Hay series que aparecen con la ambición, casi insolente, de discutir el lenguaje de su tiempo. Desde luego, ese es el caso de Lazarus.
Creada y dirigida por Shinichiro Watanabe, producida por MAPPA y Sola Entertainment, y disponible en HBO Max, este anime se presenta como un thriller de ciencia ficción ambientado en un futuro cercano en el que un fármaco milagroso termina revelándose como una condena global.
La premisa podría parecer propia de una distopía más. Pero lo que hace singular a Lazarus no es solo su argumento: es la manera en que utiliza la forma, la música y la velocidad para convertir una historia de persecución en una crítica cultural sobre el dolor contemporáneo.
En ese sentido, Lazarus no parece un anime interesado únicamente en la espectacularidad, aunque la tenga. Su mundo arranca con una idea tan simple como devastadora: Hapna, un analgésico que prometía liberar a la humanidad del sufrimiento, era en realidad una trampa diferida. Años después de su consumo masivo, sus usuarios comenzarán a morir.
La salvación depende entonces de un grupo de agentes reunidos a contrarreloj para encontrar al doctor Skinner, el hombre que diseñó la droga y desapareció del mapa. Es un punto de partida de thriller, sí, pero también una metáfora feroz. Lazarus habla de una civilización seducida por las soluciones instantáneas, por la fe ciega en el progreso farmacológico y por la promesa de una vida sin dolor.
Un anime que convierte la ansiedad del presente en espectáculo
Lo verdaderamente estimulante de Lazarus es que no esconde sus obsesiones. Watanabe ha explicado que una de las grandes inspiraciones de la serie fue la crisis de los opioides y que, junto a ella, sobrevolaba también la inquietud del cambio climático. Esa combinación es decisiva para entender por qué este anime está llamando tanto la atención: su ciencia ficción no fantasea con un mañana abstracto, sino que reformula los miedos más reconocibles del presente.
El futuro de Lazarus no da miedo por lejano, sino por familiar. El espectador reconoce en él un mundo que ya ha aceptado demasiadas dependencias, demasiadas promesas tecnológicas y demasiadas autoridades sin rostro. Ahí es donde el anime se separa de muchos productos contemporáneos del anime industrial. No busca únicamente una identidad visual atractiva ni una mitología expansiva, sino una vibración moral.

Cada persecución, cada estallido de violencia, cada plano de sus ciudades futuristas parece atravesado por una pregunta incómoda: qué clase de sociedad desea tanto no sentir nada que acaba entregándose al veneno. En un momento cultural marcado por la medicalización de la vida cotidiana, el agotamiento psíquico y la búsqueda de estímulos inmediatos, Lazarus funciona como un espejo elegante y agresivo a la vez.
La coreografía del vértigo
Pero una serie no revoluciona el medio solo por lo que cuenta. También importa cómo lo cuenta. Y ahí Lazarus entra con una ambición rarísima dentro del anime televisivo reciente. La participación de Chad Stahelski, figura clave en la arquitectura física de John Wick, en el diseño de las secuencias de acción, convierte a este anime en una obra obsesionada con el movimiento, con el impacto corporal, con la tensión del desplazamiento.
No es una acción cualquiera: hay en Lazarus una voluntad de traducir al anime cierta gramática del cine de acción contemporáneo, más seca, más precisa, más rítmica. A eso se suma otro rasgo decisivo: su música. Kamasi Washington, Bonobo y Floating Points firman una banda sonora que no acompaña simplemente la imagen, sino que la expande. En este anime, el sonido no está al servicio de la nostalgia del anime clásico, sino de una sensibilidad híbrida, global, urbana.
Jazz cósmico, electrónica sofisticada, pulsión nocturna. La serie se mueve como si quisiera recordar que el futuro no solo se diseña con arquitectura y pantallas, también con textura sonora. Esa alianza entre imagen y música refuerza una idea central: Lazarus quiere ser anime, pero también quiere dialogar con el cine internacional, con la cultura pop global y con una audiencia que ya no consume géneros por compartimentos estancos.
Más que nostalgia por Watanabe
Sería fácil vender Lazarus como el regreso del creador de Cowboy Bebop a la ciencia ficción. Y de hecho esa comparación ha acompañado a la serie desde su anuncio. Pero reducir este anime a esa nostalgia sería injusto. Parte de la crítica ha subrayado precisamente que la serie se sostiene por sí misma, incluso cuando dialoga con la atmósfera y las obsesiones de obras anteriores de Watanabe.

Rotten Tomatoes recoge un consenso crítico que la define como un anime cinético y cargado de ideas provocadoras. No es poco. En una época en la que gran parte del anime exitoso vive de fórmulas reconocibles, franquicias interminables y confort estético, Lazarus ha conseguido instalar la sensación de que todavía es posible arriesgar dentro del mainstream.
Por eso este anime es importante. Porque su revolución no consiste en destruir el anime desde fuera, sino en empujarlo desde dentro hacia un territorio más poroso, más adulto y más conectado con la ansiedad del mundo real. Lazarus convierte el thriller futurista en una reflexión sobre nuestra época. Una era que quiere anestesiarse, correr más deprisa y no mirar demasiado las consecuencias. Y quizá ahí resida su mayor hallazgo. No en mostrarnos el mañana, sino en recordarnos que el veneno ya estaba entre nosotros.
