En una biblioteca de Madrid, un chico de unos veintitantos se acerca al mostrador con un libro de cuentos de Mercè Rodoreda. “Qué raro, alguien joven leyendo a la Rodoreda”, dice la bibliotecaria mientras sella con cuidado la fecha de devolución. El joven se justifica, como si hiciera falta hacerlo, diciendo que se está hablando tanto de ella que le entraron ganas de leerla. “Es muy buena… bueno, era muy buena”, sentencia la bibliotecaria antes de posar en sus manos el ejemplar y despedirse.
Esta escena, a su manera, guarda una peculiar correspondencia con aquello que escribió Gabriel García Márquez en El País el 18 de mayo de 1983 titulado ¿Sabe usted quién era Mercè Rodoreda?: “La semana pasada pregunté por Mercè Rodoreda en una librería de Barcelona y me dijeron que había muerto hace un mes. La noticia me causó una pena muy grande, primero por la admiración muy justa que siento por sus libros, y segundo por el hecho inmerecido de que la noticia de su muerte no se hubiera publicado fuera de España con el despliegue y los honores debidos”.

En aquella reivindicativa columna que hoy hace de prólogo para la edición en castellano de La plaza del Diamante (Edhasa, 2018), el Nobel colombiano se lamentaba de que “pocas personas saben fuera de Cataluña quién era esa mujer invisible que escribía en un catalán espléndido unas novelas hermosas y duras como no se encuentran muchas en las letras actuales. Una de ellas –La plaza del Diamante– es, a mi juicio, la más bella que se ha publicado en España después de la guerra civil”.
Ahora, la mujer invisible ha dejado de serlo y en estos últimos años su legado parece estar más vivo que nunca. No hay ningún aniversario a la vista, pero parece que entre 2025 y 2026 nos hayamos inventado una suerte de aniversario alternativo para conmemorarla, con proyectos como la exposición que le dedica el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), Rodoreda, un bosque.
También en teatro, con la adaptación de La mort i la primavera, adaptación de Marcos Morau y La Veronal, estrenada este verano en La Biennale di Venezia, cuyo paso por Barcelona en otoño y hasta el pasado 25 de enero por Madrid ha sido todo un éxito de crítica y público. Por si fuera poco, David Uclés, el hombre de moda de las letras españolas, la ha mencionado como una de sus influencias para escribir La ciudad de las luces muertas, novela ganadora del Premio Nadal 2026. De hecho, le dedica un homenaje metaliterario incluyéndola como uno de los personajes del libro.
Próximamente también la veremos en la gran pantalla gracias a la actriz y directora Sílvia Munt, que protagonizó en 1982 la adaptación cinematográfica de La plaça del Diamante (Francesc Betriu), ha filmado un documental en homenaje a la escritora, cuyo rodaje terminó en junio del 2025 y se espera que se estrene este año.
“Cada dos décadas nos inventamos o descubrimos una nueva Rodoreda”, explica Neus Penalba, comisaria de la exposición del CCCB y una de las responsables de que en los últimos años se esté hablando de La mort i la primavera como la gran obra póstuma de la autora catalana. Descubrimiento al que dedicó su tesis, cuya publicación bajo el título Fam als ulls, ciment a la boca (Tres i Quatre), fue premio Joan Fuster de ensayo en 2023.
La reedición de esta novela en 2017 por Club Editor, prácticamente olvidada desde su publicación en 1986, abrió nuevas conversaciones en torno a su concepción como obra maestra contemporánea. Desde entonces, la mirada sobre su autora ha dado un vuelco.
“En 2011, cuando había acabado mis estudios de Literatura Comparada en la Universidad de Barcelona, no era cool leer Rodoreda”, cuenta Penalba. Quien recuerda que cuando leyó por primera vez La mort i la primavera casi le da un ataque de ansiedad. “Me fascinó y a la vez me horrorizó. Es terrorífico y a la vez es el catalán más bonito que puedes leer”.
Para la ensayista y especialista en Rodoreda, el problema en la recepción de la autora catalana ha sido que, en Cataluña, donde ha sido lectura obligatoria en los colegios, se la conocía demasiado en contraste con la invisibilidad exterior. “Aquí sabemos muy bien quién es, pero ha habido una miopía. Es tan visible que en realidad no la hemos visto bien”.
No ha ayudado que se la haya catalogado históricamente como una escritora “cursi”. Enric Gallén, doctor en Filología Catalana por la Universidad de Barcelona y miembro de la Comisión Técnica de la Fundació Mercè Rodoreda, relaciona este estigma con la palabra que utilizó el crítico Baltasar Porcel para calificar a la protagonista de La plaça del Diamant, Colometa, con el adjetivo en catalán “bleda” (cuya traducción es acelga y metafóricamente significa una persona blanda, floja, sin personalidad).
Penalba acusa a la película que adaptó esta misma novela en 1982 de crear el falso mito de la Rodoreda cursi. “Esta película tuvo mucho éxito, era la Cataluña de la Transición y hacían falta nuevos mitos. Pero es una adaptación muy cursi y descafeinada, los personajes no son tan extraños, a Quimet se le pone como un héroe republicano cuando en la novela era un pobre hombre. Y lo que pasó es que la película sustituyó en la imaginación de dos generaciones de catalanes a la novela”. También achaca este estigma a la continua sobreidentificación entre obra y autora que suele hacerse con las mujeres, como si solo pudieran ser escritoras de autoficción.
