Juan del Val y Andrei Tarkovski quedan para pegarse

Leer no es bueno, la influencer lo dice. Y yo he comprobado en mis propias carnes que tampoco es sano: nunca hagas este experimento

Juan del Val, en una imagen de su Instagram
Juan del Val, en una imagen de su Instagram

Después de toda una vida dedicada a mi opción fundamental, tener las retinas quemadas de ver películas, haber estudiado en la Escuela de Cine, ser profesor en un máster de cinematografía, además de crítico y analista en varios medios y por último productor, consideré hace unas semanas que tenía el suficiente conocimiento acumulado y que había llegado el momento de enfrentarme a Esculpir en el tiempo,  el mayor manifiesto teórico sobre el séptimo arte escrito por el inescrutable cineasta ruso Andrei Tarkovski, autor de las igualmente crípticas Solaris, Stalker, Sacrificio y media docena más de poesías visuales. Craso error. Mis fundados temores se expandieron página a página, hasta que entré en el famoso “bucle lector de Dory”, esa amnesia anterógrada del adorable pez de Disney, provocada cuando terminas de leer una frase y tienes que empezarla de nuevo porque ya la has olvidado. Eso en el mejor de los casos, esto es, que hayas logrado entender algo de ese “compendio creador” como lo denominan en la fajilla los de la editorial o “bocadillo de polvorones en verbo”, como lo llamo yo.

No me atrevo a analizarlo, no vaya a ser que el trauma renazca, así que tan solo mencionaré algunos enigmas sintácticos que Esculpir en el tiempo encierra, como “la imagen tiende hacia lo infinito y conduce al absoluto” o “la imagen es una ecuación determinada que expresa la relación recíproca entre la verdad y nuestra conciencia, limitada al espacio euclídeo”. Si la frase en sí es delirante, el chimpún final es directamente de traca. Conocí hace tiempo a un estudioso de Tarkovski que se metió tanto en su hondura que el libro se lo tragó y desapareció. Yo llamé a María Pombo para que me lo explicara, pero estaba ocupada presentando un simposio sobre el Ulises de Joyce.

Andrei Tarkovski

La casualidad literaria o el destino divino ha querido que después de lograr llegar al punto y final de este insondable mamotreto, tuviera en mi short list de libros otro bastante más accesible y aparentemente más liviano, o por lo menos pegado a la realidad, que me leí inmediatamente después. Se trata de la novela Vera, una historia de amor del periodista taurino “sin ser periodista” (sic) devenido en escritor Juan del Val. Del Val ya había escrito anteriormente algunos libros que yo me había leído. Especialmente uno, Delparaíso, que me llamó la atención por su brillante título metalingüístico y por la atractiva pretensión de su autor de jugar consigo mismo y transmutarse en un Truman Capote de strapazzo para hablar del universo del que él es parte, desde la sátira, la distancia y el cinismo de quien se redime de sí mismo, “yo soy uno de estos superfluos pijazos, pero como he escrito este libro ya no lo soy y me sitúo en un plano superior aunque siga disfrutando de todo el barniz material que me corresponde”.

Sin embargo, la novela me pareció mala, muy mal escrita, plagada de lugares comunes, artificiosamente tempestiva y guiada claramente por una idea editorial, en la que todo suena a ya visto y a ya oído y, que lejos de lograr su objetivo inicial, le vuelve a colocar en su lugar inicial, epidérmico e inane. Su última novela no hace sino reafirmarme en lo que pensé entonces y amplificarlo, como gusta a su autor, el rey del sintagma subrayadito (“mirada especial”, “risa a tiempo”, “manera de mirar”, “belleza limpia”), apasionado del gerundio, las autolesiones en una misma frase (“se parecen mucho físicamente de manera enigmática”, “bares de copas que casi todos abren por la noche”, “nadie sabe qué día comienza el futuro, si es mañana o dentro de un año, porque dentro de un año el futuro será el año siguiente”, o “descruza la pierna derecha, que tenía encima de la izquierda, y coloca esta encima de la derecha, invirtiendo la posición anterior”), los aforismos de cena de empresa (“la vida sin besos es áspera”, “la libertad es perder el miedo a equivocarse”) o la narrativa elefantiásica que jalona todo el relato, jornada de puertas abiertas, para que el guionista de Atresmedia lo tenga más fácil y los lectores nos enteremos de qué va una novela tan críptica y disruptiva, pues somos imbéciles.

Vera, una historia de amor - Cultura
Portada de la novela ‘Vera, una historia de amor’, de Juan del Val.
Editorial Planeta

Pero esa es mi opinión, probablemente minoritaria, porque gentes mucho más eruditas que yo como Pere Gimferrer, Carmen Posadas o Juan Eslava Galán han considerado a Vera, una historia de amor, como el mejor libro entre más de mil trescientas obras que supongo habrán leído y lo refrendan con un millón de euros. Y al igual que hice con Esculpir en el tiempo, tampoco voy a entrar mucho en disquisiciones literarias, porque los críticos de este país ya se han encargado de hacerle un Fahrenheit 451.

La lectura casi simultánea de ambos libros me acompañó a la cama enfebrecido de prosa y esa noche tuve un sueño, más bien una pesadilla, en la que compartía mesa camilla con Andrei Tarkovski y con Juan del Val. Hablábamos y hablábamos, pero no nos escuchábamos; Tarkovski, declamando su propia poesía soviética, encerrado en una jaula de cine elitista, esquinada y afortunadamente superada, y Del Val de cuclillas debajo de la mesa, adoptando la posición estratégica llamada la tortuga, ideada por las cohortes romanas, esquivando tomatazos que le lanzaban los críticos literarios Jordi Gracia y Rodrigo Blanco, al tiempo que gritaban en perfecto latín: “¡Excusatio non petita accusatio manifesta!”.

Juan del Val
Fotografía de Javier Ocaña

Desperté de un salto empapado en sudor. Y me volví a dormir. Y volví a soñar.

Mi mente viajó a un callejón del extrarradio, donde las frases de los dos libros pendían de estandartes portados por sendas bandas callejeras que habían quedado para pegarse. Los soldados de Tarkovski vestían jerséis de cuello de cisne, gafas de carey y estaban capitaneados por Euclides y James Joyce. La de del Val, con total look de de Ecoalf para no manchar el planeta, y lideradas por Albert Rivera y Emilio Aragón, no me preguntes por qué. En el sueño yo mismo me lo preguntaba, sueño sobre sueño, y llamaba a Freud para que me explicara la simbología, pero estaba ocupado hablando por teléfono con Woody Allen.

Me importan un pimiento tanto Tarkovski como del Val. De Tarkovski me interesan un par de películas y el resto me parecen soporíferas y ombliguistas hasta la náusea, en un arte, sí, arte, como es el cine, pero que tiene mucho de espectáculo de masas, algo que Tarkovski olvidó en algún momento y que, como ya está muerto, no se va a enfadar; y Juan del Val, del que yo modestamente pienso que no tiene talento para la escritura, pero que me cae muy bien y me río mucho con sus bufonadas de pureta en El Hormiguero. Lo único que me importa es que un universo como el literario sea la metáfora perfecta de la naturaleza humana: tan lejos y tan cerca al mismo tiempo.

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