Unos amigos me comentaban cómo convivieron durante años con un enemigo discreto, pero muy férreo. No hacía casi ruido ni daba la cara, pero iba cargándose la casa. Un día vino un especialista. Su diagnóstico no dejó lugar a dudas. Era una plaga de termitas. No se trataba de fumigar ni levantar media casa. Se estableció un plan estratégico de largo plazo. Un cebo colocado con precisión y, en un plazo de meses o un par de años, haría su trabajo.
El objetivo no consistía en acabar con miles de insectos, sino con algo más ambicioso: eliminar a la reina. Conseguir llegar al núcleo del sistema sin tocar la estructura y sin saber dónde estaba. Cuando el trono cae, el resto del conjunto se descompone. Aunque otras reinas secundarias pudieran retomar el poder, en teoría, lentamente y de forma irreversible, se resolvería el problema.
En este apogeo de conflictos, hice el paralelismo entre esta contrariedad doméstica y lo que estaba pasando en Venezuela. Ya no existen únicamente estrategias bélicas convencionales (asaltos de tropas, tanques, aviones y sus bombas) sino también tácticas secretas y silenciosas. La hipótesis de una acción de ciberguerra, que habría asaltado una noche Caracas, redefine el concepto de la contienda moderna. Ataques precisos a comunicaciones, sistemas de control, redes eléctricas y servidores requieren menos ruido y son más eficaces que miles de drones y misiles.
¿Y si derribásemos directamente al líder?
La hazaña podía parecer tan arrogante como ambiciosa. Desde hace siglos, la historia ha contado con una sucesión de emperadores, reyes, presidentes, dictadores y espectaculares caídas. Aunque la narrativa suele ser la misma cuando se derroca al protagonista, significa acabar de un plumazo con la dolencia. Muchos magnicidios, capturas y expulsiones significaron despliegues de tropas y derramamientos de sangre.

Sin embargo, los acontecimientos de Venezuela son el nuevo modelo de cómo los enfrentamientos internacionales y sus narrativas van evolucionando. La Operation Absolute Resolve culminó con la captura de Maduro y fue calificada por Trump como algo nunca visto desde 1945, ambas proezas con salvadores americanos al frente. Una intervención de gran escala que tomó toda una revolución bolivariana por sorpresa, a pesar de las constantes amenazas. El foco mediático (antes de enfangarse con el tema del petróleo) se centró de inmediato en la extracción del mandatario y la idea de que, una vez neutralizado, el sistema entero quedaría desactivado.
Cuando el poder ya no reside solo en los palacios
En el relato triunfalista del inquilino de la Casa Blanca hubo un detalle que no pasó desapercibido. Un apunte que resulta clave para entender este momento histórico. Trump no habló solo de cerca de 200 aeronaves y helicópteros cargados de fuerzas especiales, sino que también presumió de haber apagado las luces de Caracas debido a “la gran experiencia” de sus ejércitos. Una frase más de esas habituales en su retórica ambigua que apuntaba menos a la munición convencional y más a un despliegue de medios técnicos, tecnológicos o híbridos.
El comentario abrió, no obstante, la puerta a una interpretación distinta del conflicto. Una guerra fugaz con tan pocos escombros es algo a lo cual no estamos acostumbrados. Una acción multidominio y de precisión quirúrgica, donde físico y digital se entrelazan. Ahí es donde el concepto de ciberguerra deja de ser algo abstracto y se cuela en el relato.
Ciberguerra o el arte de desgastar sin ruido
La ciberguerra no es lo que se ve en los conflictos armados peliculeros. No requiere explosiones ni edificios volando al caer las bombas. Se mueve en silencio y cuando nadie lo nota. Son acciones que nos recuerdan la lógica del cebo de las termitas, que no atacan lo más visible, sino lo que sostiene la trama. No buscan necesariamente destruirlo todo, sino desorganizar la estructura.
Apagones puntuales, comunicaciones degradadas, confusión operativa, sistemas que fallan cuando más se les necesita. Son ataques sin dejar una firma ni huella clara, pero provocan una pérdida de control progresiva. De hecho, cuando se habla de ciberguerra, lo que parece evidente, no lo es casi nunca.
Como me explica Yolanda Quintana, periodista especializada en tecnología y autora del libro pionero titulado Ciberguerra: “En operaciones de ciberguerra, la atribución de un ataque es la parte más difícil de demostrar (y manipular). Que durante una operación existan reportes de apagones y que un líder insinúe que “cortó la luz a toda una ciudad” nos habla de dos planos distintos: el operativo y el narrativo. Operativamente, degradar comunicaciones puede aportar sorpresa. Narrativamente, una frase así puede sellar un relato antes de que exista una evidencia técnica verificable. En ciberguerra, la atribución de un ataque requiere método, no intuición”.
