Máximo Huerta no habla de ficción cuando habla de Mamá está dormida. O, al menos, no habla solo de ficción. La novela nace de una experiencia personal —la enfermedad de su madre, el desgaste del cuidado, la incertidumbre diaria— y termina convertida en un relato sobre la memoria, el paso del tiempo y una generación de mujeres que vivieron sin preguntarse demasiado si podían elegir otra vida. En conversación con Artículo14, el escritor explica que el libro parte de una frase que le descolocó: “Un día mi madre me preguntó: ‘¿Y tu hermano dónde está?’. Yo no tengo hermano. Esa frase era casi diabólica. No podía solucionarlo en la vida real, así que me inventé uno en la novela”.
Ese gesto resume el origen del libro. La historia emocional es biográfica; la trama, no. “La parte emocional es paralela a mi vida, totalmente biográfica. El recorrido de la novela, la estructura, pertenece a la ficción. Pero lo que duele, lo que rasca, lo que te obliga a escribir, eso sí es real. No se puede escapar de la realidad, ni siquiera cuando te pones a escribir. Yo no podía escribir sobre el Oeste ni sobre el Madrid de los sesenta. Tenía que escribir desde donde estaba. Y donde estaba era cuidando”.
Huerta insiste en que nunca escribe para explicar, sino para preguntarse cosas. “El objetivo es la historia, contar esa historia. A veces se te desborda en las manos, pero escribir es hacerse preguntas y seguir adelante. Mientras escribía, la trama la tenía pensada, pero lo que iba descubriendo era la paciencia. La paciencia que tienes en la vida real cuando cuidas. Las novelas son ficción, pero la paciencia ha sido mi destino. Cuanta más paciencia, mejor”.

Ese aprendizaje atraviesa todo el libro. Mamá está dormida cuenta el viaje de un hijo y una madre en autocaravana por el norte de España, pero en realidad narra otra travesía: la de alguien que empieza a despedirse mientras sigue viviendo. El propio Huerta lo resume con una frase que repite a menudo: cuidar es empezar el duelo antes de tiempo. “Hay una tensión que quería trasladar a la novela. Ese no saber qué va a pasar. Qué pasará con tu madre, cuándo, en qué momento, si se despertará o no. El título tranquiliza, pero inquieta. Esa inquietud existe en la vida real”.
En ese viaje, el protagonista no solo se enfrenta a la enfermedad de su madre, sino a la historia de su familia, a los silencios heredados y a los secretos que aparecen cuando la memoria empieza a fallar. “Todos guardamos secretos. Cuántas cosas no sabremos nunca de nuestros padres, de nuestras abuelas, de cómo vivieron, de lo que querían. Cuando recuerdas, reinventas. Novelamos nuestra vida constantemente. Las anécdotas se exageran o se recortan. La memoria siempre es una ficción”.
Pero el libro no se limita a hablar de la memoria individual. Huerta quiere retratar a una generación. Y, sobre todo, a las mujeres de esa generación. “La posguerra hizo de muchas mujeres objetos invisibles. Transitaban del hogar a la cama y de la cama a las labores. Mi madre pertenece a una generación de mujeres que vivieron como un apéndice de los hombres, en todos los sentidos. Cuidadas por la religión, por la política, por los maridos, sin decidir qué hacer, cómo vivir, cómo vestir. Es un homenaje a ese tipo de mujer”.
Esa idea aparece de forma insistente en la novela y también en la larga conversación. Máximo Huerta habla de una prisión que muchas veces ni siquiera se percibía como tal. “Es una prisión asumida, tragada. Mujeres que no han hecho lo que querían, que no han estudiado, que no han podido elegir. Emilias Pardo Bazán hay pocas. La mayoría vivió otra cosa”.

