Jocelyne Saab puso unos lápices de colores en manos de unos niños que habían sobrevivido a una matanza. Era 1976, en Beirut. Habían escapado de la masacre de Karantina y la directora les propuso dibujar mientras los filmaba. También observó sus juegos. La violencia que acababan de presenciar se había instalado en ellos: reproducían la guerra, sus gestos, sus enfrentamientos. Aquella experiencia dio lugar a Los niños de la guerra, un cortometraje que permitía comprender la profundidad del daño a través de lo que hacían los supervivientes más pequeños.
La película podrá verse este viernes, 6 de noviembre, en la Filmoteca Valenciana, dentro del homenaje que la Mostra de València dedica a la cineasta junto al festival Dona i Cinema. Dos sesiones recuperan su trabajo documental, desde la resistencia palestina hasta la vida cotidiana de un Líbano devastado. Para muchos espectadores será el primer encuentro con una autora que filmó algunos de los acontecimientos decisivos de Oriente Próximo y cuya obra ha circulado durante décadas con enormes dificultades.

Nacida en Beirut en 1948, Saab creció en una familia maronita y estudió Economía, aunque pronto se orientó hacia el periodismo. Escribió bajo la supervisión de Etel Adnan y aprendió a montar trabajando en la radio. Su entrada en la televisión francesa tuvo algo de accidente profesional: en 1973 iba a viajar a Libia como traductora para un reportaje sobre Gadafi, pero el periodista encargado no consiguió el visado. Ella terminó realizando el trabajo.
Después llegaron las coberturas de la guerra de octubre de 1973 y de los conflictos que atravesaban la región. La televisión le proporcionaba medios y acceso al público, pero también imponía límites. En 1974, la redacción de la ORTF rechazó Las mujeres palestinas, su película sobre la participación femenina en la resistencia. Saab renunció al puesto de corresponsal que le ofrecían y emprendió su camino como documentalista independiente.
La elección de aquellas protagonistas resulta reveladora. Las palestinas tenían convicciones, responsabilidades y una experiencia política que merecía ser escuchada. Su presencia alteraba un relato del conflicto dominado por dirigentes y combatientes masculinos. Saab se interesaba por lo que esas mujeres podían contar de sí mismas, una atención que años después trasladaría al deseo, la educación sentimental y el control del cuerpo.

Conviene detenerse en esa amplitud para entender su cine. La guerra ocupa buena parte de su filmografía, aunque reducirla a una reportera valiente dejaría fuera su trabajo sobre el lenguaje de las imágenes. Introdujo formas de montaje más libres, recurrió a la poesía y colaboró con escritores. Etel Adnan participó en Beirut, nunca más y Carta desde Beirut; Roger Assaf, en Beirut, mi ciudad. La información convivía con la experiencia de alguien que conocía las calles antes de que fueran destruidas.
En esa relación con Beirut se encuentra una de las singularidades de su obra. Filmar su ciudad suponía registrar la transformación de un lugar al que pertenecía. Las ruinas tenían una historia anterior al bombardeo. Habían sido casas, espacios de convivencia, escenarios de una infancia. Beirut, mi ciudad, realizada en 1982 durante el asedio israelí, lleva esa implicación hasta el propio título: la cineasta se reconoce dentro de aquello que está contando.
Su atención a la infancia tampoco respondía a una idea complaciente de la inocencia. En Los niños de la guerra, el juego hace visible una violencia que ya está siendo aprendida. Saab comprendía que la cámara podía registrar consecuencias difíciles de expresar en un balance de víctimas. El cortometraje obliga a permanecer junto a esos niños y a observar lo que la matanza ha hecho con su manera de relacionarse.

La recuperación de su figura permite, además, revisar una historia del cine que ha dejado demasiado espacio vacío alrededor de las directoras árabes. En 2022, el Museo Reina Sofía reunió su trabajo con el de Atteyat Al-Abnoudy, Selma Baccar, Assia Djebar y Heiny Srour. Sus trayectorias, iniciadas en los años setenta, desmienten la impresión de que las mujeres se incorporaron recientemente a la creación cinematográfica de la región. Las películas existían. Su conservación, distribución y reconocimiento han sido mucho más precarios.
En 2005, Saab estrenó una de sus obras más controvertidas, Dunia, centrada en una joven egipcia que desea bailar. La protagonista, interpretada por Hanan Turk, ha estudiado literatura y busca una forma de expresar su sensualidad dentro de una educación restrictiva. La poesía árabe, la música y la danza acompañan esa exploración. La mutilación genital femenina aparece como una violencia que interviene brutalmente en la relación de las mujeres con su propio cuerpo.
El proyecto atravesó años de investigación y dificultades. Antes del rodaje, la censura egipcia ya había rechazado el guion. Después llegaron la controversia y los obstáculos a su exhibición. Las autoridades exigieron retirar una escena de mutilación genital. Saab llegó a repartir folletos en las calles de El Cairo para animar a los espectadores a ver la película y formarse una opinión. Había dedicado años a construir aquel relato y se encontraba defendiendo personalmente la posibilidad de que alcanzara a su público.

Dunia amplía el sentido político de su filmografía. La autonomía de una mujer, su placer y su capacidad de elegir ocupan el centro de la historia. La tradición cultural árabe proporciona a la protagonista recursos para explorar esa libertad: versos, canciones, movimientos. Saab encontraba en ese patrimonio una riqueza que desbordaba las prohibiciones con las que pretendían disciplinarlo.
Murió el 7 de enero de 2019. La asociación creada para preservar su legado emprendió entonces una búsqueda de copias y materiales originales dispersos entre archivos, instituciones y laboratorios. El trabajo ha permitido descubrir que algunas películas emitidas por la televisión francesa habían sufrido remontajes que atenuaban su contenido político. Recuperar las versiones originales también significa devolverles decisiones de la directora que el público no siempre había podido conocer.
La restauración ha servido para formar a profesionales libaneses y desarrollar conocimientos técnicos en Beirut. En 2026, la asociación apoyó la creación de Maraya, un laboratorio instalado en la Biblioteca Nacional y dirigido por tres técnicos formados a través de sus actividades. La conservación de estas películas está dejando así herramientas para trabajar con otros archivos del país.

