Históricas

Juana I de Austria y Mateo Sánchez: claves de una identidad histórica desconocida

Juana I de Austria desafió su tiempo desde diferentes frentes: regente y, en secreto, la única mujer que logró ingresar en la Compañía de Jesús bajo identidad masculina

Juana I de Austria, que en secreto y en la clandestinidad fue Mateo Sánchez, encarna una de las paradojas más fascinantes del siglo XVI. Bisnieta de Isabel la Católica, nieta de Juana I de Castilla, hija del emperador Carlos V, su linaje parecía destinado a la visibilidad del poder; sin embargo, su operación más audaz se consumó en secreto.

Infanta de España, regente en ausencia de su hermano Felipe II y fundadora de un monasterio que aún hoy permanece como una joya secreta, en el centro de Madrid, Juana trascendió los límites impuestos a su condición de mujer. En 1555, con apenas veinte años, logró lo impensable: ingresar en la Compañía de Jesús, una orden que excluía —y aún excluye— a las mujeres. Lo hizo amparada por una autorización excepcional y bajo una identidad protegida, casi literaria: Mateo Sánchez. La primera jesuita.

Desde esa posición invisible, pero profundamente activa, Juana protegió a los jesuitas, impulsó su expansión y favoreció la fundación de colegios en España y en territorios americanos. Su pertenencia a la orden constituye, aún hoy, un caso único, una anomalía histórica que sólo puede entenderse a la luz de su poder, su inteligencia y su intensidad espiritual.

Y es que la vida de Juana estuvo atravesada por pérdidas tempranas y decisiones que exigían una tenacidad íntima, donde la fe operaba como disciplina interior, una forma de sujeción frente al desgarro.

Renunciar a la maternidad por deber

Huérfana de madre a los cuatro años. A los 18, la muerte regresó con una insistencia implacable: el 2 de enero enviudó súbitamente del infante Juan Manuel, heredero de Portugal. Dieciocho días más tarde, aún ceñida por el luto, dio a luz a su hijo, el futuro rey Sebastián I de Portugal.

Ese mismo año, su hermano, Felipe II, la llamó a ocupar la regencia de España con potestades de reina. Juana obedeció. Partió en mayo hacia la corte, dejando en Portugal a su hijo, apenas un bebe de cuatro meses, confiado a manos ajenas. No fue solo una separación: fue una disposición. No volvió a verlo.

Portugal no la reconocía como reina; el niño, en cambio, sí podía llegar a serlo. Y para que esa posibilidad no se quebrara, Juana hubo de ausentarse. No eligió entre dos lealtades: aceptó la lógica de su tiempo.

En ese gesto —seco, irreversible— se cifra una forma de poder: deber antes que maternidad, imperio antes que consuelo.

Una regencia que rompió moldes

Su regencia en España constituye uno de los episodios más notables de gobierno femenino en la Europa del siglo XVI. Desplegó una capacidad política que sorprendió incluso a los círculos más escépticos de la corte. Su actuación fue especialmente significativa en el ámbito de la Hacienda, donde gestionó la crisis financiera heredada del imperio mediante la suspensión de pagos de 1557, una medida extrema pero necesaria para estabilizar la economía.

En materia de justicia, impulsó reformas que introducen un matiz humanitario: ordenó la separación de presos por deudas de los delincuentes violentos y promovió medidas de protección para los hijos de las reclusas. Al mismo tiempo, trabajó para agilizar los procesos judiciales y reforzar ciertas garantías procesales.

En el plano militar y defensivo, fortaleció las costas frente a la presión otomana y atendió a la siempre inestable frontera con Francia.

Todo ello se inscribe en un momento de expansión sin precedentes de la Monarquía Hispánica: la consolidación de los territorios americanos, la fundación de universidades en México y Lima, el avance del Concilio de Trento, el desarrollo del comercio entre Filipinas y América o el inicio de proyectos como El Escorial. En ese marco, Juana ocupa un lugar menos visible y, sin embargo, decisivo: no como agente de impulso, sino como instancia de sostén. Su regencia operó como un principio de continuidad, una forma de estabilidad casi abstracta, sobre la que pudo asentarse, la expansión.

El monasterio: una huella imborrable

El legado más visible —y el que se descubre— de Juana de Austria se cifra en el Monasterio de las Descalzas Reales, erigido sobre su propia casa natal. Allí vivió los últimos 14 años de su vida; allí eligió permanecer, incluso después de la muerte. Hoy, abierto al público, el monasterio no se recorre: se atraviesa. Es un viaje en el tiempo sin artificio, un espacio donde la historia se respira, te envuelve.

En su interior, el arte europeo despliega su propia geografía: Peter Paul Rubens, Francisco de Zurbarán o Bernardino Luini dialogan con reliquias que no son mero objeto devocional, sino piezas de una diplomacia sutil. Durante siglos, estas reliquias circularon como signo de favor entre el Papado, el Imperio y la monarquía hispánica. Su circulación tejía alianzas, sellaba favores y ordenaba prestigios entre cortes y con el Papado. Custodiarlas no era una forma de rango: elevaban al monasterio a la condición de espacio donde lo espiritual y lo político dejaban de distinguirse.

Pero es en la Capilla de las Mujeres Fuertes donde el conjunto alcanza plena conciencia de sí: Judith, Ester, Débora. No están allí para ser contempladas, sino para ser interpretadas. Encarnan decisión, inteligencia, autoridad. Son, en el fondo, una afirmación. Y en ellas —sin necesidad de retrato— comparece Juana.

Murió en 1573, con apenas treinta y ocho años. Vivió poco, pero con una intensidad irrepetible; gobernó sin alarde; creyó sin exhibición. Su vida, hecha de deber y sostenida por una fe implacable, encuentra en este lugar su forma más perdurable. Quien cruza hoy las Descalzas no visita un monumento: entra en una presencia. Y allí, intacta, permanece Juana —y, con ella, Mateo Sánchez—.

*Eugenia Bugallal es fundadora de www.spanish-balcony.com.

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