A media tarde, cuando la jornada debería apretar, en algunos negocios solo queda el silencio. En el Asador San Miguel, una empleada resumía el jueves su día en Heraldo de Aragón con una imagen demoledora: a punto de cerrar, apenas habían despachado un menú, un par de pollos asados y alguna ración suelta. Para los comerciantes, este parón cotidiano ya tiene nombre propio: las obras en la plaza de San Miguel.
Las obras en la plaza de San Miguel comenzaron en octubre y, sobre el papel, deberían acabar en abril. Pero en la zona se extiende otra previsión, más amarga: los retrasos por hallazgos, incidencias y la lluvia han provocado parones, y varios propietarios temen que el final real se estire “hasta junio, por lo menos”.
Menos paso, menos caja: el impacto directo de las obras en la plaza de San Miguel
El efecto de las obras en la plaza de San Miguel se parece en casi todos los mostradores, pero golpea con especial dureza a la hostelería, que vive del flujo de gente y de la decisión impulsiva de entrar. Cinco establecimientos consultados coinciden en la misma fotografía: en enero la facturación cayó respecto al mismo mes de 2025, y la bajada se mueve en horquillas muy altas.
En El Caballo Blanco, Ana Mayayo cifra el descenso ligado a las obras en la plaza de San Miguel entre el 50% y el 60%. Solo la pizzería Mamma Mía, con Gianluca Cenere al frente, lo rebaja a un 30%. Ambos casos vienen recogidos en Heraldo de Aragón. Pese al desgaste, hay un matiz común: nadie se declara “contra” la reforma. Se asume que, cuando termine, el entorno se revalorizará, aunque ahora toque resistir.
“No pasa nadie por la puerta”
Donde el impacto de las obras en la plaza de San Miguel se vive como una asfixia es en el Asador San Miguel. Allí recuerdan en Heraldo de Aragón que en esta época siempre baja algo el negocio, pero la comparación con otros inviernos no deja margen: antes podían poner a asar 30 pollos al día; ahora, en lo que va de mes, asan diez y muchos días ni se venden.

La causa, explican, es el desvío del tránsito que antes pasaba por delante. Las obras en la plaza de San Miguel han alterado rutinas: quienes llegaban desde El Coso hacia San José y Las Fuentes optan por otras rutas. Y personas mayores del entorno evitan bajar por miedo a caídas. Incluso el efecto “olor” —ese cliente que entra porque huele el pollo— se ha evaporado.
Reparto, redes y ayudas
A los problemas de paso se suma la logística: los repartidores se retrasan porque a veces deben aparcar en Plaza de los Sitios y los productos llegan tarde. Con las obras en la plaza de San Miguel encajonando accesos, el asador se ha subido a plataformas de reparto y ha reforzado la comunicación digital.
Su empleada se ha volcado en TikTok, Instagram y Facebook para explicar cómo llegar y tratar de activar una clientela que ya no pasa por inercia.
Más allá del perímetro inmediato, los negocios del Paseo de la Mina también notan las obras en la plaza de San Miguel: Pilar García, de La Cepa Dorada, describe en Heraldo de Aragón que quienes cruzaban desde la calle San Miguel y Plaza de España hacia Asalto para ir a Las Fuentes ahora evitan el tramo, y solo se mantienen los clientes fijos.
Por la noche, añaden, la zona queda triste y oscura. En el restaurante Chakana, su dueño Bryan cuenta además el golpe añadido de una tubería rota justo en la puerta: se quedó sin agua desde un viernes hasta el miércoles y tuvo que anular reservas del fin de semana.
Y, en medio del ruido, la cifra que se comenta sobre posibles ayudas —alrededor de 400 euros— se percibe como un parche incapaz de compensar el daño acumulado por las obras en la plaza de San Miguel.