Su vida, sin embargo, no deja de ser en sí misma un acertijo sin una respuesta clara. Podemos conocer más o menos su historia, sus antecedentes familiares. La relación con su abuelo, a quien consideró su “maestro” y quien le inculcó la pasión por las flores y el catalán. Que fue hija única y que se casó con su tío catorce años mayor. Podemos conocer su republicanismo, aunque nunca se implicó demasiado en cuestiones políticas más allá de su implicación con las instituciones culturales republicanas de Cataluña. Su amor y admiración por Armand Obiols, pseudónimo de Joan Prat, con quien compartió exilio y mantuvo una correspondencia esencial para conocer sus inquietudes literarias. También sabemos que abandonó a su hijo para exiliarse en Francia después de la Guerra Civil, donde vivió y huyó de la invasión nazi, mientras la Segunda Guerra Mundial deshumanizaba Europa. También que estuvo largo tiempo en Ginebra, donde se asentó, escribió La plaça del Diamant y comenzó La mort i la primavera antes de regresar a Cataluña en los setenta y terminar sus días en Romanyá de la Selva (Girona).
Pero su obra tiene un imaginario tan ecléctico, unos caminos tan intrincados y diversos, que resulta complicado seguirle la pista de una forma autobiográfica. “La vida privada de Mercè Rodoreda es uno de los misterios mejor guardados de la muy misteriosa ciudad de Barcelona. No conozco a nadie que la haya conocido bien, que pueda decir a ciencia cierta cómo era, y sus libros sólo permiten vislumbrar una sensibilidad casi excesiva y un amor por sus gentes y por la vida de su vecindario que es quizá lo que les da un alcance universal a sus novelas”, escribía el propio García Márquez en su famosa columna.
Esta revisión de Rodoreda está provocando un cambio de paradigma, pasando del estigma de la escritora cursi, a convertirse en autora radical de la literatura catalana, lengua a la que dedicó toda su producción literaria, incluso cuando era impublicable en su país.
En su obra hay un compromiso por equiparar la narrativa en catalán a sus vecinas europeas, adaptando vanguardias y técnicas de los grandes autores, pero desde un punto de vista postmoderno. En sus relatos y novelas encontramos reminiscencias a Faulkner, Kafka, Joyce, Woolf o Mansfield y al mismo tiempo renueva y anticipa tendencias contemporáneas como el poshumanismo, con la idea de que la naturaleza y sus elementos tienen agencia propia. Con herramientas y referencias de las que herederas directas como Irene Solá se reconocen deudoras.
También están muy presentes en su obra la mentira del amor romántico y las relaciones de dominio como parte esencial de una tensión universal y esencial de la complejidad humana. Donde el papel entre víctima y verdugo responde no solo a factores patriarcales, sino éticos, con mujeres y hombres que pueden ser dominados y a la vez dominantes. La lectura crítica en clave de género que podría hacerse hoy en día es que en sus personajes cabe una denuncia contra el patriarcado que no victimiza ni borra el deseo ni sus consecuencias, sino como un sistema de opresión que afecta principalmente a las mujeres, pero también a los hombres, con cómplices de ambos géneros.
“Es una mujer muy dura de criterio. Y esa dureza la refleja en el tratamiento que hace de las relaciones personales, entre adultos y menores, entre hombres y mujeres, entre mujeres y niños”, explica Enric Gallén. Una dureza y una crueldad crítica, distanciada. Para Gallén, el gesto que caracteriza el estilo de Rodoreda es la ausencia de piedad en lo concerniente a las relaciones afectivas. “Te conmueve extraordinariamente, pero no muestra ninguna conmiseración ante la desgracia humana, simplemente existe y hay que asumirla sin más. Su respuesta es que hay que continuar, afrontar el futuro y en algún modo resucitar metafóricamente, si es posible”.
En línea con lo que está ocurriendo en los últimos años con autoras como Ana María Matute o Carmen Martín Gaite irrumpiendo con fuerza en un canon que creíamos estanco, el legado de Mercè Rodoreda parece que está terminando de romper las últimas barreras que le quedaban. Provocando un interés hasta ahora inédito en lectores no catalanoparlantes, como el descubrimiento de un tesoro injustamente oculto.
En este momento, cuenta con traducciones a unas 40 lenguas, y una importante incursión en las letras anglosajonas gracias al beneplácito de, entre otros, el irlandés Colm Tóibín (Brooklyn), autor del prólogo de La mort i la primavera para la versión de Penguin. Un apoyo al que hay que sumar a la causa a la rockstar de la literatura argentina Mariana Enríquez, quien se refirió a esta misma novela como “una obra maestra, una estrella oscura, una cicatriz difícil de ocultar”. Y al omnipresente Uclés, que confesó que La mort i la primavera era su libro favorito.
El resultado de esta reivindicación es que cada vez más gente puede responder afirmativamente a la pregunta que García Márquez planteó con indignación en 1983. Ahora ya la puede leer tanto quien se acerque a una librería en Barcelona, como quien haga lo propio en una biblioteca de Madrid, y todos coincidirán en que es una suerte haberla (re)descubierto.