En ese retrato aparece también la Sección Femenina, la rama femenina del partido Falange Española (más tarde FET y de las JONS), creada en 1934 y liderada por Pilar Primo de Rivera, que en el libro funciona como símbolo de una época. “Mi madre, como tantas otras, encontró en la Sección Femenina un lugar que fue prisión y liberación a la vez. Para muchas era la única salida de un entorno asfixiante. Viajaban, estaban con otras chicas, conocían mundo. Pero también era una tutela emocional. Les enseñaban cómo debían ser, cómo debían comportarse, cómo debía ser una mujer”.
Para Huerta, esa educación no pertenece solo al pasado. Cree que algunos modelos están regresando. “Las redes están llenas de nuevas trad wives, de mujeres que vuelven a modelos antiguos aunque digan que es voluntario. Se contagia. Los modelos se copian. Lo que veo es que muchas veces no haces lo que quieres, sino lo que debes hacer. Eso se transmite por ósmosis”.
El escritor observa con preocupación ciertas actitudes en los jóvenes. “Hay encuestas que muestran chicos muy machistas y chicas que quieren que las defiendan, que buscan un modelo de hombre fuerte, rudimentario. Parece que volvemos a un lugar donde el final del cuento es la boda, el vestido, la foto. Creíamos que lo habíamos superado”.
La novela también aborda la vejez como un asunto político, no solo familiar. España, dice, es un país que envejece sin saber cómo cuidar. “Cuando tienes a alguien dependiente, los médicos te dan medicinas, pero nadie te enseña a cuidar. Nadie te explica cómo gestionar cuando te preguntan por alguien que ya no está, cómo reaccionar cuando te dicen algo que no tiene sentido. No hay acompañamiento. Aprendes sobre la marcha. Y hay momentos de locura, de hartazgo, de culpa”.

Huerta insiste en la soledad del cuidador. “Cuidar no te cuida nadie. Puedes distraerte, leer, ver cine, escuchar música, pero cuidar no te cuida nadie. Y eso es muy duro. El cuidador pierde muchas cosas: tiempo, pareja, amigos, vida propia. Es como una bomba racimo. Afecta a todo”.
Por eso en la novela aparece la importancia de la red de apoyo, algo que el autor asocia a los pueblos más que a las ciudades. “En un pueblo siempre hay alguien que se queda un rato, que te ayuda, que te acerca. En la ciudad es más difícil. La cercanía se ha perdido. Antes había más comunidad. Ahora cada uno va a lo suyo”.
Esa idea conecta con otra de las obsesiones del libro: la memoria. No solo la memoria que se pierde, sino la que intentamos conservar. Huerta cuenta que empezó a grabar la voz de su madre para no olvidarla. “Los olores vuelven, las fotos están, pero la voz desaparece. Y cuando desaparece la voz, parece que desaparece todo. Ahora tenemos archivos digitales, vídeos, notas de voz, cuentas de Instagram… ¿Qué hacemos con nuestros muertos contemporáneos? ¿Qué hacemos con todo lo que queda?”.
La escritura, para él, es una forma de fijar algo antes de que se pierda. “Escribir es vivir en el pasado. Todo lo que escribes ya ha ocurrido, incluso cuando escribes en presente. Es como una grabación. Por eso esta novela está escrita en presente, porque quería que la madre estuviera viva todo el tiempo. Si la hubiera contado desde el pasado, parecería que ya está muerta”.

En el libro, el hijo se va desdibujando y la madre gana espacio, como si la memoria avanzara hacia atrás. Huerta reconoce que esa estructura no es casual. “Cuando alguien envejece, el pasado se hace más fuerte. El hijo se vuelve pequeño y la madre vuelve a ser grande. Es como si el tiempo se diera la vuelta”.
También aparece la figura del padre, aunque de forma indirecta. Huerta ha contado que la muerte de su padre hace años le dejó preguntas que todavía no ha terminado de responder. “A veces entendemos bien a las personas cuando se han ido. Me gustaría escribir sobre mi padre, pero tienes que estar en el momento oportuno. Si no, se convierte en un diario y no en una novela”.
En Mamá está dormida hay humor, ironía y sarcasmo, incluso en los momentos más duros. Huerta lo defiende como una necesidad. “Si no te fijas en la belleza que también tiene ese tiempo, es irrespirable. Tienes que fijarte en los pequeños detalles. Un café con leche, una conversación, una sonrisa. Es una obligación hacerlo respirable”.
Por eso el libro no es un relato triste, aunque hable de la muerte. Es un libro inquieto, lleno de preguntas. Sobre la familia, sobre la memoria, sobre el cuidado, sobre el tiempo. Y sobre lo que queda cuando alguien se va.
“Somos memoria”, dice. “Cuando la perdemos, alguien tiene que contarla por nosotros. También los países. Cuando olvidamos lo que hemos vivido, nos desdibujamos”. Huerta no busca cerrar nada. Ni en la novela ni en la vida. “Escribo para hacer preguntas. Y porque todavía no sé responderlas”.
