En el siglo XII, en un tiempo de castillos y de reinos que cambiaban de manos entre alianzas y guerras, nació Leonor de Aquitania. Según los vocablos provenzales Alienor, alie (águila) y or (oro), su nombre se interpreta literalmente como “águila dorada”.
Duquesa por derecho propio, llevó sobre su destino tres coronas: reina consorte de Francia entre 1137 y 1152 junto a Luis VII de Francia (Luis el joven, dinastía de los Capeto), reina consorte de Inglaterra entre 1154 y 1189 junto a Enrique II de Inglaterra (Enrique Plantagenet) y, más tarde, reina regente durante la ausencia de su hijo Ricardo I de Inglaterra entre 1190 y 119.
Fue madre de diez hijos: el primero lo tuvo a los veintiún años y el último a los cuarenta y cinco. En la Edad Media, la maternidad no solo aseguraba la continuidad del linaje, sino que otorgaba a una mujer un poder decisivo; Leonor no fue una figura secundaria en la vida de sus hijos, sino un referente constante, y su influencia se extendió también a sus nietas.
Su último gran viaje a caballo lo realizó a los setenta y ocho años, cruzando los Pirineos hacia la corte de su hija en Castilla. El propósito era político y estratégico: sellar la paz entre Francia e Inglaterra mediante el matrimonio de su nieta Blanca de Castilla con el futuro Luis VIII de Francia.
Atravesó el tiempo con una fuerza poco común, hasta morir a los ochenta y dos años, en una época en la que la esperanza de vida apenas permitía a la mayoría superar los cincuenta o sesenta. Su longevidad fue, como su vida, una excepción marcada por la voluntad
Leonor nació en 1122 en el Ducado de Aquitania, un territorio inmenso y próspero que ocupaba gran parte del suroeste de la actual Francia. Aquitania era más extensa y rica que el propio dominio del rey francés. Sus tierras producían vino, sus puertos mantenían un activo comercio atlántico y su corte destacaba por una intensa vida cultural. Allí, los trovadores cantaban en lengua occitana y desarrollaban una visión refinada del amor y la poesía.

En ese ambiente creció Leonor. Recibió una educación cuidada, propia de las familias nobles.
Esta formación contribuiría más tarde a su fama como protectora del amor cortés y de la cultura trovadoresca, y la convertiría en una de las grandes mecenas artísticas de su tiempo. El amor cortés transformaba el deseo en admiración refinada, disciplina emocional y elevación espiritual: el amante sufría, esperaba y, en esa espera, se purificaba.
También fue testigo de un cambio estético decisivo. El 11 de junio de 1144 asistió a la consagración de la iglesia de la Basílica de Saint-Denis, considerada el inicio del arte gótico.
Fue además la fuerza impulsora de un panteón real de los Plantagenet en la región de Anjou, adornado con esfinges policromas, cuya construcción se prolongó durante casi treinta años. Su influencia artística y cultural también se proyectó a través de su hija Leonor de Inglaterra, reina de Castilla por su matrimonio con Alfonso VIII de Castilla, quien promovió el Panteón Real de las Huelgas en Burgos. De este modo, Leonor desempeñó un papel fundamental en el traslado y la difusión de influencias culturales y religiosas vinculadas a la dinastía Plantagenet en la península ibérica.
Aquitania le ofreció además algo poco habitual para muchas mujeres de su tiempo: un entorno de poder y una cierta libertad. Allí gobernaba su padre, Guillermo X de Aquitania.

Guillermo X supo que iba a morir, para proteger a su hija llego a un pacto con el rey de Francia para que Leonor sea la mujer de su hijo. Guillermo X murió en abril de 1137. Leonor tenía quince años. Se convirtió, en el mejor partido de Europa occidental, la mujer más rica y poderosa de la Edad Medía
Ese mismo año, tres meses después, a los 15 años, se casó con el futuro Luis VII de Francia, uniendo sus vastos dominios a la corona francesa y al poco tiempo fue coronada reina de Francia.
Uno de sus primeros gestos de poder fue el intento de recuperar Toulouse, una aspiración que se convirtió en una obsesión personal. En ese empeño dejó clara una verdad que muchos preferían olvidar: Aquitania no era un regalo ni una concesión matrimonial, sino una herencia viva, un poder propio desde el cual proyectaba su ambición y su voluntad política.

Entre 1147 y 1149, Leonor de Aquitania partió a la Segunda Cruzada junto a Luis VII de Francia, en una expedición nacida para defender Tierra Santa. Viajó rodeada de damas nobles, llevando consigo el brillo de su corte y un espíritu que desentonaba con la rigidez del rey. En Constantinopla descubrió un mundo más refinado y complejo, y en Antioquía su carácter independiente chocó con el de Luis: ella apoyó la estrategia militar de su tío Raimundo hacia la ciudad de Alepo; él prefirió el camino de la devoción.
Aquel desacuerdo abrió una grieta irreparable. Surgieron sospechas, reproches y el deseo de separación. Leonor abandonó Antioquía casi como prisionera. En 1152 obtuvo la anulación del matrimonio y, apenas ocho semanas después, se unió a Enrique II de Inglaterra, cambiando para siempre el mapa político de Europa
A Leonor de Aquitania la siguió siempre una sombra de leyenda negra, nacida del miedo al poder cuando este toma rostro de mujer. Vivió con una intensidad que su siglo apenas podía comprender: amó y gozó, odió y conspiró, combatió, cabalgó y danzó, moviéndose por el mundo con la libertad de quien no acepta vivir en silencio.
Fue una gobernante situada entre dos imperios rivales, observada por cronistas severos que juzgaban más su audacia que sus actos. Y así, mientras los hombres eran llamados fuertes o ambiciosos, en ella vieron peligro. Leonor quedó escrita en la historia como una fuerza difícil de contener, una voluntad que su tiempo admiró en secreto y temió en voz alta
