Empezar por Almudena Grandes es empezar por la casa de todas. La madrileña irrumpió en 1989 con Las edades de Lulú, Premio La Sonrisa Vertical y escándalo de sobremesa en un país que todavía se ruborizaba con el deseo femenino contado en primera persona, y a partir de ahí construyó una obra que fue ensanchándose hasta abarcar la memoria entera de España. Sus Episodios de una guerra interminable, la serie que arrancó con Inés y la alegría y que le valió el Premio Nacional de Narrativa con Los pacientes del doctor García, son la respuesta galdosiana que nuestra literatura les debía a las mujeres de la posguerra, a las que resistieron y a las que sobrevivieron como pudieron. Hay que leerla porque nadie ha escrito Madrid con tanta ternura y tanta rabia a la vez, y porque Todo va a mejorar, su novela póstuma, demuestra que su mirada seguía apuntando al futuro hasta el último día.
Milena Busquets escribe como quien te invita a un vermut en Cadaqués y acaba hablándote de la muerte, del deseo y de Proust sin que sepas en qué momento cambió la conversación. También esto pasará (Anagrama, 2015), la novela en la que convirtió el duelo por su madre, la editora Esther Tusquets, en un verano de playa, amantes y amigas, se publicó en más de treinta países y llegó al cine, y La dulce existencia cuenta precisamente las andanzas de aquel rodaje. Su último libro, Mujeres elegantes (Lumen, 2026), reúne textos nacidos de un blog personal sobre el amor, la maternidad, el estilo y el paso del tiempo, y tiene algo de justicia poética, ya que es el primero que publica en Lumen, la editorial que dirigió su madre durante décadas. Léela cuando necesites recordar que la frivolidad, bien escrita, también puede ser una cosa muy seria.
Irene Solà escribe en catalán y consigue que hablen las montañas, literalmente. En Canto jo i la muntanya balla (Anagrama, 2019), publicada en castellano como Canto yo y la montaña baila y ganadora del Premio de Literatura de la Unión Europea, toman la voz las nubes, las setas, los corzos, los muertos y unas mujeres acusadas de brujería en el Pirineo. En Te di ojos y miraste las tinieblas sigue a un linaje femenino y maldito de una masía de las Guilleries por el que desfilan bandoleros, maquis, fantasmas y algún que otro demonio; su traducción al neerlandés ganó en 2025 el Premio Europeo de Literatura. Leerla es comprobar que la literatura rural puede ser coral, mágica y salvaje sin perder nunca el pie en la tierra.
Bibiana Collado Cabrera es poeta, profesora de instituto y autora de una de las novelas más necesarias de los últimos años sobre clase y género. Yeguas exhaustas (Pepitas de Calabaza, 2023) cuenta la historia de una madre con los dedos agarrotados de triar naranjas en un almacén y limpiar pisos de vacaciones ajenos, y de una hija con los dedos igual de rígidos de teclear tesis y artículos académicos, mientras suenan Camela y Estopa y el famoso ascensor social se queda atascado entre dos plantas. En Marcelino. Decires de un hombre (Pepitas de Calabaza, 2026) da la vuelta al foco y presta su voz a un anciano de campo que repasa la posguerra, su amor por Encarna y la dificultad de ser hombre con un lenguaje que no le alcanza para decir lo que siente. Y si te quedas con hambre, su poemario Chispitas de carne (La Bella Varsovia, 2024) es un regalo.

Cristina Araújo Gámir debutó por todo lo alto con Mira a esa chica (Tusquets Editores, 2022), XVIII Premio Tusquets Editores de Novela en 2022, una historia durísima sobre Miriam, su pandilla de amigos y lo que ocurre cuando la adolescencia se topa con el abuso y con el juicio implacable de los demás. Lejos de instalarse en ese registro, en Distancia de fuga (Tusquets Editores, 2026) se atreve con una historia de amor entre una aspirante a actriz y un joven académico que indaga en la complejidad de la fama y en los efectos de la sobreexposición mediática. Dos novelas muy distintas que comparten una misma inteligencia para observar cómo nos mira el mundo y qué hacemos nosotras con esa mirada.
Elisa Levi publicó su primer libro, el poemario Perdida en un bol de cereales (Espasa, 2016), con veintidós años, y desde entonces ha ido construyendo una voz generacional que se mueve entre la poesía, el teatro y la novela. Tras Por qué lloran las ciudades (Temas de Hoy, 2019), sobre Ada, una joven que se queda sola en Japón tras el suicidio de Denis, llegó Yo no sé de otras cosas (Temas de Hoy, 2021), la historia de Lea, una chica de diecinueve años que nunca ha salido del Pueblo Pequeño hasta que aparece un forastero. Es una fábula rural con aroma a García Márquez y a Lorca que en Estados Unidos se ha publicado como That’s All I Know y ha recibido una estrella de Kirkus.
Elisenda Solsona viene del cuento fantástico en catalán, donde Satèl·lits (Males Herbes, 2019) le dio premios y lectoras fieles, y con Mammalia (Males Herbes, 2024; en castellano en Lava, 2025, con traducción de Flavia Company) dio el salto a la novela con una historia que mezcla thriller, ciencia ficción y secretos familiares. Cora, una niña de ocho años que se pierde en bicicleta durante unas vacaciones en el sur de Francia, se refugia de la tormenta en una cueva con unas pinturas extrañas que la perseguirán toda la vida; de fondo, un mundo distópico marcado por los problemas de fertilidad y una reflexión que la propia autora ha definido como un homenaje a la no maternidad. Premio Ictineu, Premi 42 y Premi Maria Àngels Anglada, la crítica catalana ya se ha rendido y ahora nos toca a las demás.

