Gracias a sus incesantes fotos en alfombras rojas, perfiles en revistas y controversias publicitarias, Sydney Sweeney se ha erigido en una de las presencias mediáticas más constantes de 2025 pese a que, por otra parte, desde que protagonizó la comedia romántica Cualquiera menos tú (2023) su trayectoria como actriz ha sumado una retahíla de tropiezos. Su nuevo trabajo, La asistenta, la empareja con Amanda Seyfried en una historia sobre dos mujeres que se enzarzan en una demencial guerra suburbana y, aunque de ningún modo les proporcionará premios a ninguna de las dos, la película proporciona del tipo de entretenimiento delirante propio de los thrillers protagonizados por mujeres que solían llenar la cartelera en los años 80 y 90, como Atracción fatal (1987), Mujer blanca soltera busca (1992) o La mano que mece la cuna (1992).
Millie (Sweeney) llega a una pudiente urbanización con la esperanza de conseguir un trabajo como asistenta a tiempo completo, y de inmediato es recibida por la dueña de la casa, Nina (Seyfried), con entusiasmo desarmante. Mientras recorren la mansión, la aspirante queda maravillada, por lo que cuando le muestran el estrecho ático que sería su habitación, no duda en calificarlo como “perfecto”. Aunque exagerada, es una valoración totalmente razonable viniendo de alguien que, como el director Paul Feig no tarda en revelarnos, duerme en su coche y se lava en baños públicos. Como ella misma explica recurriendo a la voz en off, el impresionante currículum y las gafas intelectuales que usó en la entrevista son una mentira tras la que se oculta un pasado oscuro.

Millie es contratada de inmediato, y se muda a la casa durante la tarde siguiente. Esa misma noche conoce a Cecilia, la pequeña hija de Nina -una niña excepcionalmente fría y agria-, y a su atractivo marido Andrew, un magnate tecnológico derrochante de atractivo y carisma. Por supuesto, la recién llegada no tarda en empezar a fantasear con la posibilidad de acomodarse entre los fornidos brazos del hombre de la casa y, aunque hace todo lo posible por apartarlos de la mente, esos pensamientos la absorben lo suficiente como para impedirle sospechar del hecho de que su habitación apenas cuente con una minúscula ventana triangular que no se abre y una única puerta con cerrojo. También contribuye a distraerla Nina, que inmediatamente después de recibirla con los brazos abiertos empieza a comportarse como una chiflada; en una escena, por ejemplo, destroza la cocina entre gritos simplemente porque no encuentra sus notas para un discurso de la asociación de padres de alumnos, y luego culpa a Millie del percance. Más pronto que tarde, la mujer se transforma en una psicópata proclive a practicar con Millie juegos mentales que incluyen castigos y amenazas de despido.
Escrita por Rebecca Sonnenshine, la película está basada en la novela homónima de Freida McFadden, seudónimo tras el que se esconde nada menos que una cirujana cerebral. El dato resulta ciertamente relevante, considerando que una lobotomía quizá sería útil para aceptar sin suspicacias todos los giros argumentales absurdos que La asistenta va acumulando, tan propensos a provocar sobresaltos como a arrancar carcajadas. No resulta difícil entender que ninguno de los personajes es exactamente lo que parece en términos de agresión o indefensión y dominio o sumisión, pero en todo caso Feig se divierte insinuando los detalles de esas dobleces y caldeando el ambiente hasta que, llegado el momento, la violencia y la locura alcanzan niveles casi esperpénticos. Incluso antes de eso, en cualquier caso, la película brinda a sus protagonistas abundantes oportunidades para sobreactuar.

Pese a todo eso, lo cierto es que La asistenta carece tanto del tipo de precisión narrativa hitchcockiana como del humor negro necesarios para que las piruetas y los excesos argumentales resulten tan intrigantes como absurdos. Además, resulta algo decepcionante el desvío hacia un territorio más digno y noble que la película emprende en su tercer acto. Tras abrazar el caos y la chaladura, la película decide que prefiere reconfortar e inspirar en lugar de desconcertar e inquietar o, dicho de otro modo, que quiere hacer sentir bien a su público. Sin embargo, aunque quizá no sea tan deliciosamente perversa como debería haber sido -y aunque dure como mínimo 20 minutos de más- proporciona el tipo de diversión macarra y de violencia sangrienta ideales para contrarrestar los excesos de buenismo y cursilería consustanciales a las fechas navideñas.


