En la presentación de Llevará tu nombre (Planeta), Sonsoles Ónega se movió entre dos oficios que reivindica como pasiones compatibles y, a la vez, como dos dependencias distintas. La periodista y presentadora —que publica su primera novela tras ganar el Premio Planeta en 2023 con Las hijas de la criada— insistió en que su rutina está armada para que la televisión sea su “bendita ocupación” a jornada completa y la literatura, un “contrato de tiempo parcial” al que regresa con disciplina. Dijo que necesita estudiar “como comer, respirar o dormir” y que, cuando busca paz y silencio, los encuentra porque esa exigencia forma parte de su manera de estar en el mundo. Al hablar de lo que desea “ser de muy mayor”, colocó la intimidad en el centro: la definió como “la verdad”, una zona que no le gusta compartir y que, al mismo tiempo, reivindica como horizonte personal si la salud se lo permite, con la miopía y el dolor de espalda como peajes que ya siente “hipotecados por escribir”.
Ónega definió su relación con el público desde una idea que repitió varias veces: trabaja “para los demás”. Lo tradujo con una ecuación que, según ella, no admite romanticismos: sin lectores no hay literatura y sin espectadores no hay televisión. Contó que esa certeza da una “seguridad bárbara” y, al mismo tiempo, vértigo: el espectador puede reducirla “a la nada” con el mando a distancia; el lector puede elegir, en una mesa de novedades, el libro de al lado. En ese margen de incertidumbre colocó la presión cotidiana de sus equipos: si “no le compran el pan”, bromeó, su compañero “tendrá que buscar trabajo en otro programa”. Dijo que la maquinaria, en televisión y en edición, se engrasa desde fuera y que ella no conoce recetas infalibles: no sabe “cómo demonios” funciona el boca a oreja, quién decide qué y por qué en un momento preciso. Aun así, dejó claro que su intención es permanecer en ese equilibrio el mayor tiempo posible, aunque la decisión final —subrayó— no la tomará ella.

La novela que presenta, ambientada entre 1882 y 1890, le permitió explicar por qué volvió a finales del siglo XIX y por qué lo hizo con una protagonista que llega a Madrid con necesidad de reinventarse. Ónega situó el detonante narrativo en las visitas del Rey Alfonso XIII a Comillas, un marco que le resultó “atractivo” y suficientemente verosímil para sostener el arranque de la historia de Mara Magdalena —Magdalena, como la llaman en la capital—. A partir de ahí, defendió el periodo como un tiempo de “primeras veces” que le interesaba “escarbar”: habló del despertar de algunas mujeres ante la ilustración y la cultura como herramienta para escapar de la pobreza, y citó nombres que, dijo, la acompañan cuando escribe. Mencionó a Emilia Pardo Bazán, pero se detuvo sobre todo en autoras que describió como silenciadas u ocultas por la historia, como Faustina Sáenz de Melgar, Concepción Gimeno de Flaquer o Matilde de Cherner, a la que recordó por haber muerto pobre y sola, firmando con seudónimo masculino —Rafael Luna—. En esa genealogía colocó una sensibilidad que dijo reconocer en sus novelas: el impulso de mujeres que “empiezan a querer asomar” desde un pozo marcado por el analfabetismo.
El otro gran motivo de su elección fue periodístico. Sonsoles Ónega presentó esos años como el momento en que nace y se instala el periodismo de sucesos. Habló de periódicos que empiezan a novelar crímenes, de la crónica de sucesos como forma de relato que todavía hoy tiene ecos en la crónica social contemporánea, y recordó casos como el crimen de Fuencarral, además de esos relatos de mujeres asesinadas por sirvientas que, dijo, están retratados por Galdós en la prensa y luego en libros. Vinculó esa tradición de narración popular con su idea de una “intelectualidad pegada al gran público”, una expresión que defendió en respuesta a una pregunta sobre el supuesto antiintelectualismo contemporáneo. Ónega sostuvo que percibe lo contrario: un resurgir de conversación cultural que atraviesa redes, familias y generaciones, y puso un ejemplo doméstico: sus hijos le preguntan por autores como David Uclés, algo que interpretó como síntoma de ese interés.