En el campo de ponerse medallas, Trump se sale. No solo describe la intervención con esmero, sino que construye todo un relato cinematográfico y remata con un “¡y repito cuando quiero!”. El tema es que, en el terreno digital, el relato se consolida habitualmente mucho antes de que lleguen las pruebas.
En la era de la IA, no todo es hackeo
Llamar “ciberataque” a cualquier efecto tecnológico visible es arriesgado. En un momento en el que se vincula esta épica ofensiva a unos chivatos y cierta ayuda cercana (incluso a Maduro y su esposa), apagar todas las luces o inhabilitar las defensas aéreas no implica automáticamente vuelos de aviones inhibidores ni una potente intrusión informática.
Yolanda Quintana nos introduce un matiz clave en la ruidosa cobertura mediática: “No todo lo que ciega sensores es ciberguerra”, matiza. “Puede tratarse de guerra electrónica, de interferencias del espectro electromagnético, de ataques físicos a infraestructuras o combinaciones de varias técnicas. Cuando un sistema es frágil por falta de mantenimiento o inversión, requiere menos esfuerzo para derribarse y es mucho más difícil distinguir entre accidente, sabotaje y operación totalmente externa. En un país con una infraestructura eléctrica históricamente debilitada, separar causa y consecuencia es especialmente complejo. Esa fragilidad convierte cualquier apagón en munición política y narrativa”.
El espejismo de un final apresurado
Nos gustan los finales obvios de película, sin lugar a interpretaciones ni dudas, porque nos tranquilizan y nos dejan pasar a otra cosa. Pero en este caso concreto, la ciberguerra en terreno venezolano no nos ofrece ese consuelo. No habrá una foto histórica ni un momento exacto en el que cambiaron las tornas.

Tampoco sería la primera vez que una acción digital acompaña o precede a una ofensiva. Quintana nos apunta que “cuando se habla de apagar una ciudad o afectar infraestructuras críticas, hay precedentes reales en nuestra historia. En Ucrania, los ataques a la red eléctrica demostraron que es posible provocar efectos físicos desde lo digital, pero también que la atribución llegue tarde y con lagunas. En los ataques iniciales a satélites de comunicaciones, los daños se extendieron mucho más allá de los objetivos nacionales, afectando a otros países. En ciberguerra, los efectos colaterales y la falta de un cierre definitivo son la norma, no una excepción”.
Habrá probablemente una transición larga, sistemas que sobrevivirán a las distintas figuras derrocadas. Como en la casa de mis amigos, eliminar una pieza central del sistema puede acelerar un colapso, pero no lo garantiza a largo plazo. El sistema puede reorganizarse de otra manera, mutar o resistir más de lo previsto. Probablemente por eso, Estados Unidos juega la carta de una pseudocontinuidad con Delcy Rodríguez a la cabeza.
Y nosotros aquí preocupados por Groenlandia y preguntándonos si aquí en Europa estamos a salvo cuando EE. UU. alberga, controla y domina Internet desde hace décadas.
El sistema aguantará… hasta dejar de hacerlo
Los sistemas complejos no caen como castillos de naipes. Absorben, se adaptan y redistribuyen funciones. Cuanto más distribuidos estén, tecnológica y organizativamente, más difícil resulta desmantelarlos de una única estacada, por muy avanzados que sean.
Pensar que provocar un apagón o tumbar a un líder basta es una simplificación engañosa. La ciberguerra que nos interesa hoy nos obliga a apartar la vista de los nombres propios y entender lo que sostiene realmente el poder contemporáneo.
Nuestros estados dependen a ultranza de infraestructuras críticas, redes interdependientes, capacidades técnicas y confianza pública. Ahí es donde puede quedar en evidencia la resiliencia de una sociedad hiperconectada, no en el momento puntual de una operación militar ni en las frases grandilocuentes que las acompañan.
Como ocurre en cualquier sistema diezmado durante años, el colapso rara vez se debe a un único estoque final. Lo decisivo suele residir en las fragilidades acumuladas, en el tiempo que se dejó de mantener, de invertir o de revisar cuando parecía que todo funcionaba. O en haber confiado siempre en el mismo Estado predominante, que un día, sin saber muy bien por qué, cambia de gobernante, de ambiciones y de semblante. Final del formulario