Los cuentos también son literatura de primera división, y Virtudes Olvera está aquí para recordárnoslo. Tras Pájaros mojados en un cable de luz (Esdrújula, 2022), dieciocho relatos sobre esos días en que la vida te empapa sin avisar, publicó Mamíferos (Esdrújula, 2024), catorce cuentos que empezaron a gestarse durante su embarazo y que exploran lo que queda de animal en nosotras, del instinto a la maternidad pasando por una violencia que nunca termina de domesticarse. Ya va por la segunda edición; se ha convertido en habitual de los clubes de lectura y su nombre empieza a aparecer junto al de Mariana Enriquez o Guadalupe Nettel cuando se habla de la buena salud del cuento en español, que es exactamente el sitio que le corresponde.
Una asesina a sueldo especializada en matar abuelas por encargo de sus propios hijos varones; así de fuerte entró Irene Cuevas en las librerías con Un momento de ternura y de piedad (Reservoir Books, 2024), una novela de humor negro sobre malas madres que quizá no lo sean tanto, hijas con un apego feroz y el miedo a perder a quien te dio la vida, elegida por El Cultural entre los mejores debuts del año. En 2026 ha vuelto con Animal print (Reservoir Books), siete fábulas contemporáneas en las que una adolescente disfrazada de leoparda busca ternura en una fiesta, las gacelas devoran leones y lo queer asoma bajo cada piel estampada. Feroz, delicada y nada domesticable, es de esas autoras a las que conviene seguirles la pista muy de cerca.
Lana Corujo era ilustradora y poeta, autora de Ropavieja (2021), cuando, pese al miedo que le daba publicar, según ha contado ella misma, se lanzó con su primera novela. Han cantado bingo (Reservoir Books, 2025) es la historia de dos hermanas unidas por un juego, un volcán y una tragedia, organizada como un cartón de quince números que coinciden con las edades de la protagonista; una novela sobre el duelo entre hermanas, sobre un don familiar que se hereda y se sufre, y sobre una isla tan áspera como el rofe de Lanzarote. Premio Librería de Mujeres 2025 y Premio Javier Morote a la mejor autora revelación, es de esos libros que se recomiendan entre amigas con un “prepara los pañuelos” de por medio.
Cerramos con Carlota Visier, cofundadora de la editorial Comisura y una de las voces más frescas del año. Visier se crió, literalmente, entre las bolas de un parque infantil, el que regentaba su madre en Cuenca, y de ese universo de Game Boy, Spice Girls y cumpleaños ajenos nace Hija única (Temas de Hoy, 2026), una novela fragmentaria de autoficción con fotos, cartas e imágenes inesperadas en la que Irasema, su alter ego, aprende que crecer también es ser observada y archivada por una madre que lo guarda todo. Ese gesto de guardar para no perderse da título a Archivo para no desaparecer (2026), el libro que firma junto a Laura C. Vela, y resume bastante bien el espíritu de esta lista.

Una habitación propia, y muchas lectoras dentro
La lista tiene todavía pendientes porque el talento literario de las escritoras españolas es inagotable y cada mes llega a las librerías alguna debutante dispuesta a ponernos la estantería patas arriba. Lo que dibuja esta lista, más allá de los gustos de una, es una literatura escrita por mujeres que habla de dinero, de cuerpo, de deseo, de clase o de miedo, y que trata lo íntimo como la puerta de entrada a todo lo demás.
Virginia Woolf pedía para las escritoras una habitación propia y quinientas libras al año; las autoras españolas contemporáneas tienen ya la habitación, aunque a menudo sea compartida y con un alquiler abusivo, y lo que necesitan ahora somos nosotras, las lectoras que las compramos, las prestamos, las subrayamos y las llevamos a los clubes de lectura. La pregunta que queda flotando es cuántas de ellas estarán en los temarios de los colegios dentro de unos años y cuántas tendrán que esperar, como esperaron Laforet o Pardo Bazán, a que alguien las rescate del cajón. De momento, la respuesta está en nuestras manos y en nuestras mesillas de noche.