Agradeció que existan libros que dividen y provocan opiniones enfrentadas porque, dijo, empujan al ciudadano a la librería. Y enlazó ese entusiasmo con un deseo provocador: le gustaría que los “libros de supermercado” fueran una realidad normalizada: “A mí me encantan”. Insistió en que la idea le fascina: que en las cabeceras de los supermercados haya libros, que la cultura no necesite solemnidad, que no sea obligatorio hablar “con el merengue en la boca”. En su imaginario, los escritores deben salir de la conversación superficial y recuperar presencia pública, con vida real, fuera de las redes, con la consistencia de “ser vivo” que, según ella, hace falta para discutir de cultura sin convertirla en un compartimento estanco. “Mi objetivo es que Mercadona venda libros”.
En ese mismo registro, Ónega habló de la adaptación audiovisual de Las hijas de la criada como una experiencia “maravillosa” que le permitió descubrir un lenguaje que, admitió, desconocía. Dijo que si hubiera interés en adaptar Llevará tu nombre lo estudiaría como cualquier proyecto, y defendió la “libertad total absoluta” de la productora en el caso anterior, siempre que se respete la esencia. Señaló que una serie no funciona con los ritmos de una novela y que la adaptación exige cambios: diálogos, cadencia, estructura. Aun así, afirmó que le interesa que los personajes cobren vida y citó algunos —Vicenta María, don Gonzalo, don Santiago— como figuras a las que le gustaría ver trasladadas a pantalla, sin presentar esa posibilidad como un plan ya decidido.

La conversación giró hacia uno de los puntos más sensibles del libro cuando desde Artículo14 le preguntaron por la prostitución, la trata y la explotación. Sonsoles Ónega puntualizó que su novela “no habla singularmente de la prostitución”, pero sí del peligro real de aquellas mujeres que llegaban “de provincias a buscarse la vida a Madrid” y quedaban expuestas a caer en ella. Ahí introdujo a Vicenta María López Núñez como figura narrativa y, a la vez, como reivindicación personal: la llamó “un personaje maravilloso” y subrayó el mérito de una mujer dentro de la Iglesia que logró “hacer una obra enorme sacando a las mujeres de la calle” y ofreciéndoles “la formación de un oficio”. No lo idealizó: recordó que entonces “había poca cosa que hacer”, y que el horizonte laboral acababa muchas veces reducido a “ser sirvienta de palacios”. En ese mismo tramo, se detuvo a corregir lo que presentó como una injusticia historiográfica: “La primera novela que trató la prostitución no la escribió” quien suele creerse. Dijo que ella misma ha ido “aprendiendo según voy escribiendo” y que, en este caso, la pionera fue Matilde de Cherner, “una mujer que murió pobre, sola” y que firmaba con nombre de hombre: Rafael Luna. La mención funcionó como una especie de ajuste de cuentas con el canon, sin discurso grandilocuente: más bien como un dato que le interesa que quede escrito.
A partir de ahí el encuentro se abrió a preocupaciones de presente. Sonsoles Ónega habló de un tiempo “muy complicado” en el que, a su juicio, “se está ensanchando” la brecha de las desigualdades. Aterrizó su información en una idea que repitió con énfasis, la formación como gran frontera social. “Creo que hay una renta tremenda en la formación del ciudadano”, dijo, y apuntó a una “clase más desinformada que nunca” como un riesgo político directo. En ese paisaje situó el auge de las soluciones fáciles: “Habrán ganado los extremos”, afirmó, porque ofrecen respuestas simples a problemas complejos cuando el ciudadano no ha tenido herramientas para leerlos. El diagnóstico se volvió autocrítico al hablar del periodismo: “La pérdida de influencia del periodismo y de los periodistas” le parece un hecho y admitió que hay responsabilidad compartida. Señaló también la normalización de “todo gratis”, el abandono del gesto de comprar un periódico y, con ello, una degradación de la mediación: menos jerarquía, menos criterio, menos capacidad de ordenar el debate público.
