando todo lo que parecía estable empieza a moverse.
La relación con Vladimir, en realidad, importa menos de lo que parece. Él funciona casi como una idea, como una proyección. Lo que atrae a la protagonista no es solo su juventud o su misterio, sino la sensación de ser escuchada, de volver a sentirse vista. Y ese es probablemente el punto más honesto de la serie: muchas veces no deseamos a una persona, sino la posibilidad de ser otra versión de nosotros mismos.
Al terminar los ocho episodios queda la impresión de haber visto algo más que una historia sobre obsesión. Vladimir habla del miedo a envejecer, de la dificultad de aceptar las decisiones que ya no se pueden cambiar y de la tentación constante de imaginar que todavía queda una salida distinta. También habla de cómo nos contamos nuestra propia vida para que tenga sentido, aunque sepamos que no siempre es verdad. El final es sorprendente y acarrea su propia moraleja… pero aquí no hacemos spoilers.
