Históricas

Juana I de Castilla, siempre: la reina a la que no dejaron reinar y a la que robaron el nombre

Durante siglos la explicación fue cómoda: Juana estaba loca. El apodo de Juana la Loca resolvía el asunto con una eficacia casi administrativa

La reina Juana I de Castilla
La reina Juana I de Castilla

Juana I de Castilla vivió 76 años y 46 de ellos bajo vigilancia en Tordesillas. Y, pese a todo, siguió siendo la reina de Castilla. La pregunta no es solo cuánto tiempo, sino quién decide ese encierro. ¿Quién sería capaz de imaginar que quienes consienten ese encierro sean, primero, nuestro propio padre; después nuestro marido; y finalmente nuestro hijo?

Durante siglos la explicación fue cómoda: Juana estaba loca. El apodo de Juana la Loca resolvía el asunto con una eficacia casi administrativa. Pero cuando se examinan los hechos, la historia deja de parecer un drama romántico y empieza a mostrarse como lo que realmente fue: un problema político. La etiqueta de la locura resultó extraordinariamente útil para quienes tenían interés en gobernar en su nombre. La reina seguía siendo reina, pero el poder lo ejercían otros.

Juana fue madre de seis hijos, nacidos en medio de alianzas dinásticas y tensiones políticas que atravesaban Europa. En Flandes quedaron Leonor, con ocho años; Carlos, con seis; Isabel, con cinco; y María, apenas un bebé. Su hijo Fernando fue enviado a Castilla para ser criado por su abuelo Fernando II de Aragón. Y la menor, Catalina de Austria, nació en Torquemada en 1507, ya después de la muerte de su padre Felipe. Aquella maternidad estuvo atravesada por la política: los hijos de Juana eran también piezas de la diplomacia europea.

Madre e hijo distanciados

Con Carlos I de España, la relación quedó marcada por la distancia desde el principio. Carlos estuvo con su madre solo hasta los seis años, y ni siquiera de forma continuada. Después no volvería a verla hasta que tuvo diecisiete. Entre esas dos edades transcurre una infancia entera. Antes de ser emperador, Carlos fue un niño criado lejos de su madre; y antes de ser declarada incapaz, Juana fue una madre progresivamente privada de sus hijos.

La menor, Catalina, vivió con su madre quince años en Tordesillas y desarrolló hacia ella un profundo afecto. Aquella convivencia fue uno de los pocos refugios humanos dentro del encierro. Catalina no veía a una reina loca; veía a su madre y le escribía con cariño y respeto.

Juana I de Castilla con sus hijos.

En 1506, tras la muerte de Felipe I de Castilla, entró en Valladolid sola, vestida de negro, sin damas de compañía y ocultando un embarazo avanzado. Durante mucho tiempo se interpretó aquella escena como una reacción sentimental. Pero, observada desde la lógica política del siglo XVI, fue una declaración de poder. La teoría medieval distinguía entre la persona del monarca y el llamado “cuerpo del rey”, la representación institucional del Estado. Ese cuerpo político debía presentarse libre de atributos privados. Juana entraba en Valladolid no como viuda, sino como la Corona.

Entre 1506 y 1507, un periodo que la historiografía suele pasar por alto, Juana ejerció el poder. Revocó mercedes otorgadas por Felipe, firmó documentos y defendió los intereses de Castilla frente a la influencia flamenca. Su argumento era claro: Castilla no debía ser gobernada por extranjeros.

Incluso el famoso cortejo fúnebre que acompañó el traslado del cuerpo de Felipe ha sido interpretado con demasiada ligereza. A menudo se ha presentado como una escena de desequilibrio emocional. Pero también tuvo una lógica política: viajar de noche evitaba el calor del verano castellano y prolongar el traslado permitía resistir nuevas presiones matrimoniales.

Fue precisamente esa imagen del cortejo la que el siglo XIX convirtió en mito. En 1878, Francisco Pradilla presentó su célebre cuadro de Juana velando el féretro de Felipe. El éxito fue inmediato. Multitudes acudían a contemplar a aquella reina sola, detenida en medio del frío castellano, prisionera de un amor eterno. La pintura fijó en la imaginación popular una imagen poderosa: la mujer consumida por la pasión. Resultaba más emocionante que la imagen de una reina defendiendo su legitimidad política.

Encerrada por razones políticas

En 1509, su padre Fernando el Católico ordenó su encierro en Tordesillas para asegurar el control del reino. Cuando Carlos llegó a España en 1517, la situación no cambió. El joven monarca aspiraba al trono del Sacro Imperio Romano Germánico y necesitaba estabilidad política. Para gobernar plenamente, su madre debía seguir siendo considerada incapaz.

Sin embargo, Juana seguía siendo legalmente la reina. Los documentos oficiales continuaban encabezándose con su nombre y muchas decisiones se firmaban en nombre de Juana I de Castilla. Incluso su nuera Isabel de Portugal la visitó en Tordesillas durante su regencia, tratándola con el respeto debido a la soberana legítima.

Juana_I de Castilla recluida en Tordesillas

En 1520, durante la revuelta de los comuneros, los rebeldes tomaron Tordesillas con una esperanza: conseguir la firma de la reina para legitimar su levantamiento contra Carlos. Una sola firma habría bastado para cambiar la historia. Juana se negó. No firmó nada. Ni apoyó la rebelión ni renunció a su dignidad de reina.

Mientras el imperio de su hijo crecía por Europa y América, la reina legítima de Castilla seguía viviendo en silencio detrás de los muros de Tordesillas. Y ahí reside la gran paradoja histórica: uno de los mayores imperios de la Edad Moderna se sostuvo mientras su reina permanecía encerrada, gobernando solo con el peso silencioso de su nombre. Doña Juana I de Castilla.

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