El Planeta regresó como un imán inevitable. Ónega explicó que Llevará tu nombre nació “metódicamente y disciplinadamente”, escrita “cada día” desde poco después del premio. Y sí, introdujo la palabra que se le quedó pegada a la jornada: “rabia”. “Un poco con rabia… con ganas de demostrarme y demostrar que no era casualidad”, confesó. La razón, dijo, fue el lugar al que sintió que la empujaron algunas críticas: no a discutir una novela, sino a discutir su derecho a escribirla. “Se dijeron cosas que me violentaron el alma”, aseguró. “Jugar con la vocación fue muy doloroso”. Aceptaba el golpe literario —“tú puedes decir: ‘la novela es una mierda’”—, lo que no asumía era el juicio identitario: “‘Esta tía es un producto’, no”. Contó que esa etiqueta la descolocó hasta el punto de hacerse preguntas íntimas y brutales: “¿Quién soy? ¿Yo por qué escribo? ¿Por qué llevo escribiendo toda la vida?”. Y describió el efecto como un derrumbe del orden interno: “Me descolocó, me dislocó… me desarmó, me desordenó”. En esa intemperie, dijo, se agarró a lo único que reconoce como tabla de salvación: “El curro”. “¿A qué me puedo agarrar yo? Al trabajo. Es lo único que he hecho en toda la puta vida: trabajar”, soltó, y defendió la disciplina como método de supervivencia: escribir para comprobar, al final, si “funciona”.

Al hablar del proceso, puso nombre y función a un actor clave: sus editoras. Las describió como “la mirada de fuera”, la que “me completa” y “me ayuda a dar consistencia” a lo que ella, desde dentro, no ve. Lo contó como se cuenta un trabajo de redacción: “Somos un equipo”, igual que en tele, en radio o en un periódico. Cuando le preguntaron por la sospecha hacia los “presentadores-escritores”, respondió desde la biografía y la pertenencia: recordó que empezó en televisión “un 16 de enero del año 2000” en CNN+ y que “lo que soy del periodismo lo he aprendido en el grupo Prisa”, al que dijo llevar “tatuado en las muñecas”. Admitió, sin dramatismo, que ese grupo “nunca dedicó una línea” a sus novelas durante años y que lo hizo con Las hijas de la criada: “Ahora se lo agradezco muchísimo”, porque le parece importante asumir que existen reglas del juego —también editoriales— con las que uno puede no estar de acuerdo. A partir de ahí no negoció su identidad pública: “No puedo hacer nada contra lo que soy: una periodista que trabaja en la tele desde hace 26 años”. Y remató con un principio que sonó menos literario que profesional: cuando aparece una oportunidad, “muérdela hasta no dejar nada”.
En el tramo final apareció el edadismo, en pleno clima de conversación pública previo a la temporada de premios. Ónega separó campos: “En la literatura, desde luego no”, dijo; “todo lo contrario, cuanto mayores más te respetan”. Lo celebró con ironía —“es lo único que me compensa…”— y dejó caer, en tono de broma, que ya llegará el día en que “me respetéis”. Sobre televisión no quiso asumir un diagnóstico negro: “Quiero pensar que tampoco”, sostuvo, y citó a compañeras con carreras largas al frente de magazines. En ese punto deslizó un dato práctico: Antena 3 prepara una campaña contra el edadismo y, aseguró, ahí “nos van a encontrar siempre”.
Y entre la desigualdad, el borrado de las mujeres en la historia y la intemperie de la exposición pública, Sonsoles Ónega dejó la frase que se convirtió en titular emocional del encuentro cuando se habló de violencia y de mujeres en riesgo, y bromeó: “Si me preguntáis por Errejón, mi respuesta es una: hay que denunciar”. Lo dijo sin rodeos, como una consigna de utilidad inmediata: “Ojalá un cartel luminoso que pusiera ‘016’”. Luego volvió a su idea central —más oficio que épica—: en libros y en tele manda el otro. El espectador con el mando a distancia. El lector con su elección silenciosa en una mesa de novedades.
