El Museo Picasso Málaga abre su temporada expositiva con una muestra tan concentrada como contundente: Elena Asins. Antígona, una exposición que reúne dos piezas esenciales del último periodo creativo de la artista madrileña y que funciona, más que como una retrospectiva, como una declaración de principios póstuma. A través de la escultura Antígona y del audiovisual Hemón, Asins convierte la tragedia de Sófocles en un territorio conceptual donde el lenguaje se vuelve arquitectura, la forma adquiere valor ético y el mito se transforma en pensamiento.
No se trata de una aproximación ilustrativa al relato clásico, sino de una relectura austera, exigente y radical, fiel al rigor que definió toda su trayectoria. La exposición, organizada en colaboración con el Museo Reina Sofía y comisariada por Miguel López-Remiro, es la primera presentación monográfica de estas obras finales en un museo y se inscribe en el programa de Obra invitada del Museo Picasso Málaga, que en ediciones anteriores ha acogido a figuras como James Turrell o William Kentridge.

La pieza central, Antígona (2010–2015), pertenece a la colección del Reina Sofía y constituye una suerte de testamento artístico. La escultura se construye a partir de los caracteres griegos del nombre de la heroína —Αντιγόνη—, dispuestos en una estructura monumental que convierte la palabra en cuerpo. No hay figuración, no hay gesto expresivo, no hay concesión ornamental. Solo una presencia negra, rotunda, cerrada sobre sí misma, fabricada en acero cortén y sostenida por una compleja estructura interior que subraya su condición de construcción intelectual antes que formal.
En esa austeridad extrema se condensa una lectura muy precisa del mito: Antígona como encarnación de la intransigencia ética, de la negativa a negociar con una ley injusta, de la fidelidad a un principio incluso cuando conduce a la muerte. La escultura no narra la tragedia; la afirma. Su silencio materializa la imposibilidad del diálogo, la rigidez de una lógica que no cede, el precio de sostener una posición moral sin matices.
Frente a ella, el audiovisual Hemón actúa como eco y contraplano. Con más de ocho horas de duración, en blanco y negro, la obra despliega secuencias repetitivas, líneas, silencios, fragmentos de voz distorsionada y música compuesta por la propia artista mediante sintetizador. Si Antígona es la figura que actúa, Hemón es la conciencia que observa. El prometido de Antígona, incapaz de detener la tragedia, se convierte aquí en símbolo de la impotencia, del testigo atrapado en un sistema de signos que no logra producir sentido.

Ambas piezas comparten una preocupación central en la obra de Asins: los límites del lenguaje. Influida por la filosofía de Wittgenstein y por el pensamiento lógico de Max Bense, la artista entendió siempre el arte como un campo de investigación, no de expresión emocional. En Antígona y Hemón, el lenguaje no comunica: se estructura, se repliega, se agota. Esa clausura no es un gesto nihilista, sino una advertencia. Cuando las palabras pierden su capacidad de nombrar la justicia, solo queda la acción o el silencio.
La elección de Antígona como figura no es casual. Desde hace siglos, el mito ha sido leído como una confrontación entre ley civil y ley moral, entre poder y conciencia, entre obediencia y responsabilidad individual. Asins lo desplaza hacia un terreno geométrico y conceptual donde la forma misma asume esa tensión. La geometría no es neutral: es una ética.
La exposición se completa con un espacio contextual que incluye el documental Génesis, de Álvaro Giménez Sarmiento, donde se perfila el universo vital de la artista en su retiro de Azpíroz, Navarra. Allí, rodeada de naturaleza, Asins llevó hasta el extremo una forma de vida coherente con su pensamiento: independencia absoluta, desconfianza hacia el mercado, fidelidad a una investigación solitaria.
Pionera del arte computacional en España desde finales de los años sesenta, formada en París, Stuttgart, Nueva York y Madrid, Elena Asins desarrolló una trayectoria ajena a modas y escuelas, reconocida tardíamente por las instituciones, culminada con el Premio Nacional de Artes Plásticas en 2011. Su obra, presente en colecciones nacionales e internacionales, siempre defendió una idea del arte como conocimiento.
Situar hoy Antígona en el Museo Picasso Málaga no responde únicamente a una coincidencia histórica. Picasso fue también uno de los artistas que dialogó con esta figura trágica, atraído por su dimensión de coraje silencioso y resistencia. Ese vínculo refuerza la lectura de la muestra como una conversación entre tradiciones: la del mito clásico, la de las vanguardias y la de una artista que entendió la creación como un ejercicio de pensamiento extremo.
Elena Asins. Antígona no es una exposición cómoda. No busca seducir, ni emocionar, ni explicar. Plantea una experiencia de concentración, de lentitud, de enfrentamiento con estructuras que no se abren fácilmente. Quizá por eso resulta tan necesaria. En un tiempo saturado de imágenes, Asins propone una forma de mirar que exige responsabilidad. Como Antígona, no negocia. Y en esa negativa reside, todavía hoy, su potencia.
